<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839</id><updated>2012-02-16T13:47:56.657+01:00</updated><category term='0: En français'/><category term='2001'/><category term='filosofía de la ciencia'/><category term='2009'/><category term='2011'/><category term='1999'/><category term='2010'/><category term='estadística'/><category term='El autor no era un desconocido...'/><category term='2007'/><category term='2003'/><category term='0: En español'/><category term='2005'/><category term='política'/><category term='2002'/><category term='sociología de la ciencia'/><category term='1998'/><category term='2000'/><category term='economía'/><category term='2004'/><category term='2006'/><category term='Mi mente dispersa'/><category term='1996'/><category term='medicina'/><category term='2008'/><category term='0: In English'/><title type='text'>Omnibus mobilibus mobilior...</title><subtitle type='html'>&lt;br&gt;(a) Sapientia | (b) Curiositas | (c) Anima mea | (d)...&lt;br&gt;&lt;br&gt;
&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;{Ego, Id, Superego: David Teira}&lt;/a&gt;</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>51</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-2851782019507816384</id><published>2011-07-10T15:11:00.004+02:00</published><updated>2011-07-10T15:17:27.988+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2011'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-QW6MV8IAxVQ/ThmmOF6cknI/AAAAAAAAAIU/we0Wl6UD4S0/s1600/diazderada.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 123px; height: 200px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-QW6MV8IAxVQ/ThmmOF6cknI/AAAAAAAAAIU/we0Wl6UD4S0/s200/diazderada.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5627711970411844210" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Ángel Díaz de Rada, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cultura, antropología y otras tonterías&lt;/span&gt;, Trotta, Madrid&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Durante años la divulgación científica más exitosa fue cosa de científicos naturales (principalmente físicos, a los que gradualmente se sumaron biólogos). Sólo en la última década los científicos sociales comenzaron a competir en popularidad como divulgadores gracias, sobre todo, a economistas y psicólogos (pensemos en Freakonomics o Stumbling on Happiness). Cabe sospechar que buena parte de su éxito se debe a cómo confirman o contradicen con sus datos algunas de nuestras intuiciones (o prejuicios) más arraigadas: por ejemplo, la de que somos capaces de anticipar nuestra felicidad futura (nos equivocamos sistemáticamente, según Gilbert). Sea explotando bases de datos con técnicas estadísticas o mediante experimentos (en el laboratorio o fuera de él), la evidencia que los científicos sociales están reuniendo sobre los fenómenos más diversos es digna de interés. Menos interesantes resultan las teorías de las que se sirven para explicarlos: la evidencia disponible ilustra más bien regularidades de carácter principalmente local, pero las ciencias sociales siguen sin leyes de aplicación general comparables a las de la física o la biología.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ángel Díaz de Rada inaugura, creo, el género de la divulgación antropológica en nuestro país rebelándose contra estas convenciones literarias: Cultura, antropología y otras tonterías no pretende excitar nuestra curiosidad con la evidencia acumulada en trabajos de campo, sino aclarar la confusión reinante sobre el concepto de cultura. El libro se articula sobre una revisión de las principales teorías antropológicas sobre la cultura, a las que el autor opone su propia concepción, ilustrada de un modo decididamente coloquial. Díaz de Rada habla en primera persona y tutea al lector, recurriendo a ejemplos extraídos de la vida cotidiana con propósitos puramente didácticos. Díaz de Rada pretende convencerle de que su concepto de cultura es intelectualmente plausible y no se presta a usos políticos indeseables. Nuestro autor es un decidido adversario de las concepciones espiritualistas y esencialistas de la cultura, tanto en sus versiones académicas (entre antropólogos) como mundanas (entre nacionalistas, por ejemplo). El libro es abiertamente polémico: Díaz de Rada expone su propio concepto comparándolo críticamente con los de antropólogos clásicos y contemporáneos y aborda sus implicaciones prácticas (multiculturalismo o relativismo) sin temor a la controversia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su acepción más básica, la cultura sería, para Díaz de Rada, “el conjunto de reglas con cuyo uso las personas dan forma a su acción social”. Estas reglas no son primariamente enunciados verbales abstractos (“Hay que hacer...”), sino que se manifiestan corporalmente en la regularidad de nuestras acciones. Al describir tales reglas de un modo abstracto se pone en evidencia, en cambio, su carácter indeterminado: deben ser interpretadas contextualmente y, por tanto, no se prestan a un análisis causal de la acción. De ese juego de interpretaciones, que es parte de la propia interacción cultural, emerge la antropología como análisis sistemático de la conexión entre reglas. El principio que preside este análisis es el holismo: no es posible separar categorialmente unas reglas de otras, ya que el juego de interpretaciones puede conectar, potencialmente, cualquiera de ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para Díaz de Rada, las reglas son convenciones que van siendo reformuladas a medida que los sujetos les dan uso. De ahí su nominalismo sobre la cultura: el antropólogo sólo puede referirse a interpretaciones puntuales de cada una de sus reglas, señalando su aquí y ahora. Reificarlas, pretendiendo que una interpretación particular constituye la cultura de un grupo, es, ante todo, un error metodológico. Se trata, de hecho, del primero de los muchos errores que el autor denuncia en la parte final del libro: no puede haber gente sin cultura; no hace falta la escuela para “tener” cultura; la diversidad cultural no se reduce a diversidad lingüística; la cultura es una propiedad de cualquier forma de acción social (y no de una clase particular de ellas); la cultura no es tampoco propiedad distintiva de un individuo ni de un grupo de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los capítulos finales abordan sin ambigüedad alguna los aspectos más declaradamente políticos del concepto: el multiculturalismo o el relativismo ya citados, por ejemplo. Como el lector podrá ya imaginarse, Díaz de Rada es abiertamente crítico con los usos reificadores (por ejemplo, en “Ministerio de Cultura”) y responsabiliza de ellos principalmente a nuestros prejuicios, sean etnocéntricos o puramente narcisistas. Al fin y al cabo, buena parte de lo que se denuncia en este libro es que nos servimos del concepto de cultura de un modo parcial e interesado, normalmente el que nos resulta de mayor conveniencia. Y de ahí la originalidad de este libro como empresa divulgativa: si triunfase entre el público y adoptase su propuesta, podríamos empezar a hablar de la cultura en un sentido menos confuso y algo más neutral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aun simpatizando con todas las consecuencias prácticas que Díaz de Rada extrae de su concepto, este lector es más bien escéptico respecto a su propósito de persuadirnos de que es mejor no renunciar al concepto de cultura. No es, desde luego, porque su propia versión no resulte intelectualmente atractiva: a mí al menos me lo parece, digamos que por afinidad filosófica. Pero uno esperaría algo más de una ciencia social: los economistas, por ejemplo, ven mercados por todas partes, pero si aceptamos este concepto no es por lo precisa que resulte su definición, sino por el tipo de análisis que posibilita. Un viejo debate entre científicos sociales enfrenta a quienes defienden un uso instrumentalista de sus modelos y teorías en contra de quienes defienden que el realismo es necesario. Los primeros dirían que no importa tanto qué sea la cultura, sino qué podemos sacar de nuestro trabajo de campo con uno u otro concepto. Para los realistas, en cambio, es necesario que nuestros conceptos se refieran adecuadamente a las cosas como condición indispensable para su análisis. Pese a su nominalismo, Díaz de Rada parece alinearse con estos segundos pero, leyendo su libro, se diría que los antropólogos pueden realizar su trabajo incluso sin ponerse de acuerdo sobre la definición de cultura. Da la impresión de que uno no hará mejor o peor antropología según cuál sea su concepto de cultura. Posiblemente, Ángel Díaz de Rada no lo crea así, pero su libro no se detiene en argumentarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy igualmente escéptico respecto a su propuesta de reformar nuestros usos cotidianos del concepto, por distintas razones. Por un lado, creo que se necesitaría una fuerza policial desproporcionada para lograrlo: los teólogos llevan siglos dictándoles a los católicos cómo debe rezarse el credo, pero se necesita toda una Iglesia para lograrlo. Cuando la disciplina es simplemente educativa, ni los físicos aciertan a reformar nuestro entendimiento: aunque un estudiante domine la teoría de la relatividad, los psicólogos han puestos de manifiesto cómo, en su vida diaria, ese mismo estudiante razonará sobre física igual que un griego de hace dos mil años. ¿Bastaría con formarnos adecuadamente en antropología para escapar a la confusión cultural?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, ya que inevitablemente estamos sumidos en ella, el lector ilustrado hará bien en leer este ensayo de Díaz de Rada para, si no escapar a la confusión, sí al menos no abandonarse completamente a ella. Como su autor bien nos advierte, las consecuencias cuando uno se deja llevar por algunos conceptos de cultura suelen ser indeseables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Diciembre de 2010}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Revista de libros&lt;/span&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-2851782019507816384?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/2851782019507816384/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/07/angel-diaz-de-rada-cultura-antropologia.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/2851782019507816384'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/2851782019507816384'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/07/angel-diaz-de-rada-cultura-antropologia.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-QW6MV8IAxVQ/ThmmOF6cknI/AAAAAAAAAIU/we0Wl6UD4S0/s72-c/diazderada.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-8837992056249140864</id><published>2011-07-10T15:01:00.002+02:00</published><updated>2011-07-10T15:09:21.294+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2011'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-_FUH3d3D6co/ThmkU4oitkI/AAAAAAAAAIE/AOsyUEXMN1o/s1600/CalvoGomila.gif"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 122px; height: 183px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-_FUH3d3D6co/ThmkU4oitkI/AAAAAAAAAIE/AOsyUEXMN1o/s320/CalvoGomila.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5627709888082916930" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Paco Calvo &amp;amp; Toni Gomila, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Handbook of Cognitive Science. An Embodied Approach&lt;/span&gt;, Amsterdam, Elsevier, 2008&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;“Is cognitive activity more similar to a game of chess than to a game of pool?” This is the opening question of this volume and every social scientist concerned with the explanation of our decisions should carefully consider the answer. At least, they should if they use standard intentional explanations, where decisions result from a particular combination of beliefs and desires that purportedly captures our folk understanding of action. If we are not uncomfortable with such foundation is mostly thanks to the progress of cognitive science that shows how our beliefs and desires can be processed, beyond folk psychology, as “a computational manipulation of representational inner states”. If you are already wondering if there is anything else to a decision, you probably consider cognitive ability akin to a game of chess. The authors in this volume would rather see it as a game of pool, that is, a non-formal game in which you need to take into account real-time physical interactions. In the case of decisions, our sensorimotor interaction with a given environment plus our social interaction with other agents. All this conceived as a continuous process that should be modeled (and explained) as such: i.e., describing the range of changes that the agent-cum-environment system experiences over real time. In principle, there is no need to invoke standard mental representations or a global plan of action.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;This seems to be the explanatory approach emerging in the interdisciplinary field of embodied cognitive science, at least according to the editors of this Handbook (p.13). Calvo and Gomila are well aware that not every author in their volume would accept such an approach to explanation. The aim of this compilation is precisely to bring the different agendas in this new field to converge on a joint research program (p.15). Among these agendas, the editors cite: ecological psychology, behavior-based AI, embodied cognition, distributed cognition, perceptual symbol systems, some forms of connectionism, interactivism and dynamical systems theory. Their common thread, according to Calvo and Gomila, is to conceive of cognition and behavior “in terms of the dynamical interaction (coupling) of an embodied system that is embedded in the surrounding environment” (p. 7). The reader is properly warned that many of these terms are still awaiting a more precise definition ―including here “embodied” (p.12)―, but Calvo and Gomila believe that the success obtained by this approach in certain particular domains justifies a generalization that would first redefine the research agenda of cognitive science. And then eventually expand into every other field in the social sciences where cognition plays an explanatory role.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The structure of the volume somehow reflects the current disunity of this project: it goes through the fields listed above, including several surveys, a number of success stories and a few conceptual discussions of the pros and cons of this emerging approach as opposed to mainstream cognitive science. The main division, for the purposes of this review, is between the analysis of, so to speak, lower and higher cognitive processes. The former are covered in sections 2-4, namely: “Robotics and Autonomous Agents”, “Perceiving and Acting” and “A Dynamic Brain”. These three sections exemplify several tenets that the editors present as distinctive in the embodied approach. For instance, the claim about perception being active and action perceptually guided is explored in chapters dealing with a control system for human avatars (ch. 8), an analysis of the use of inconsistent visual information for the control of our actions (ch. 11), experimental evidence on visual processes guiding sorting tasks (ch. 10) and, finally, a dynamical system model of the interaction of the neural network, the body and the environment of an evolutionary agent featuring visually guided object discrimination (ch. 6).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The evidence presented in these three sections is fascinating, at least for readers like me without any competence in the topics addressed therein. However, it is not presented in the systematic fashion you would expect from a Handbook. It is more a collection of papers representing the diversity of perspectives announced in the Introduction, but they rarely engage with the claims made by each other. The editors have a point when they call for an empirical comparison of the different post-cognitive hypotheses in order to ponder their merit within the joint agenda (p. 15). But such comparison rarely features in the Handbook, which is perhaps an accurate portrait of the state of the art in this field.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nonetheless, we should grant that the evidence accumulated at these lower levels of cognitive activity is compelling enough to reconsider several traditional tenets about them. E.g., whereas in the traditional approach (both in philosophy and in cognitive science) vision was most often understood as yielding “internal representations for general-purpose use”, the brick-sorting experiment presented in chapter 10 compellingly suggests that eye movements are task-oriented instead. The evidence for this hypothesis is provided by an experimental setup in which subjects operate in a virtual environment wearing a head mounted display tracking their eye movements and manipulating a mechanical arm with their hands. Variations in the visual cues of the bricks during the sorting task revealed, for instance, that the subjects retrieved the relevant information either from the scene or from their working memory. An implicit cost function regulating visual attention  seems to be at work here, even if we still do not know much about the mechanism implementing it. It probably evaluates such aspects as metabolic cost, cognitive load, temporal urgency, etc. The subjects themselves are certainly unaware of it being at work. According to Calvo and Gomila (p. 12), in this experiment perceptions seems to be more than building visual representations: it seems active and guides action in quite a straightforward manner.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;However, as the authors of chapter 10 (Droll and Hayhoe) point out the evidence presented is not contradictory with “formal models of executive control in which high-level decision processes [about the relevant visual parameters] affect lower level sensory selection” (p. 202). In other words, these experiments can also be interpreted as speaking for a certain continuity/compatibility between embodied and traditional approaches to cognition. The former may well help us in reconsidering certain low level cognitive activities, but maybe at a higher scale the latter may still play a role. This is the problem that the editors dub “scaling-up”: can we explain high level cognition in an embodied fashion? This is the topic of sections 5-7, which cover “Embodied Meaning”, “Emotion and Social Interaction” and a general discussion of the transition from lower to higher levels of cognition.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In chapter 15, Lotte Meteyard and Gabriela Vigliocco present a wonderful review of the embodied theories of semantic representation. As they recall, in this approach, we apprehend linguistic meaning simulating the sensory-motor information produced by the referent of a word or a proposition. They distinguish between stronger and weaker versions of this approach according to the degree to which semantic content depends on this sensory-motor information (what the authors call their engagement hypothesis), reviewing the available evidence (namely behavioral and neurological) for or against each version. The authors conclude that there is a tie between them, but the evidence speaks against those who deny the engagement hypothesis and claim absolute independence between semantic and sensory-motor information. Chapter 16 presents one particular approach to embodied meaning, stemming from the Neural Theory of Language project, taking concept learning as case in point. The two remaining chapters in this section on embodied meaning deal with mathematics: in the former, Rafael Núñez applies a metaphorical approach to mathematics he developed with Lakoff to the analysis of axiomatic systems; in the latter, Arthur Glenberg draws out the practical implications of this approach for the teaching of mathematics. This Handbook is mainly aimed at practitioners of the cognitive sciences, but, all in all, this is probably the section that impinges most on the main tenets of mainstream analytic philosophy and I miss a straightforward discussion of the philosophical “paradigm shift” implicit in its claims.      &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;There is quite a contrast between sections 6 and 7. In the former, on “Scaling up” , two of the three papers compiled seem quite deflationary, at least if we measure by the standards of the editors. In chapter 19, Margaret Wilson explores the possible mechanisms by which abstract de-contextualized thought may have emerged from sensorimotor abilities applied to immediate situations. However, she argues explicitly against reducing human cognition to situated cognition, which, in principle, leaves some room for traditional approaches to the former. In a similar vein, Michael Anderson (ch. 21) analyses brain imaging results showing cognitive overlaps between different areas of the brain and discusses to what extent these images speak unambiguously for embodied cognition. E.g., there is evidence that perceiving objects an object names activate brain regions associated with grasping. But this may be explained as a result of the redeployment of neural circuits across different domains in the evolution of our brain. Some sort of functional inheritance would often ensue as a result, without any further implication about their “embodied” connection.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The tone in the two papers compiled in section 7 is inflationary, by contrast. For instance, Shaun Gallagher (ch. 22) argues for an embodied alternative to standard theories of mind, in which we would not need belief or desire attribution to understand each other’s actions. This understanding would often be primary, originating in body expressions that we would apprehend directly through perception without mental representations. Gallaguer’s paper puts forward a different worldview than the sort of empirically informed hypotheses that abound in this volume. However, it is worth reading, even if just to have a flavor of what a fully embodied approach would entail ―even more so for M. Sheets-Johnstone final chapter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The volume ends abruptly or, at least, I miss a final overview taking stock of all the evidence compiled and assessing the viability of the research program outlined by the editors in the introduction. The only general discussion can be found at the beginning, in the first two chapters ―therefore written without any explicit reference to the volume. M. Bickhard presents a conceptual argument against standard models of representation in cognitive science: they cannot account, he claims, for the possibility that the organism detects and corrects its own errors. Following Bickhard, if we ground representations on embodied interaction instead, it is possible to account for errors. Interactions involve a circular causal flow between the system and the environment, according to a range of indicated possibilities. Errors will be detected by the system when this range is violated in the interaction. Again, we may wonder how this error-detection model applies to higher level representations, but the volume is not very rich on suggestions about this particular point.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hence, the only really general discussion of the project in the volume is Andy Clark’s paper on “Embodiment in explanation” (ch.2). Clark defends a somewhat conservative position: mainstream cognitive science should take into account the many findings of the embodied approach, without abandoning its current paradigm. Clark’s argument is based on a review of a significant sample of current research. Had he used the evidence compiled in this Handbook, it would have made an excellent conclusion. His conservatism originates in his skepticism regarding the possibility of a total identification between an agent’s experience and the underlying sensorimotor exercise, as it is often assumed in the most radical versions of the embodied approach ―for instance, the connection between bodily experience and our basic conceptual repertoire, as it is sometimes presented by Lakoff and Johnson.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;This Handbook certainly feeds Clark’s skepticism. Despite the effort of the editors, I cannot discern in the papers compiled the possibility of building a general paradigm for cognitive science, impinging on the very foundations of our many theories of social interaction. But I may be just short-sighted. Nonetheless, it is a good invitation to rethink many deeply rooted assumptions across the social sciences.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{February 2011}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://pos.sagepub.com/"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Philosophy of the social sciences&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; }&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-8837992056249140864?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/8837992056249140864/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/07/paco-calvo-toni-gomila-handbook-of.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8837992056249140864'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8837992056249140864'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/07/paco-calvo-toni-gomila-handbook-of.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-_FUH3d3D6co/ThmkU4oitkI/AAAAAAAAAIE/AOsyUEXMN1o/s72-c/CalvoGomila.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-4508719641940655678</id><published>2011-07-10T14:40:00.002+02:00</published><updated>2011-07-10T15:00:20.390+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2011'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-N_9DapJI9J0/ThmfUWvAx4I/AAAAAAAAAH8/Y6J0-SBWgUA/s1600/sexatdawn.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 105px; height: 160px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-N_9DapJI9J0/ThmfUWvAx4I/AAAAAAAAAH8/Y6J0-SBWgUA/s320/sexatdawn.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5627704381425108866" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Christopher Ryan and Cacilda Jethá, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sex At Dawn. The Prehistoric Origins of Modern Sexuality&lt;/span&gt;, New York, Harper Collins, 2010&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;This is a book about a subject almost everyone in American and European universities has a personal stake in: monogamy. And it is quite critical of it. With books like this, reviewers should perhaps start disclosing their conflicts of interest, so readers could discount the biases in their assessment. Maybe I will be critical just because my partner cheated on me and I cannot help feeling personally offended by the authors’ case. Or maybe I will praise it in order to justify my own non-monogamous desires. The book is dedicated by the authors to “all our relations” so you may guess right from the start whose side are they on -they do not say much about themselves. So let me dedicate in turn this review to my own relations and we will be even.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sex at Dawn is indeed an argument against those who consider monogamy our most natural family arrangement. Or, to be more precise, against the most rational among them, the scientifically inspired monogamists. Ryan and Jethá (a psychologist and physician) target the “standard” account of monogamy among evolutionary psychologist, which they probably consider the strongest case for it. They try to debunk it, under the assumption (I guess) that if the reader is convinced by their argument s/he will become more open-minded about non-monogamous family arrangements. As they put it themselves, the most important practical consequence of reading this book should be for couples to openly speak about the meaning of being faithful to each other.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;For evolutionary psychologists (the authors apologize for the simplification and I concur), monogamy would be the best way for males to make sure that they are really fathering their female partner’s kids; these latter would obtain in exchange their help in raising them. Both partners will try to cheat on each other to increase their reproductive success through sexual competition: men will try to mate with as many other women as possible hoping that someone else will help in raising their own progeny; women with less desirable partners will try to get pregnant with more successful males, making the former raise the kids. On the grounds of this biological equilibrium, our species would have arranged different cultural variations of the same theme (monogamy).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The authors do not question sexual competition, but claim it operates at a different scale. Drawing on evidence from anthropology (hunter-gatherer societies) and ethology (primates), the authors argue that our species evolved forming promiscuous groups whose members had non-exclusive sex with each other as a bonding mechanism and cooperated in raising their progeny. Sexual competition would occur inside the vagina where sperm from different men would “fight” each other chemically for fecundating the ovule with the non-neutral intervention of the host’s organs. In other words, we would be capable of living in non-monogamous cooperative arrangements, enjoying less sexual frustration, letting our cells do the sexual competition for us behind our back.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sperm competition in humans is controversial: I admit it as a possibility but a popular science book is probably not the best source to make a conclusive case. The evidence provided in Sex at Down is nonetheless entertaining to read (if you are unfamiliar with this literature) and discuss with your friends. I often found myself disagreeing with the way in which the authors present it, time and again bringing grist to their mill, sometimes at the expenses of fairness and accuracy –e.g., we have data about the quality of our semen and throughout the last fifty years it seems to decrease, but can we really extrapolate this recent trend to the very origins of monogamy, thousands of years ago? (Was semen really so good then?). On a more theoretical note, since this is a book about “the prehistoric origins of modern sexuality”, I miss an account of how monogamy came to prevail. We know it starts with agriculture, but how come it has lasted this long despite all its drawbacks? Monogamy may make us unhappy, but perhaps there is a trade-off and we are getting something in exchange. Almost every piece of evidence presented in this book seems to perform evolutionary functions and monogamy should be no exception. But this is just a guess.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;My main contention is though that monogamy is no less natural than non-monogamy: since this is a debate among rationalists, we will easily agree that our species does not do supernatural things, especially when it comes to reproduction. Maybe non-monogamous regimes did wonders for us thousands of years ago, but this is not a particularly good argument for bringing them back today. Not that I am against them, mind you, but I do not need to be “historically justified” to try any alternative to monogamy. As a matter of fact, I cannot imagine anybody struggling to stay in a monogamous relationship, just because evolutionary psychologists claim that this is the natural thing to do.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;However, I concur with the authors that monogamy is a topic that every couple should discuss rather than take for granted and, all in all, this book is a good place to start the conversation. Given the number of pro-monogamy prejudices we carry with us, it may be fair to load the dice in the other direction.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{March 2011}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=6011&amp;amp;cn=400"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-4508719641940655678?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/4508719641940655678/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/07/christopher-ryan-and-cacilda-jetha-sex.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4508719641940655678'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4508719641940655678'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/07/christopher-ryan-and-cacilda-jetha-sex.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-N_9DapJI9J0/ThmfUWvAx4I/AAAAAAAAAH8/Y6J0-SBWgUA/s72-c/sexatdawn.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-4422359192617303543</id><published>2011-01-18T21:39:00.007+01:00</published><updated>2011-07-10T14:40:49.057+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2010'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TTX8_I77WZI/AAAAAAAAAHs/hvjIcDFAMiY/s1600/passeron.jpg"&gt;&lt;img style="float: left; margin: 0pt 10px 10px 0pt; cursor: pointer; width: 81px; height: 123px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TTX8_I77WZI/AAAAAAAAAHs/hvjIcDFAMiY/s320/passeron.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5563631076346911122" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Jean-Claude Passeron, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Le raisonnement sociologique. Un espace non-poppérien de l’argumentation&lt;/span&gt;, París, Albin Michel, 2006.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el prefacio a la segunda edición francesa, Jean-Claude Passeron nos advierte de los múltiples malentendidos que lastraron el debate en torno a Le raisonnement sociologique (LRS ). Creo que la densidad conceptual de la obra explica, si no justifica, muchos de ellos, al menos en mi caso. Pese a las aclaraciones añadidas a esta nueva edición, me temo que sólo puedo contribuir a este debate aportando nuevos malentendidos que le den al autor la oportunidad de elucidarlos. La novedad de estos malentendidos, si es que hay alguna, radica en la diferencia de perspectivas entre Passeron y el autor de estas líneas, muy probablemente generacional. Yo comenzaba mis estudios universitarios cuando se publicaba la primera edición de LRS y leo ahora la segunda después de tan solo una década dedicado a la filosofía de las ciencias sociales. De ahí mi sorpresa no ya ante las tesis metodológicas de LRS, sino ante la justificación que Passeron nos propone.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de sus tesis principales, según la (mal)interpreto, es que las ciencias sociales tienen que servirse necesariamente de argumentos informales, pues es imposible aislar de modo unívoco y dar una definición general todas las variables pertinentes para analizar matemáticamente una situación eminentemente singular. Como justificación, Passeron apela a la inviabilidad del ideal científico defendido originalmente por el Círculo de Viena, de un lado, y por Popper, de otro. Como es sabido, este ideal se basaba en una concepción formal de las teorías que se demostró indefendible, por razones que Passeron desarrolla con amplitud en un epílogo que recapitula su propia posición en LRS. Y de ahí mi sorpresa, y quizá el primer malentendido: ¿quién sostenía en 1991 las tesis que Passeron critica?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me temo que se trata de una querella de sociólogos, más que un debate estrictamente filosófico. A la altura de 1960, autores como Carl Hempel o Ernst Nagel sabían ya de las dificultades de justificar la superioridad del conocimiento científico (frente a la metafísica) a partir de la estructura de sus teorías y ensayaron una nueva vía que es, aparentemente, la que aquí quiere seguir Passeron: analizar en qué condiciones resultan aceptables los distintos tipos de explicación científica, concebidos como otras tantas formas de argumentación. Es decir, pasos inferenciales, no siempre deductivos desde un conjunto de premisas a una conclusión. Durante los últimos 40 años, la filosofía de las ciencias sociales se sirvió ampliamente de esta estrategia generando un cuerpo de debates sobre la potencia argumental de las explicaciones que nos vienen ofreciendo economistas, sociólogos, antropólogos, etc. Y esto es lo que un lector de mi generación/educación habría esperado encontrar en LRS: no tanto la crítica del proyecto positivista original, como una tipología de los argumentos que, según Passeron, caracterizarían el razonamiento sociológico, junto con una  discusión de su fortaleza .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero se diría que a Passeron le interesa más bien mostrar, a través de sus críticas al formalismo logicista del positivismo, el carácter necesariamente incompleto del formalismo matematizante en ciencias sociales. Y la fuerza de su propio argumento se apoya en las dificultades semánticas de semejantes proyectos: e.g., la imposibilidad de construir un “vocabulario observacional” en el que volcar sin ambigüedad los datos que arroje la investigación empírica, de modo que su acumulación sirva como base para contrastar teorías sociológicas o construir generalizaciones legiformes. Este sería mi segundo malentendido: ¿tienen alguna vigencia estos argumentos o se reeditan, como indica el autor (p. 22), simplemente para documentar la Historia de los debates metodológicos en Francia? En una época en la que la explotación sistemática de bases de datos y los experimentos sobre decisiones individuales son ya objeto de conversación popular gracias a éxitos de venta como Freakonomics o Predictably irrational, ¿cabe sostener todavía las posiciones de LRS tal como se formularon en 1991? Los más críticos con semejantes empresas son justamente los teóricos más formalistas en las ciencias sociales (los economistas), pues ponen de manifiesto cómo con un aparato teórico mínimo es posible extraer conclusiones interesantes a partir de datos estadísticos ajenos a la propia teoría. Por usar el famoso ejemplo de Levitt, los patrones de respuesta observados en los miles de cuestionarios realizados en las escuelas de Chicago permiten conjeturar qué profesores hacen trampa y rectifican los exámenes de sus alumnos para evitar ser penalizados por sus bajos resultados. ¿Por qué no habríamos de aceptar el contenido de esta base de datos como un vocabulario observacional de uso común en ciencias sociales?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta no está, creo, en el Círculo de Viena o en sus más inmediatos epígonos, sino en la tradición hoy más viva en filosofía de la ciencia, cuyos orígenes se remontan nuevamente a la década de 1960. Fue entonces cuando autores como Patrick Suppes se preguntaron si las dificultades que plantea el problema de la carga teórica de la observación (extensamente discutido en LRS) no se atenuarían si se recurre al álgebra, antes que a la lógica, para analizar las teorías científicas. Con ello se abandonaría, por un lado, la perspectiva lingüística que dominó la tradición positivista y, por otro, se podría tratar con mayor fidelidad la práctica científica en la que predomina el uso de modelos. Suppes llamó la atención sobre la existencia de modelos centrados exclusivamente en el procesamiento de datos empíricos (e.g., estadísticos) y, por tanto, independientes de las teorías que se aplican sobre ellos. Es decir, no absolutamente independientes respecto de cualquier teoría, pero sí respecto del aparato conceptual que se ha de aplicar sobre tales modelos de datos. Su intuición fue ampliamente desarrollada tanto en la escuela de Stanford (Cartwright, Hacking, etc.) como, formalmente, por el enfoque estructuralista (Sneed, Moulines, etc.). Así, en el caso de las bases de datos utilizadas por Levitt no pueden presumirse sesgos de la teoría económica en su generación (aunque haya otros)  y en esa medida es interesante su análisis económico, por minimalista que sea el aparato teórico del autor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las principales virtudes de estos modelos de datos es la de exhibir regularidades fenomenológicas que aparecen en los datos obtenidos a partir de experimentos y otros estudios empíricos. Puede que no contemos todavía con teorías generales para dar cuenta de tales regularidades y su alcance es, desde luego, contextual. Pero su sola existencia permite el tipo de debates metodológicos que LRS parece declarar impracticables :&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;/blockquote&gt;La vulnerabilidad y, por tanto, la pertinencia empíricas de los enunciados sociológicos sólo pueden ser definidas en una situación de extracción de información sobre el mundo que es la de la observación histórica, nunca la de la experimentación (LRS, p. 554, traducción de J. L. Moreno Pestaña).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una réplica inmediata a mi objeción es que me este tipo de regularidades quizá existan en otros dominios de las ciencias sociales, pero no en sociología. Como antes apuntaba, Passeron defiende la historicidad del análisis sociológico de un modo tal que parece no haber lugar para aislar regularidades en los datos agregados o las decisiones individuales. Creo que esta posición se deriva, en buena parte, de una actitud anti-naturalista muy arraigada en sociología (e.g., p. 81), para la cual la universalidad que podemos encontrar en ciertos patrones de decisión de un agente no sería objeto propio de la disciplina. Pero la oleada naturalista sobre las ciencias sociales provocada por el desarrollo de la etología y la neurología durante las dos últimas décadas está poniendo de manifiesto que dentro de la Historia hay espacio para explicaciones que parten directamente de nuestra constitución biológica. Por ejemplo, nuestra miopía para estimar en qué medida se renuevan los recursos ecológicos de los que dependen nuestras sociedades, documentada sistemáticamente a lo largo de los siglos en los casos reunidos por Jared Diamond en Colapso . Los efectos sociales de este déficit cognitivo han sido ampliamente discutidos por los historiadores, pero sólo cuando incorporamos una perspectiva evolucionista sobre nuestra psicología podemos entender con precisión el mecanismo generador de esta miopía ―en lugar de atribuírselo a nuestra irracionalidad, rapacidad, etc. Cuál sea su alcance de este tipo de análisis para la Historia está todavía en discusión, pero su impacto parece suficiente como para reconsiderar si la historicidad debe cifrarse tan sólo en la ausencia de repeticiones espontáneas o en la imposibilidad de aislar las variables relevantes en un laboratorio .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si acierto en mi lectura de LRS, pero no estoy en desacuerdo con las tesis de Passeron: las ciencias sociales se han de servir necesariamente de argumentos informales, cuyo alcance depende, generalmente, del contexto y su aplicación empírica está condicionada por la dificultad de controlar los factores causales que controlan los acontecimientos analizados. El problema es que, así enunciadas, no se me ocurren hoy muchos partidarios de las tesis contrarias. Y, por otro lado, los argumentos de los que se sirve para justificarlas me resultan menos convincentes que las alternativas que vengo enumerando. Los argumentos importan, pues señalan el auténtico alcance del desacuerdo: si actualizamos las referencias de Passeron para incluir el enfoque semántico en filosofía de la ciencia y limamos su anti-naturalismo, tendríamos un espacio argumental “anti-popperiano” en el que cabe una sociología que se apoyase en regularidades empíricas construidas a partir de análisis estadísticos y experimentos para construir explicaciones apelando, entre otros, a mecanismos biológicos propios de toda la especie. No es precisamente la que Passeron practica y defiende en LRS, ni tampoco pretendo yo ahora defender tal alternativa sociológica. Simplemente creo que sus argumentos no son lo suficientemente poderosos para excluir semejante alternativa y, me temo, que si uno concede más peso al debate metodológico actual que a Windelband y el Círculo de Viena no queda más remedio que tomarla en consideración. Otra cosa es que a los sociólogos les interese, pero eso no me corresponde a mí juzgarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[Debate en la RES a propósito de la versión castellana de J. Moreno Pestaña, de próxima aparición en Siglo XXI con F. Aguiar y F. Vázquez y respuesta del propio Passeron]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Enero 2010}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://www.fes-web.org/publicaciones/res/"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Revista española de sociología&lt;/span&gt; 14 (2010)&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-4422359192617303543?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/4422359192617303543/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/01/jean-claude-passeron-le-raisonnement.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4422359192617303543'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4422359192617303543'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/01/jean-claude-passeron-le-raisonnement.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TTX8_I77WZI/AAAAAAAAAHs/hvjIcDFAMiY/s72-c/passeron.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-95477636679454568</id><published>2011-01-18T19:11:00.005+01:00</published><updated>2011-01-18T21:38:20.524+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2010'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TTXYmIfC8FI/AAAAAAAAAHk/G2C-j2T8qgk/s1600/nersessian.jpg"&gt;&lt;img style="float: left; margin: 0pt 10px 10px 0pt; cursor: pointer; width: 86px; height: 128px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TTXYmIfC8FI/AAAAAAAAAHk/G2C-j2T8qgk/s320/nersessian.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5563591064310444114" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Nancy J. Nersessian, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Creating Scientific Concepts&lt;/span&gt;, Cambridge, MA: MIT Press, 2008.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;For more than two decades now Nancy Nersessian has been working at the intersection of philosophy of science and the cognitive sciences, investigating how scientists actually think at work. Creating Scientific Concepts provides a general introduction to her approach, covering, on the one hand, historical research on the ways of thinking of 19th century physicists (namely, James Clerk Maxwell)  and, on the other hand, an analysis of the cognitive foundations of scientific modelling. Nersessian’s essay is more than introduction though. Her goal is to explain conceptual innovation in science. More precisely, to articulate an analytic framework to account for the “specific modelling practices that historical records implicate in problem solving leading to conceptual innovation, specifically, analogical modelling, visual modelling and thought-experimenting” (p. 13). Let me spell this out.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nersessian adopts an empiricist view of concepts, drawing mainly on the work of Lawrence Barsalou (Chapter 4). According to this latter, concepts would be perceptual symbols, neural correlates of sensorimotor experience (p. 124). These symbols constitute analogical representations and  the sensioriomotor processes in which they originate are re-enacted  whenever we use them to think. In our concepts about physical systems, the analogy captures the constraints we discern in the phenomena (e.g., causal structures). These constraints are then preserved in our mental simulations, even if  we change other properties and relations of our physical concepts in order to solve whatever problem we are dealing with. The possession of a concept implies thus the skill “for constructing a potentially infinite number of simulations” according to our needs and goals (p. 126). Nersessian also argues for a coupling between external and internal representations: mental simulation often needs real-world resources “outside” our heads. However, she acknowledges that the nature of the cognitive mechanisms at the interface of this coupling is still to be articulated. Images ―diagrams, for instance― provide representational tools to extend our mental simulations.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nersessian analyzes the role of analogies, images and thought-experimental narratives in our modelling practices (chapter 5). She departs from the standard assumption that these are separate resources, treating them as a continuum of tools for model based reasoning. Instead of direct inferences (mappings from sources to target domains), Nersessian studies how analogies, images and narratives contribute to the creation of intermediary models, with their own sets of constraints, that can be gradually elaborated in a series of representations that finally reaches real world phenomena. The assessment of these intermediary models according to the way they preserve and extend the relevant structural constraints (drawing here on Dedre Gentner’s ideas) provides the epistemic warrant for model based reasoning. Satisfactory models should exemplify features relevant to the epistemic goals of the problem solver (p. 157).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;All these claims are illustrated with two case studies of scientific problem solving. In chapter 2 Nersessian revisits her analyses of the historical record of models constructed by James Clerk Maxwell leading to the field equations for electromagnetic phenomena. In chapter 3, she studies an experiment conducted by John Clement in which an expert is asked to solve a physics problem recording every step on his way to the solution.  Both cases show at different scales how the cycles of construction, simulation, evaluation and adaptation of models with the aforementioned resources finally yield an original solution. Those interested in bringing together history and philosophy of science will surely appreciate Nersessian’s naturalist approach. Her cognitive appraisal of Maxwell’s models allows her to interpret as positive steps on his way to success what were previously considered misguided attempts at getting there. The analogy between Maxwell’s written records and Clement’s in vivo experiment is equally refreshing. Not every philosopher will enjoy this book though. Nersessian’s approach takes sides and her combination of concept empiricism plus embodied cognition is not precisely mainstream. She is honest enough to admit the limitations of her approach: the view she presents is far from consensual at most points and certainly needs further elaboration. However, the research program she presents is articulated enough to deserve serious consideration. I am not particularly happy though with the purported output of this book: the account Nersessian presents of scientific creativity appears as rather a poor corollary of the previous analysis: if we are able to construct “a potentially infinite number of simulations” many of them will be innovative, but how do we distinguish those of scientific value?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The answer depends of course on the goals and needs of the scientific community. But even if Nersessian wants her account to be social, little is said about how the community chooses the relevant innovations. We are left with the impression that the choice of constraints is always epistemic, but our goals and needs often impose non-epistemic constraints (David Bloor famously argued that scientific concepts are closed according to these latter) and we may legitimately wonder how do they contribute to the success of a model. Part of the plausibility of Nersessian’s analysis depends indeed on her choice of purely epistemic success stories as illustrations. But her argument made me think instead of an already old controversy on failed analogies between physics and economics sparked by Philip Mirowski’s book More Heat than Light in 1989. The equations never proved to be as empirically successful in the target domain (the analysis of the supply and demand) as they had originally been in physics. And yet they were acknowledged as an innovative analogy, perhaps because they observed several constraints considered relevant by some schools of thought in economics. Perhaps for Nersessian the explanation of innovative success and error is symmetrical (in Bloor’s sense), but I would have expected a more explicit discussion of this problem in this book. I can only recommend it nonetheless.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{December 2010}&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;{&lt;a style="font-style: italic;" href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=5892&amp;amp;cn=394"&gt;Metapsychology online review&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:11pt;"  lang="EN-GB" &gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-95477636679454568?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/95477636679454568/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/01/nancy-j.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/95477636679454568'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/95477636679454568'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2011/01/nancy-j.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TTXYmIfC8FI/AAAAAAAAAHk/G2C-j2T8qgk/s72-c/nersessian.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-7166913417596680937</id><published>2010-07-26T22:16:00.002+02:00</published><updated>2010-07-26T22:22:27.657+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2010'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TE3tNcHpXiI/AAAAAAAAAHQ/Jh4TaSr6eCY/s1600/Lauwereyns.jpg"&gt;&lt;img style="float: left; margin: 0pt 10px 10px 0pt; cursor: pointer; width: 124px; height: 160px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TE3tNcHpXiI/AAAAAAAAAHQ/Jh4TaSr6eCY/s320/Lauwereyns.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5498311535231589922" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Jan Lauwereyns, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Anatomy of Bias. How Neural Circuits Weigh the Options&lt;/span&gt;, MIT Press, 2010.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;More and more often practicing scientists from the most diverse fields are writing books for general audiences with a view not only to communicate their own results or the state of the art in their field, but also to draw the more general implications of such findings for, say, our worldview. Whereas the former can be accomplished reasonably well by any competent scientist with a taste for writing, the latter will be more or less engaging depending on what the author has read beyond her discipline.  Jan Lauwereyns is a cognitive neuroscientist and a remarkable poet who also enjoys reading across disciplines. And just as in 1621 The Anatomy of Melancholy provided an interdisciplinary survey on its topic, Lauwereyns presents his own anatomy as an "integrative account of the structure and function of bias as a core brain mechanism that attaches different weights to various information sources, prioritizing some cognitive representations at the expense of others" (p. xiv). There is much to praise in Lauwereyns' account, but I wonder to what extent it is really integrative. Let me explain why.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The original core of this book is mostly in the first two chapters, where the author presents the main findings of his own research, which hinge on his version of LATER, the standard model for the analysis of response time distributions generated in visual processing experiments. These experiments measure, on the one hand, the time it takes to a subject (usually monkeys) to convert a sensory stimulus into an eye movement according to the task assigned. On the other hand, they record the level of activity in a neuron (or group of neurons) that code for the relevant stimulus. In LATER the eye movement is understood as a result of a decision, modeled as a function of neural activity: when the function reaches a certain threshold, the eye moves. The function is defined by (1) the starting point of this activity, (2) its slope and (3) the variance of the activity.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In this framework, Lauwereyns claims that bias operates through changes in the first parameter that can be detected in two neural markers. First, the level of activity is significantly stronger in biased neurons than in unbiased neurons at all levels: i.e. for the coded stimulus and for noise alike. But even before the coded stimulus appears, and this is the second marker, the level of activity in biased neurons is also stronger, in a form of anticipatory processing. These superior levels of neural activity make the biased neurons reach the threshold at which decisions are made earlier than biased neurons.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Neural bias should be distinguished from neural sensitivity, the capacity to detect the right signal to act, which is measured by the second and third parameters in the model. The first marker for sensitivity is also a stronger level of activity, but just for the stimulus coded in the neuron, not for noise. The second marker is an enlarged ratio of response to the coded stimulus once it appears, through which the neuron can capture a broader range of signals.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lauwereyns developed his interpretation of the LATER model namely in order to account for the activity of certain neurons observed in the caudate nucleus of monkeys in an experiment in which they had to make an eye movement to a position where a visual target had been briefly flashed shortly before. Certain caudate neurons, coding for positions where a reward had been obtained in previous blocks of the experiment, showed anticipatory activity before the visual target appeared (what Lauwereyns aptly calls wishful seeing). The monkeys, of course, could not predict where the next flash would come from. Further refinements of this experiment provided evidence that these neurons exhibited a reward-oriented bias of the sort described in the LATER model.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;However, in the remaining five chapters, we do not find many more straightforward applications of LATER, but rather an informal examination of other experimental evidence in the light of this model. Hence, in chapter 3 Lauwereyns suggests that there are analogue biases and sensitivity mechanisms for fear (i.e., negative rewards) in the brain. In chapter 4, the author discusses the conceptual compatibility of his conception of bias with two widely studied heuristics in cognitive psychology, whose brain foundations remain as of today unexplored. In the remaining two chapters, Lauwereyns speculates on the more general brain architecture that could support LATER-like information processing. Chapter 5 is perhaps the more daring: Lauwereyns calls for the application of the theory of self-organizing processes to object representations in the brain. In chapter 6, he offers a conjectural model of competition of different neural networks in the brain that could account for evidence gathered in Stroop-like tests for monkeys.  Chapter 7 contains the author's musings on the inevitability of bias in our species and how to tame it. The book closes with a Coda on the motivation for the book.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;This is, of course, a quite partial summary aimed at capturing what, in my view, constitutes the book's thread or, at least, what I found most original or informative. My major complain about this anatomy is, precisely, how unbalanced it is in every other respect. The author is relatively systematic in the presentation of experimental evidence from his own field, but quite unmethodical in the discussion of everything else. As we have just seen, this is a book in which the author tries to generalize from experiments about certain brain mechanisms of visual processing in monkeys to bias in humans. This generalization requires a number of assumptions that the author clearly acknowledges: to name just one, about our cognitive architecture, how to model it and how to infer it from experimental evidence obtained in different species. Reading the book one gets to know Lauwereyns' views on these particular issues, but there is no introduction to any of them, much less a discussion of the alternatives. The author does not explore in depth positive research on biases in other disciplines, namely cognitive psychology, but rather handpicks examples without presenting their theoretical framework. The final discussion of the social consequences of our biases could have been improved with an examination of, e.g. different policies for fighting conflicts of interests in various domains (do scientific communities really fight biases the way the author thinks, for instance?) I do not think thus that this counts as an integrative anatomy of bias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The Anatomy of Bias is intended instead as a more personal essay and we get to know more than our usual share about the author's life and tastes. I often got the impression that Lauwereyns digresses just because there is something he aesthetically likes, independently of whether he is right or wrong in the analysis (e.g. his occasional exegeses of Deleuze or Heidegger). Even if I am not particularly happy with this Anatomy, this is certainly a genre worth exploring, and Lauwereyns' attempt deserves all praise for trying to expand the scientific conversation beyond its usual borders.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{July 2010}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=5667&amp;amp;cn=396"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-7166913417596680937?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/7166913417596680937/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2010/07/jan-lauwereyns-anatomy-of-bias.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7166913417596680937'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7166913417596680937'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2010/07/jan-lauwereyns-anatomy-of-bias.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TE3tNcHpXiI/AAAAAAAAAHQ/Jh4TaSr6eCY/s72-c/Lauwereyns.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-5052671818971805620</id><published>2010-07-10T12:16:00.002+02:00</published><updated>2010-07-10T12:41:25.094+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2010'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TDhK2LQx1XI/AAAAAAAAAHA/Xj4Za8Ti_CA/s1600/Mele.jpg"&gt;&lt;img style="float: left; margin: 0pt 10px 10px 0pt; cursor: pointer; width: 106px; height: 160px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TDhK2LQx1XI/AAAAAAAAAHA/Xj4Za8Ti_CA/s320/Mele.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5492222040174876018" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Alfred Mele, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Effective Intentions. The Power of Conscious Will&lt;/span&gt;, Oxford, Oxford University Press, 2009&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;Effective intentions&lt;/span&gt; is a book to be praised by everyone who thinks that philosophers should address issues of public interest, in particular when they arise from the advancement of science. Recent developments in the experimental study of our conscious decisions are challenging some widely spread and deeply rooted intuitions about free will. In &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Effective intentions&lt;/span&gt; Alfred Mele, a prominent philosopher of action, claims that there is no conclusive scientific evidence about the causal efficacy of our decisions and, provided we adopt a proper theoretical framework, there are good grounds to defend the freedom of our will. Mele's book is short and accessible, but it is not popular philosophy: it often engages in scholarly debates and discusses technical points at length. However, those who find the conceptual discussions pervading the popular literature on these topics too rough will probably enjoy reading it. The following summary will provide at least a glimpse of its structure.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In a famous experiment conducted by B. Libet, the participants had to make a movement with their right hand whenever they wished. Libet recorded the electrical activity in the scalp of his experimental subjects together with the activity of the relevant muscles, asking them to signal the time at which they consciously initiated the movement. Libet detected a shift in the activity in the motor cortex that precedes voluntary muscle motion (the "readiness potential") about 550ms before the actual movement took place. The experimental subjects reported the conscious initiation of the movement only 200ms before it started.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Experiments of this sort challenge our common understanding (the folk psychology) of voluntary actions: since we take our will to be free, we would expect the movement to depend somehow on the agent's beliefs or desires. This is why these experiments have captured the popular imagination proving that our will is, in fact, not free. As the title of the book suggests, Mele thinks that intentions are effective and follows a twofold strategy to prove it. On the one hand, Mele reexamines the experimental evidence against free will showing that it is not as conclusive as is often taken to be. On the other hand, the philosophy of action constructed by Mele throughout the past two decades allows him to interpret the experiments in a way that preserve the efficacy of our intentions.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;As to the former, Mele puts forward the following interpretation of Libet's experiments: the electrical activity recorded in the scalp 550ms before the action starts would rather be a potential cause of a proximal intention or decision, than any of these two. At least, the electrical patterns associated with the pre-conscious brain activity in Libet's experiments are similar to those recorded in other experiments where there seems to be no apparent unconscious intention or decision. It should be something else, concludes Mele: perhaps some sort of causal input of the intention. In a similar spirit, Mele contests the instances of actions in which intentions apparently have an epiphenomenal role put forward by Daniel Wegner, showing that such actions may not count as intentional. But what sort of intentions could these be?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mele focuses on ocurrent intentions, defined as executive attitudes towards plans, i.e., being settled on executing them. Such attitude, warns Mele, cannot be reduced to any combination of beliefs and desires. Ocurrent intentions arise from decisions when there is uncertainty about the alternatives; if there is none, ocurrent intentions can be acquired without any explicit decision. Hence, proximal intentions (about immediate actions), at least, need not be conscious: when we act by habit, our acts are no less intentional (we are settled on executing them) even if there is neither a explicit decision nor any awareness of our intentional process. Finally, Mele accepts that intentions may have potential causes and still fully contribute to our actions I hope this very simplified summary will at least suggest why, if we accept Mele's approach, Libet's experiments would not exclude, at least a priori, an intentional interpretation. Our intentions may be considered so despite being causally prompted, unconscious or separated from our beliefs and desires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;However, this does not amount to prove that intentions are causally effective in producing an action. Mele invokes here the evidence on distal implementation intentions: there is evidence showing that people meet non-immediate goals in significantly higher proportion if they are state in advance when, where and how will they achieve them. Prima facie, intentions seem to play a causal role in the explanation of these actions ―and Mele argues at length against alternative accounts in which they do not.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mele closes the book claiming that science has neither shown that free will is an illusion nor that there are no effective intentions: "this is good news for just about everyone", concludes. But probably "just about everyone" (not this reviewer) will be slightly concerned by the admission that our intentions are causally originated somewhere beyond the realm of consciousness. Mele is quite vague about this point, stating just that our decisions may "more proximally initiate an intentional action that is less proximally initiated" by a potential cause of such decisions (p. 69). I agree with Manuel Vargas (see his piece on Mele's book for the Notre Dame Philosophical Reviews) that this is precisely the point that many would have wanted to see addressed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;It is an indisputable merit of Mele to show that the conceptual framework of Libet's experiments, among others, is often imprecise. Yet, by the same token, it is shown that "the conceptual schemes that we use to interpret and explain our behavior" are equally misleading, which is no less unsettling. Mele's conceptual schemes are certainly more articulate, but this book will not allow the uninitiated reader to grasp them in full. However, unlike many others in philosophy, Mele suggests bits of experimental evidence that could potentially falsify several parts of his theory. We can only hope these tests are actually conducted, making this debate progress in a more empirically oriented fashion, even if the news are not always as good as we once expected.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:'Verdana','sans-serif';font-size:10pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{January 2010}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=5348&amp;amp;cn=396"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-5052671818971805620?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/5052671818971805620/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2010/07/alfred-mele-effective-intentions.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5052671818971805620'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5052671818971805620'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2010/07/alfred-mele-effective-intentions.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/TDhK2LQx1XI/AAAAAAAAAHA/Xj4Za8Ti_CA/s72-c/Mele.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-7579076511668835290</id><published>2010-01-20T22:32:00.005+01:00</published><updated>2010-07-10T12:15:05.109+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1996'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/S1eIHNBxzBI/AAAAAAAAAG4/j-sQSCatWYI/s1600-h/thoreau.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 74px; height: 118px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/S1eIHNBxzBI/AAAAAAAAAG4/j-sQSCatWYI/s320/thoreau.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5428957533156002834" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;H.D. Thoreau, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sobre el deber de la desobediencia civil&lt;/span&gt; (1849), Edición crítica bilingüe de Antonio Casado da Rocha, Iralka, Irún, 1995.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acaba de ver la luz una nueva edición en castellano de la obra que el estadounidense Henry David Thoreau diese originalmente a la imprenta, en 1849, como Resistence to Civil Government y que, por  deseo de sus editores, acabaría después publicándose como Civil Disobedience (1866) para evitar así cualquier asociación con el recentísimo levantamiento de los Estados del sur contra la Unión. Aún en la actualidad, se diría que los ecos de las obras de Thoreau no dejan de resonar en el día a día de los Estados Unidos de América: ¿cómo no recordar la cabaña de la laguna de Walden ante la imagen de esa otra en Lincoln (Montana) -El País, 8/4/1996-, sin agua corriente ni electricidad, donde vivía el matemático Ted Kaczynski, alias Unabomber, y en la cual preparaba, al parecer, los explosivos que luego remitía a cuantas instituciones (Universidades, aeropuertos, &amp;amp;c.) representaban para él el avance de las ciencias -acaso por creer, como nuestro autor, que "las oportunidades de vivir disminuyen proporcionalmente al aumento de los llamados medios de vida"-?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¿Cómo le conviene comportarse a un hombre con este gobierno americano hoy?", se preguntaba Thoreau en su Resistence...: "Respondo que no puede asociarse con él sin deshonra" ¿No es un mismo dilema el suyo y el de los miembros de esas 441 milicias repartidas hoy por los EE.UU.(según El Mundo 19/4/1996), mundialmente conocidas a raíz del atentado, en abril del pasado año, contra el edificio del Gobierno federal en Oklahoma? Desde luego, no sería nada extraño que este opúsculo de Thoreau se leyese en los medios libertarios estadounidenses, aunque sería ciertamente injusto olvidarnos de sus restantes lectores, pues según algunos observadores (D.Walker Howe), éste es uno de los libros desde siempre más difundidos entre los estudiantes norteamericanos -ese fue el caso, por ejemplo, de M.Luther King-. Lo cual se corresponde, en efecto, con las ochenta y ocho ediciones impresas sólamente en los EE.UU. antes de 1977 (National Union Catalogue), por dar uno solo de los datos que encontramos en la Introducción de ésta que ahora comentamos. Ello, por supuesto, sin olvidar a sus incontables incondicionales a lo largo y ancho del mundo -v.gr., Gandhi-, España incluida, donde al menos se conocen ya cinco ediciones de Resistence to Civil Government.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio Casado da Rocha, becario del Departamento de Filosofía de los Valores en la UPV, nos ofrece ahora, por su parte,  una cuidada versión castellana según el original inglés de 1849, que va igualmente incluido en la obra, más su introducción, un extenso aparato crítico -que comprende las variantes de 1866-, un apéndice en el que se recogen interesantes comentarios de muy distintos autores, un índice de términos, cronología y bibliografía. Una magnífica edición crítica, en suma, con otro encabezamiente consagrado por el uso ya desde 1903, Sobre el deber de la desobediencia civil. Su actualidad, como vemos, no puede ser mayor: considerando, además, la importancia de lo que en ella se discute, a la vez que su inmensa difusión, es obligado para El Basilisco enfrentarla con su mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El contenido de las apenas veinticinco páginas de la obra es el siguiente: a causa de la guerra de su país con Méjico en 1846 y de la legalidad de la esclavitud, Thoreau entiende que al verdadero americano no le queda otra opción que desobedecer la ley si no quiere perder su condición de Hombre, si no quiere actuar contra su conciencia y degradarse en máquina. Así, forzaría al gobierno a elegir entre "mantener en prisión a todos los hombres justos o acabar con la guerra y la esclavitud". "La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que creo justo", declara Thoreau y, consecuentemente, exige un gobierno que deje las decisiones de justicia a las conciencias, al individuo, pues su convicción era que los gobiernos, particularmente el norteamericano, no son otra cosa que obstáculos para el desarrollo de los pueblos. En cualquier caso, dice, "no soy el responsable del buen funcionamiento de la maquinaria de la sociedad. No soy el hijo del ingeniero", y si el Estado no atiende sus demandas, le "retirara su apoyo" -objeción fiscal, &amp;amp;c.-, convencido de que la verdadera vida se vive más allá de su ley (¿Walden?). Su propia desobediencia, relatada en la obra, consistió en su negativa a pagar un impuesto de capitación durante seis años: pasó por ello arrestado una noche en la carcel y salió al día siguiente cuando una familiar, contra la voluntad de Thoreau, pagó la deuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, conviene advertir que en este opúsculo no se encontrará la menor explicación, ni siquiera por alusiones, de las ideas que lo articulan, las de individuo, conciencia, justicia, &amp;amp;c., ni análisis alguno acerca de la esclavitud o la guerra con Méjico -los motivos de su desobediencia-, ni, desde luego, ningún desarrollo de sus alternativas. El discurso, que no argumentación, de nuestro autor es un discurso vacío. Pero en ello radican, creemos, las auténticas razones de su inmensa difusión: cabrá reinterpretarlo infinitas veces, apelando a motivos análogos -genéricamente: guerras, opresión, &amp;amp;c.- para asignar luego los valores que cada cual asuma a las funciones justicia, Estado, conciencia, &amp;amp;c.. La clave de lectura (la forma de la función), nos la ofrece el eje que articula el discurso, su idea de sujeto, o individuo, interpretado desde su atributo conciencia, que nos indica a su vez, creemos, cuál es la escala a la que acontece -masivamente, por cierto- su recepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto a esta clave, y ateniéndonos a las coordenas empleadas para el análisis de la idea de conciencia expuestas por "Pedro Belarmino" en estas mismas páginas (El Basilisco, 2aépoca, 2 (1989):73-88), es obvio que la de Thoreau es una concepción absoluta de la conciencia, desligada del cuerpo, de su comunidad y, por supuesto, del Estado: las masas sirven al Estado con sus cuerpos, dice, y no con sus conciencias, se vuelven así "máquinas" y su dignidad es la de "un monton de estiercol"; a sus conciudadanos les niega mayoritariamente la condición humana (i.e., la conciencia): "¿Cuántos hombres hay en este país por cada mil millas cuadradas? Difícilmente uno."; &amp;amp;c.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en cuanto la recepción de este opúsculo, vaya por nuestra parte la siguiente propuesta para su análisis: nos parece que sería interesante estudiarla mediante la investigación de la constitución de la misma subjetividad de su autor, apelando para ello a una figura antropológica que alguna vez nos proponía Gustavo Bueno ("Psicoanalistas y epicúreos", El Basilisco, 1aépoca, 13 (1982): 12-39): el individuo flotante. Creemos, en efecto, que lo esencial en la construcción de Thoreau no son las ideas que pueda recoger de su amigo Emerson (la doctrina de la realidad como proyección de la "Super-Alma" o Dios, &amp;amp;c.), pues su discurso, aunque contenga filosofemas, no es, desde luego, filosófico -no es siquiera crítico, no considera o discute alternativa alguna: ¿no será, más bien, la doctrina de una hetería?-. Es cierto que su difusión sería inexplicable de no atender a los materiales que Thoreau recoge de las fuentes cristianas de la idea de conciencia y su relación con la desobediencia civil (y aquí cabría analizar su raíz puritana: el congregacionalismo, &amp;amp;c.), pero lo esencial aquí es que apela a ellas en un momento su sentido político es ya, en los EE.UU., muy otro que el que reciben de nuestro autor: el de un modelo de gobierno, la democracia de raíz puritana de los Estados del norte, enfrentado al que defendía la Confederación sudista. Un momento en el que los Estados Unidos alcanzan ya las proporciones imperiales que actualmente le conocemos (la guerra con Méjico, &amp;amp;c.), y cabe que los fines particulares de algunos de sus ciudadanos resulten "desconectados" de los planes o programas colectivos,  para moldearse ahora sus contenidos a la escala de la individualidad, una individualidad exenta, "flotante".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No será este el caso del Thoreau que declara: "No es asunto mío andar solicitando al gobernador o a la legislatura más de lo que ellos me solicitan a mí; si no escuchasen mi solicitud ¿qué haría yo entonces? Pero en este caso el Estado no ha provisto medio alguno: su propia Constitución es el mal"?. ¿Hasta qué punto no es ésta la situación de muchos de sus lectores? ¿Hasta qué punto no es la de muchos de los desobedientes o insumisos que actualmente conocemos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tales son, aunque expuestas apresuradamente, las impresiones que nos causa la lectura de este opúsculo de Thoreau, absolutamente incomprensibles sin una edición de la riqueza de esta de Antonio Casado da Rocha, a la que únicamente se podría objetar, atendiendo a la lectura que aquí sugerimos, que no ahonde más en la inscripción del autor en su época. En cualquier caso, de la valía del carácter filosófico de Antonio Casado cabe esperar una magnífica Tesis doctoral sobre Thoreau y la cuestión de la desobediencia civil que venga a renovar su discusión académica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{¿1996?}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El Basilisco &lt;/span&gt;20 (1996)}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="" lang="EN-GB"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;DESOBEDIENCIA CIVIL E INDIVIDUOS FLOTANTES: O DE LAS DIFICULTADES DEL INSUMISO CON LOS PIES SOBRE LA TIERRA&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;Antonio Casado da Rocha&lt;br /&gt;20 de junio de 1996&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;EN 1989, las páginas de la revista El Basilisco acogían un minucioso y documentado artículo de Pedro Belarmino sobre una controvertida cuestión de ética y moral: la “objeción de conciencia”. En él, el autor concluía que tal fórmula es, como concepto y como figura legal, contradictoria. Y que, en la práctica, se resuelve en (1) un “mero trámite de declaración de exceptuación de la norma” (es el caso del prestacionista), (2) en la “rebelión o desobediencia civil” (es el caso del objetor fiscal, un contribuyente que se niega a ingresar en el Tesoro la cantidad que le corresponde según el Impuesto), o (3) en “en una impugnación de una norma constitucional que, de no cursarse por la vía de reforma de la Constitución, se convertirá en una impugnación, por vía de hecho, antidemocrática, si razonamos en el supuesto de que la mayoría de los ciudadanos aceptan la norma” (es el caso, siempre según este autor, de los insumisos agrupados en el MOC).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    En consecuencia —y aquí el estado de guerra es invocado como situación límite aunque del todo pertinente—, esta contradictoria objeción de conciencia no debiera ser, no ya regulada, sino ni siquiera tolerada por el Estado. Pedro Belarmino sugiere la justicia de fusilar a los sedicentes objetores de conciencia, o al menos de privarles de derechos civiles tales como el acceso a la función pública, etc. Al fin y al cabo, se nos dice, tales objetores no deberían aceptar ninguna clase de complicidad con un Estado que definen como militarista ni con una Constitución que consideran manchada de sangre. De modo que lo que Pedro Belarmino parece exigir es únicamente coherencia para que, si se admite esa contradicción de la “objeción de conciencia”, se la lleve hasta las últimas consecuencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    El tiempo le ha dado, si no la razón, al menos cumplida prueba de su capacidad profética.  Al día de hoy los insumisos son inhabilitados (e.e., privados de ciertos derechos civiles) merced al nuevo código penal; y el servicio militar obligatorio tiene los años contados (siempre que el Presupuesto, nuestro nuevo “Dios mortal”, nos lo permita). Sin embargo, y en el ínterin, la controversia dista mucho de estar resuelta. Al menos en lo que a mí respecta, la ha venido a renovar una amable reseña que David Teira dedica a mi edición del clásico de Henry David Thoreau sobre la desobediencia civil. Siempre es de agradecer que la gente se tome su tiempo para leer las cosas que uno, mal que bien, va pergeñando. Mas, de entre las que he recibido hasta la fecha, es ésta la primera reseña que merece el adjetivo de crítica, y por ello me es doblemente valiosa. Así que trataré de estar a la altura intentando a mi vez una réplica medianamente crítica, poniendo de relieve, en pro de la discusión, más puntos de desacuerdo que de acuerdo (que también los hay).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Para empezar, y continuando con el artículo de Pedro Belarmino, ya en el inicio de su lectura se nos advierte que en el planteamiento del problema se procederá analizando por separado sus partes, para considerar a continuación su mutuo engarce haciendo abstracción de cualquier “sentido global originario” que la fórmula pudiera tener. Admitiendo que esta estrategia analítica se revela harto fértil en su desarrollo, no puedo dejar de apuntar aquí que el todo de la fórmula “objeción de conciencia” tiene, como mínimo, una unidad de sentido que es, en este siglo, históricamente anterior al uso que de sus partes se hace hoy. Me refiero a la que para algunos constituye la primera vez que se utilizó la expresión conscientious objection, hacia 1906, en la actual Sudáfrica durante las campañas de “desobediencia civil” de Gandhi (que conocía esta fórmula gracias a su lectura de Thoreau) en contra de la legislación racista. Como señala Rafael Sainz de Rozas, “resulta revelador constatar que [el equivalente a nuestra “objeción de conciencia”] no fue acuñado por los desobedientes sudafricanos que exigían sus derechos civiles, sino por el militar inglés encargado de su represión.”  De modo que, ciñéndonos a este siglo, primero está la desobediencia civil y sólo después —intentando asimilar este “cuestionamiento de una situación injusta de militarización mediante la movilización coordinada y pública de los que estaban destinados a sostenerla mediante su colaboración” (ibid.)— surge la fórmula “objeción de conciencia”. Este dato ya invitaría a examinar la primera “desobediencia civil” de Thoreau; por otro lado, los propios miembros del MOC (Sainz de Rozas es de los más destacados) han reaccionado al intento de “integración de la disidencia” que supone la legislación española sobre objeción de conciencia acuñando a su vez el término insumisión y definiéndolo repetidamente en claves de desobediencia civil muy alejadas de la definición de objetor que se desprende de la legislación vigente —“persona que, por razones de conciencia, se muestra contrario [sic] a la prestación del servicio militar”— y que es la que Pedro Belarmino critica de manera, por lo demás, impecable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    (Valga esto como preámbulo, y pasemos a desarrollar brevemente algunos comentarios.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1.    La reseña comienza con el inestimable acierto de relacionar el contenido del libro con sucesos recientes de indudable importancia. El caso del Unabomber es —en estos tiempos y lugares en los que los paquetes bomba son cosa próxima— muy digno de ser tenido en cuenta. El detalle de la cabaña de Ted Kaczynski no es gratuito, ya que se corresponde con total exactitud a los bocetos que nos han quedado de la de Thoreau en Walden. De modo que es muy probable que exista una relación directa; por lo que me cuentan, en los EE.UU. pueden adquirirse por correo hasta reproducciones “listas para montar” de esa cabaña, y es que Thoreau se ha convertido en un “caso” célebre y su chabola ha pasado a formar parte del imaginario norteamericano. Y, como también se ha dicho, numerosos escolares de enseñanza secundaria leen el panfleto “sobre el deber de la desobediencia civil” que nos ocupa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Acierta también la reseña al destacar el carácter vacuo del discurso de Thoreau, y su consiguiente universalidad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El propio gobierno, que es sólo el medio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de abuso y corrupción antes de que el pueblo pueda servirse de él. Vean si no la presente guerra de X, obra de relativamente unos pocos individuos que usan el actual gobierno como instrumento a su servicio; pues, de entrada, el pueblo no habría consentido esta medida. (p. 1)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Basta sustituir la variable X (que en el texto de 1849 contenía el valor “Méjico”) por los valores “Vietnam”, “Bosnia”, o incluso “Itoiz”, para advertir la inmediata aplicabilidad de este discurso, su enorme capacidad mimética.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.    Admito que el término conciencia, tal como es empleado por Thoreau, remite a un “concepto espiritualista y mentalista de estirpe claramente teológico cristiana, y más concretamente protestante”,  conciencia subjetiva  que se erige, tal como dice G. B., en un “Tribunal Supremo que reclama ante todo el respeto incondicionado de todos los demás” (ibid.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Mas no sé yo si la concepción de la conciencia de Thoreau merece el calificativo de absoluta, más que nada porque Gustavo Bueno señala como paradigmas históricos de esa concepción el Dios aristotélico o la conciencia trascendental de Kant. Y esas son palabras mayores... Más bien, creo que la argumentación de Thoreau en torno a la conciencia merece los calificativos de teleológica  y circular, pues apela a una supuesta finalidad inscrita en lo específicamente humano: “¿Para qué tiene cada hombre su conciencia?” (p. 3), se pregunta. Y la respuesta dada es: como para algo la tendrá, será para algo que le constituya como humano (ya que no se conoce conciencia moral entre los animales), con lo que Thoreau concluye que “debiéramos ser primero hombres [con conciencia] y después súbditos [sin ella]” (ibid.). La conciencia queda instalada como ultima ratio moral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Parafraseando a Pedro Belarmino (1982:77-8), podría decirse que la conciencia moral de Thoreau habría despertado —si analizamos en estos términos el relato de su estancia en prisión— en el momento en el que los principios (ortogramas) que regulaban su acción (conducta) en Walden (su palacio ) se encontraron, al intentar salir de él, no ya con el dolor y con la muerte, sino con la esclavitud y la alienación de los esclavos negros y de sus propios vecinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3.    Ya que de discursos se trata, espero que se me perdone que me ponga algo filológico. El discurso de Resistance es susceptible de ser utilizado por las heterías, no cabe duda. Que el propio Thoreau fuera adepto a una de ellas, o que el MOC lo sea, es más discutible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Creo que lo que ocurre con el individuo Thoreau (como paradigma) no es que se halle flotando a fuerza de perder conexión con los programas colectivos, sino que tiene que elegir entre un programa genérico que le dice que todos los hombres son libres e iguales y un plan universal que provoca esclavitud e injusticias. El problema de la desobediencia se traduce en un conflicto entre obediencias mutuamente excluyentes, entre fidelidades contrapuestas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Me explico. La declaración de independencia es el perfecto “programa genérico”, así como la famosa doctrina del “destino manifiesto” es buen ejemplo de “plan universal” siguiendo la terminología de G. B. Como sabéis, el 4 de julio de 1776 (Independence Day, fiesta nacional), es adoptada la Declaración de Independencia (redactada en su mayor parte por Thomas Jefferson) que, en su segundo párrafo —su fragmento más célebre— reza así: “We hold these Truths to be self-evident, that all Men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty, and the Pursuit of Happiness — That to secure these Rights, Governments are instituted among Men, deriving their just Powers from the Consent of the Governed, that whenever any Form of Government becomes destructive of these Ends, it is the Right of the People to alter or abolish it, and to institute new Government, laying its Foundation on such Principles, and organizing its Powers in such Form, as to them shall seem most likely to effect their Safety and Happiness.  Prudence, indeed, will dictate that Governments long established should not be changed for light and transient Causes; and accordingly all Experience hath shewn, that Mankind are more disposed to suffer, while Evils are sufferable, than to right themselves by abolishing the Forms to which they are accustomed. But when a long Train of Abuses and Usurpations, pursuing invariably the same Object, evinces a Design to reduce them under absolute Despotism, it is their Right, it is their Duty, to throw off such Government, and to provide new Guards for their future Security”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Asumiendo parte del utillaje conceptual de Bueno, podría aventurarse como hipótesis que el caso Thoreau se resuelve en el desarraigo provocado por el conflicto entre la fidelidad al relato fundacional de los EE.UU. y la obediencia a la política vigente en 1848: destino manifiesto, guerra con Méjico, etc. (En realidad, esto no hace si no daros la razón.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4.    Que los anteriores fines sean metafísicos, o que se basen en una concepción del individuo irreal (porque el individuo aislado será algo imposible, porque el principio de todo planteamiento político no será el “yo”, sino el “nosotros”) no eliminan el hecho de que existe un país, los EE.UU. de América, cuyo relato fundacional descansa en esas ficciones. Y un país, por cierto, que ostenta una envidiable eutaxia (o supervivencia de la propia unidad política, medida a través de su duración temporal). Eutaxia que, según tengo entendido, es el único criterio objetivo que reconoce el Materialismo Filosófico para medir la fuerza de un modelo político.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;Relato fundacional que viene a ser el de un “nosotros” (We hold...) que deciden instituir un gobierno con el fin de asegurar esos derechos a todos los “yoes” (varones, eso sí: all Men). Efectivamente, en la declaración de Independencia es el “nosotros” el principio de todo planteamiento político (y aquí estoy de acuerdo con Bueno), pero lo peculiar de ese “nosotros” es que instituye un programa colectivo en el que convierten a los “yoes” en los sujetos políticos. Y en el que, precisamente, se trata de hacer abstracción de los enclasamientos de esos “yoes”:&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;“Individuo flotante”, ese pleonasmo. El individuo, tal como sociológicamente se concibe en nuestra sociedad, es flotante por definición. La gente se considera “individuo” en la medida en que puede sustraer energías y fidelidad a los fines, planes y programas colectivos. Que eso sea moralmente bueno o no, es otro cantar. Pero ¿quién se atreve a decir hoy que sus fines se hallan perfectamente integrados en los planes o programas colectivos? Sólo algunos exaltados, probablemente mucho más peligrosos que cualquier individuo que, mal que bien, vaya flotando por ahí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-7579076511668835290?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/7579076511668835290/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2010/01/thoreau-sobre-el-deber-de-la.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7579076511668835290'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7579076511668835290'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2010/01/thoreau-sobre-el-deber-de-la.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/S1eIHNBxzBI/AAAAAAAAAG4/j-sQSCatWYI/s72-c/thoreau.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6025730501285842068</id><published>2009-05-10T22:13:00.003+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.692+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2009'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/Sgc4kzKePOI/AAAAAAAAAGQ/nJBbli-ybOY/s1600-h/delusion.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 58px; height: 93px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/Sgc4kzKePOI/AAAAAAAAAGQ/nJBbli-ybOY/s320/delusion.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5334294488504220898" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;T. Bayne and J. Fernández, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Delusion and Self-Deception. Affective and Motivational Influences on Belief Formation&lt;/span&gt;, New York-Hove, Psychology Press, 2009.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;In 2004, Macquarie Centre for Cognitive Science and the philosophy department at Macquarie University (Sydney) organized a conference on “Delusion, Self-Deception and Affective Influences on Belief Formation”, in which many of the papers of this volume were first presented. As the editors warn in their introduction, their aim was to foster empirical and conceptual connections between current research on delusion and self-deception. For this, they brought together a group of scholars in various disciplines, most of them with a remarkable competence for interdisciplinary discussion. The connecting thread in their analyses features in the title of the book: the role played by affects and emotions in the formation of delusional or self-deceptive beliefs. However, the unity of this compilation lies mostly in the extraordinary editorial work of Tim Bayne and Jordi Fernández, who have not only provided thorough author and subject indexes, but also encouraged cross-references between papers and wrote an introduction intended as a map for the terrain explored thereafter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In my view, this volume hinges on five papers on two delusions: the Capgras delusion (the belief that a familiar person has been replaced by an impostor) and anosognosia for hemiplegia (the delusional belief of being able to move your paralysed limbs). These five papers present the standard theories of delusion, with special emphasis on the role of emotions in the explanation of the two cases in point, but with very few mentions of its connections to self-deception. Three additional papers bridge this gap, exploring possible connection between the explanation of these delusions and Mele’s theory of self-deception. Three more papers discuss the role of emotion in belief formation with no explicit link with any of the theories above. Following this division, I will provide a quick overview giving just a glimpse of the topics discussed. The reader is warned that the book is incredibly rich in ideas and evidence on every topic discussed and I am afraid many will be missing here.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The most successful empirical approach (so far) to explain the Capgras delusion focuses on the cognitive mechanisms of face recognition drawing on research on prosopagnosia. The Capgras delusion would arise when the subject is somehow able to recognize a familiar face but without experiencing the usual emotional response to it (as measured by skin conductance response). The damaged mechanisms in the brain explaining this diverging response are still under discussion, as Philip Gerrans informs us in ch. 7. There are different approaches to modelling the belief distortion in this delusion, namely two: endorsement models and explanationist models. In the former, the patient believes in the content of her experience, where the delusion lies. In the latter, the delusion is an attempt to explain an usual experience (e.g., the lack of emotional response). Gerrans develops an endorsement account focused on a purely cognitive misidentification (failure to acknowledge the numerical identity between the familiar face and the person the patient knows). Elisabeth Pacherie (ch. 6) considers alternative accounts of the Capgras delusion, pondering to what extent they support the endorsement approach. She is inclined to think that the delusion arises from the inability to process dynamic information about the emotions expressed by familiar faces. Pacherie furthers this approach with an argument for the modularity of the feelings of familiarity. If the delusion lies in the perceived experience, it is important to demarcate it from belief and Fodor claims that modularity is one such demarcation criterion. An additional argument against the explanationists provided by Pacherie is that, even if the subject forms a delusional belief, she applies correctly the usual checking procedures (further observation, background knowledge, testimony) but they fail to yield disconfirming evidence.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A second division in the approaches to delusion can be made between one and two-factor approaches. The former invoke a perceptual and/or affective deficit that generates the belief and the latter add a second deficit to explain why such belief is not rejected. Brian McLaughlin (ch. 8) takes issue with the standard one-deficit account of Brian Maher, according to whom delusional beliefs “function to explain anomalous experiences resulting from neuropsychological anomalies” and this would be a rational response. In the Capgras delusion, argues McLaughlin, this would not be the case by any standard of epistemic justification, since the delusional belief coheres badly with our background knowledge. McLaughlin proposes a model for the Capgras delusion in which two types of beliefs would be acquired by separate routes: a linchpin belief (about the unfamiliarity of the face) and a thematic belief (about the impersonation). It is epistemically irrational on the part of the patient not to reject this second belief, arrived at by paranoid-driven reasoning. McLauglin develops the concept of existential feelings, among which familiarity would feature. Given the characteristics of these feelings, McLaughlin is skeptical about our natural ability to override them. So much for the Capgras delusion&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anne Aimola Davies and co-authors (ch. 10) analyse anosognosia for hemiplegia in the two-factor framework for delusions presenting a broad review of the available empirical evidence (including their own data) about the role played by motivational and cognitive factors. The first factor would be here “an impairment that prevents the patient’s paralysis or weakness from making itself known to the patient through immediate experience of motor failure”. The second factor, in turn, would be “an impairment that prevents the patient from making appropriate use of other available evidence of his or her motor impairments”. The authors present their own conjectures about the functional nature (“an impairment of working memory or executive process”) and neural basis (“the right frontal region of the brain”) of this second factor. Frédérique de Vignemont (ch. 12) systematically compares hysterical paralysis and anosognosia, the former apparently being the mirror image of the latter: patients feel paralyzed although they are physically able to move. De Vignemont points out that hysterical paralysis is grounded in delusional beliefs about the extent and source of their inability to move. It is a local paralysis and does not arise from organic damage. However, the experience of being paralysed generates the delusion as a normal response. Their anxiety at the paralysis keeps them frozen: this explains their inability to reject the original delusion without the intervention of a second factor. They are indeed paralysed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;So much for the study of delusions. As for its connection with self-deception, Alfred Mele (ch. 3) presents a brief summary of his own deflationary theory of this latter and an analysis of a few delusions in this perspective. Since Mele’s account of self-deception hinges on the influence of motivational factors in lay hypothesis testing and such factors do not necessarily feature in the explanation of, e.g., the Capgras delusion, he concludes (tentatively) that deluded subjects may not be deceiving themselves. Martin Davies (ch. 4) makes the more significant effort in the volume to bring together the analysis of deception and self-delusion. After a brief review of the standard one- and two-factor accounts of this latter and a summary of Mele’s theory on the former, Davies discusses how motivational biases can feature in either factor or in the route from experience to belief. When they affect the second factor, Davies concludes that we have the clearest cases of an overlap of delusion with Mele’s self-deception. Neil Levy (ch. 11) argues, against Mele, that there is one real case of self-deception in which the subject believes a proposition and its negation. This would be anosognosia for hemiplegia, where subjects –in a certain sense that Levy specifies– simultaneously believe that their limb is healthy and significantly impaired&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The remaining three chapters are somehow at odds with the theoretical approaches presented so far. In chapter 1, Peter Ditto provides a brief overview of  fifty years of psychological research on motivated cognition, which serves as an introduction to his own contribution, the quantity of processing view. According to this view, we would we react more sceptically and invest more time and resources in the cognitive processing of those pieces of information inconsistent with our preferences. As the editors notice in their introduction, this view does not seem to encompass delusions, where it often happens that the subject cannot reject a delusional belief despite its negative affects. Drawing on recent research in cognitive neuroscience (namely, appraisal theory and the somatic marker hypothesis), Michael Spezio and Ralph Adolphs (ch. 5) substantiate the claim that emotions mediate in the processing of information in the brain. As an illustration, they briefly show how emotional processing underlies our moral judgments. The editors observe here that it is an open question whether this account may apply to belief formation in general. In the final chapter of the book, Andy Egan proceeds to a philosophical discussion of the status of delusions and self-deception as mental states. Invoking a functional role conception of mental states, Egan argues that delusions are intermediate states between belief and imagination whereas self-deception is an intermediate state between belief and desire. As the editors point out, this is at variance with the assumption that now orientates empirical research on both phenomena: they are just beliefs.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despite the effort of the editors, this volume is often difficult to read. The different theories and empirical findings about the two delusions analysed are presented time and again throughout the eight core papers. However, were it not for Davies’ paper, I guess I would be lost as to the connection between the two phenomena. Or more precisely between the standard theories of delusion and Mele’s theory of self-deception: no alternative approach is discussed in the book. This volume features in a series that “provides readers with a summary of the current state-of-the-art in a field”. The disunity in the two fields of study covered in this volume is adequately captured in the papers compiled.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{April 2009}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=4912&amp;amp;cn=394"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6025730501285842068?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6025730501285842068/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/05/t.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6025730501285842068'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6025730501285842068'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/05/t.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/Sgc4kzKePOI/AAAAAAAAAGQ/nJBbli-ybOY/s72-c/delusion.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-1983883580395284110</id><published>2009-04-26T15:59:00.004+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.754+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1999'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SfRqAp4u83I/AAAAAAAAAGA/eg992Qxj034/s1600-h/mirada.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 93px; height: 138px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SfRqAp4u83I/AAAAAAAAAGA/eg992Qxj034/s320/mirada.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5329000818562495346" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="text-decoration: underline;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Luis Enrique Alonso, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;La mirada cualitativa en sociología&lt;/span&gt;, Fundamentos, Madrid, 1998, 268 pp.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún no son muchas las aportaciones españolas a las técnicas de investigación sociológicas, y no es de extrañar, por tanto, que en nuestro país todavía sea raro, aunque no inexistente, el debate sobre tales métodos. Cabe decir, entonces, que La mirada cualitativa en sociología es un libro excepcional, pues su objeto no es otro que la discusión de las técnicas desarrolladas por la escuela madrileña de los Jesús Ibáñez, Ángel de Lucas, Alfonso Ortí, etc., a la que el propio Alonso es afín. Ahora bien, como el propio autor nos advierte, no es este un libro de metodología, i.e., no contiene una reexposición de las técnicas analizadas, ni tampoco una casuística acerca de sus usos más convenientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis Enrique Alonso es, sin duda, un sociólogo en ejercicio, pero en este ensayo quiere situarse más allá de la práctica sociológica, en “el ámbito de la mirada”, sinónimo -se nos dice- de aproximación o enfoque, tal y como éstos se interpretan en las distintas ciencias sociales. Sin embargo, al examinar el contenido de La mirada..., recordaremos que también mirar está en la raíz griega de theorein,  y se diría, en efecto, que lo que aquí se nos ofrece es un ensayo sobre la teoría que corresponde a las técnicas cualitativas, radicalmente distinta, en muchos aspectos, a la elaborada por el propio Ibáñez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres de seis capítulos que componen La mirada... se dedican, así, a la interpretación de algunos emblemas de la sociología cualitativa madrileña: el grupo de discusión (cap.3), la entrevista (cap.2) y los estudios sobre el consumo (cap.5). La teoría aplicada en éstos se desarrolla en los tres capítulos restantes, los más ambiciosos y originales de la obra, sin olvidar una introducción y un epílogo no menos interesantes. Para Luis Enrique Alonso, el objeto de la sociología cualitativa sería el análisis del discurso, puesto que a través de la acción comunicativa se obraría la construcción social de la realidad. Ante la diversidad de acepciones de discurso, Alonso nos propone una concepción hermenéutica (con Ricoeur y otros muchos autores) mediante la cual cupiese reformular, por una parte, la dicotomía cuantitativo/cualitativo (cap.1), distinguiendo así los distintos dominios de la sociología, y dotar de una interpretación social a la propia acción comunicativa, por otra, evitando a un tiempo el relativismo pansemiologista y el determinismo estructuralista (cap.4).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, nuestro autor pretende interpretar las técnicas cualitativas como núcleo de una pragmática en la que se articulen constricciones sociales y lingüísticas, de modo que ni aquéllas se resuelvan en las ilimitadas opciones exegéticas que nos ofrece el Texto, ni éstas se agoten en una expresión más del Poder. Alonso nos propone operar a una escala intermedia, la del sujeto, a partir de la reconstrucción siempre contextual de su práctica discursiva, pues en ella se manifestaría tanto el sentido intrínseco de su acción (conjugando aquí su acepción intencional (finalidad) y semántica (representación)), como sus determinaciones extrínsecas, propiamente sociales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ¿cómo dar cuenta de esta articulación? Quizá sea éste el nudo argumental de la obra, al menos para el lector, pues, por una parte, la apelación de L.E.Alonso a las condiciones materiales que explicarían en cada caso el desarrollo de la acción comunicativa no puede ser más explícita (cap.6). Pero también lo es su aspiración de edificar una macropragmática “referida a los espacios y conflictos sociales que producen y son producidos por los discursos”, y no a cada acto comunicativo en particular. Buena parte de la obra se desarrolla a esta escala macroscópica, considerando las abundantes alternativas teóricas que se nos ofrecen hoy para construir tal suma sociológica. De ello dan cuenta sus más de veinte páginas de bibliografía, y no podemos dejar de anotar, por cierto, uno de los mayores defectos de la edición: la ausencia de índices de autores y temas, que a menudo dificulta la consulta de una obra tan enjundiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La solución ensayada por Alonso es dúplice: en principio, adopta una posición constructivista en lo que se refiere a los mecanismos cognitivos de formación de conceptos (cap.1), intentando recorrer a través de la hermenéutica la vía abierta por Durkheim (i.e., la organización social del cosmos, y su expresión simbólica: metáforas, etc.). No obstante, superada ya la genealogía, aparece la dificultad de explicar la acción comunicativa, una vez constituido y en marcha el campo discursivo. No es una dificultad menor si consideramos que las técnicas cualitativas como el grupo de discusión se refieren antes al análisis de la estructura de los discursos que a su génesis, y se diría, por ello, que acaso sea éste el motivo central de la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aparentemente, Alonso intenta superar este paso, soldando los modelos comunicativos centrados en la negociación (pongamos Bourdieu) con aquellos otros basados en el consenso (sea Habermas): aquélla cargaría con el peso de las constricciones sociales en las que se inscribe la acción, y éste con la capacidad para superarlas; i.e., una vía media entre pansemiologistas y estructuralistas, y aún entre las mismas posiciones de los citados Bourdieu y Habermas. Mas ¿es posible este equilibrio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es aquí donde aparece el tópico cualitativo de la reflexividad, o bien, la presentación de la sociología como “epistemología de lo cotidiano”. Pues por más que se apele a las condiciones materiales en las que se inscribe, en cada caso, la acción, lo cierto es que el canon hermenéutico no sería solamente una guía para su análisis sociológico: proveería también un ideal comunicativo, valores éticos que orientarían el desarrollo de la acción, y que al sociólogo le cabría promover con su intervención, más allá de las constricciones partidistas que su análisis descubriese (cf. el prólogo y especialmente el epílogo a este respecto). Así, el sociólogo no sólo afirmaría la libertad del sujeto para decir el curso de sus actos, sino que contribuiría él mismo a ejercitarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La inversión operada por Alonso en lo que a la concepción de la sociología cualitativa se refiere es muy notable, si volvemos a la comparación con Ibáñez: si en éste aparecía como una “física social de segundo orden”, con un sesgo manifiestamente estructuralista y postmoderno, Alonso opta, en cambio, por la hermenéutica y la modernidad: Habermas se impone a Deleuze. Lo que para muchos ganará en inteligibilidad el discurso, para otros lo perderá quizá en radicalidad política. A los sociólogos comprometidos en su desarrollo les corresponde, sin duda,  decidirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero puede que no sean muchos los que se sientan aludidos por los argumentos de Alonso, que acaso perciban como excesivamente filosóficos. Recordarán quizá aquella anécdota transmitida por Diógenes Laercio (Vidas..., VIII.8), según la cual la vida se parecería a unos juegos: unos acuden para competir; otros por el comercio,  pero los mejores, asistirán como espectadores (theoroi), y éstos serían los filósofos. En España, se puede ya competir académicamente con las técnicas cualitativas y, por supuesto, se puede obtener de ellas un notable rendimiento comercial, pero ¿a quién interesará la mirada de un espectador?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contra tales dudas, buena parte de los argumentos que se ofrecen en La mirada... clamarán por una interpretación sociológica de algunas tesis característicamente filosóficas, aunque sirven más, creemos, para ilustrar las dificultades de la empresa, que para llevarla a buen puerto. Pues una vez rendidas las armas sociológicas a la hermenéutica, ¿cómo explicar que “el discurso no se explica por el discurso mismo” (pág.78)? Después de asumir la crítica sociológica al idealismo lingüístico, ¿por qué detenerse ante la comunidad ideal de habla (pág.232)?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, los dilemas enfrentados en La mirada... son muy antiguos, y quién sabe si irresolubles: algunos presocráticos, como Demócrito, defendieron que el ojo era una superficie reflectante en la que se proyectaban pasivamente las imágenes de los cuerpos; a éstos se oponían otros  que, como los pitagóricos y también algunas veces el propio Alonso (e.g., pág.17), afirmaron que el ojo, agua y fuego, veía por sí mismo emitiendo rayos que alumbraban los objetos. Otras veces (e.g., pág.242), Alonso nos recordará más a Empédocles, quien sostuvo, al parecer, la actividad de ambos elementos, ojo y objeto, en el  acto de la visión. ¿Habrá quizá una cuarta alternativa? ¿Será el constructivismo sociológico capaz de proporcionárnosla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Septiembre 1999}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Revista Española de Investigaciones Sociológicas&lt;/span&gt; 91 (2000), pp.196-199}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-1983883580395284110?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/1983883580395284110/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-enrique-alonso-la-mirada.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1983883580395284110'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1983883580395284110'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-enrique-alonso-la-mirada.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SfRqAp4u83I/AAAAAAAAAGA/eg992Qxj034/s72-c/mirada.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6015764074327192890</id><published>2009-04-16T12:09:00.003+02:00</published><updated>2009-08-14T20:53:35.144+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='estadística'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En français'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SecEzbBARZI/AAAAAAAAAF4/epBDCFpdhU4/s1600-h/risque.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 120px; height: 198px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SecEzbBARZI/AAAAAAAAAF4/epBDCFpdhU4/s320/risque.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5325230365860709778" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Pierre-Charles Pradier, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;La notion de risque en économie&lt;/span&gt;, Paris, La Découverte, 2006&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Encore un ouvrage sur l'économie du risque ! Celui-ci choisit une optique assez originale, entre histoire économique et histoire des théories économiques. Si l'histoire des faits et de leurs représentations sociales constitue une tradition française, déjà illustrée dans le domaine du risque par François Ewald, héritier de Foucault et de l'école des Annales, on est moins habitué à voir un économiste s'essayer au même exercice. Doyen d'Économie de la Sorbonne, Pierre-Charles Pradier déploie toute son érudition pour brosser une fresque où le paysage des contrées du Nord, hébergeant les fondateurs du calcul des probabilités, succède à l'Italie des marchands médiévaux.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Précisément, le récit articule trois temps forts : l'apparition du mot, du concept et des pratiques du risque au Moyen-Âge ; le développement des mathématiques du hasard, de la gestion assurantielle et de la statistique mathématique à l'époque des Lumières ; enfin, l'essor récent de la théorie économique et financière - que ce soit du point de vue décisionnel a priori ou du point de vue macroéconomique a posteriori (avec l'énigme de la prime de risque et l'inflation des actifs patrimoniaux en conclusion). Ces temps forts permettent d'illustrer une thèse assez audacieuse : contre ceux qui pensent - comme on le croit souvent - que l'économie a emprunté les mathématiques du hasard aux sciences de la nature, Pradier montre au contraire que « le calcul des probabilités se développe comme solution à des questions sociales et politiques », solution apportée par des mathématiciens intéressés à la vie de la Cité. Hervé Le Bras avait déjà éclairé la vie de William Petty d'une telle lumière dans Naissance de la mortalité ; voici quelques exemples nouveaux qui font système.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;À côté de cette thèse centrale, l'auteur propose des points de vue originaux sur des thèmes que l'on croyait convenus : ainsi, le parallèle entre, d'une part, le développement des mathématiques de la décision depuis l'après-guerre et, d'autre part, les recherches de la fin du dix-huitième siècle. Cette comparaison s'appuie sur les travaux d'historiens des mathématiques menés ces quinze dernières années et conduit à penser différemment l'articulation entre économie et mathématiques, leur histoire commune et leur épistémologie. De même, l'étude critique de la distinction entre risque et incertitude chez Knight, et surtout Keynes, met en perspective l'évolution de la théorie économique au cours du dernier siècle et les limites de son domaine d'application. Cette perspective d'histoire longue - la prise en compte de nombreux aspects et champs théoriques (finance, assurance, macroéconomie) - conduit évidemment à des raccourcis ; mais la thèse est remarquable et la bibliographie abondante. Signalons enfin, pour ceux que les « hiéroglyphes effarouchants » intimident, que des encadrés contiennent les signes les plus virulents : la lecture de l'argument est donc fluide. Étonnamment même pour un livre d'économie qui devrait donc convenir à ceux qui abordent l'économie du risque comme à ceux qui la connaissent déjà et cherchent un regard nouveau.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Septembre 2006}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;a href="http://www.ffsa.fr/webffsa/risques.nsf/html/listeetsommairesdetails?opendocument&amp;amp;arg=67"&gt;Risques&lt;/a&gt; &lt;/span&gt;67 (2006)}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6015764074327192890?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6015764074327192890/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/pierre-charles-pradier-la-notion-de.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6015764074327192890'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6015764074327192890'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/pierre-charles-pradier-la-notion-de.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SecEzbBARZI/AAAAAAAAAF4/epBDCFpdhU4/s72-c/risque.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-375676129335421613</id><published>2009-04-15T11:52:00.002+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.693+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2009'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='medicina'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWuu_gpCdI/AAAAAAAAAFc/mnMnx2T2Nu8/s1600-h/medicalresearch.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 107px; height: 160px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWuu_gpCdI/AAAAAAAAAFc/mnMnx2T2Nu8/s320/medicalresearch.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324854256781035986" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Jill Fisher, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Medical Research for Hire. The Political Economy of Pharmaceutical Clinical Trials&lt;/span&gt;, Rutgers University Press, 2009&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;In Medical Research for Hire: The Political Economy of Pharmaceutical Clinical Trials, Jill Fisher presents the results of 12 months of fieldwork conducted around 2003 in two major cities in the southwestern United States. During this period, the author analyzed "more than twenty" for-profit research organizations performing clinical trials for the pharmaceutical industry.  The main output is an ethnography of the identities adopted by the different participants in those trials. On this basis, Fisher denounces how unfair to patients this system is.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A clinical trial is a medical experiment in which a new drug is compared to the standard treatment or a placebo administering them to two groups of patients in order to test its efficacy. The American Food and Drug Administration (as most other regulatory agencies around the world since the 1960s) requires statistical evidence derived from clinical trials in order to authorize the commercialization of new drugs. Whereas until the 1990s a majority of these experiments were conducted in public medical centers, nowadays the pharmaceutical industry is contracting most of them with a variety of private companies. In exchange for many billions of dollars, these companies promptly deliver trial results that generate early profitable patents for their sponsors. The protocol of the experiment is pre-arranged by the pharmaceutical company, so the contractor can only play with the efficiency of the implementation, particularly in the recruitment and involvement of patients.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fisher analyzes through interviews and direct observation the different roles involved in the management of these private trials. According to Fisher, driven by purely financial incentives, the physicians in these organizations adopt both of these two distinct roles (chapter 3): entrepreneurial agents (they run their companies) and pharmaceutical emissaries (they implement their sponsors' experimental design). Fisher shows that these two roles set very strict limits on their therapeutic obligations with their patients. Chapter 4 is devoted to research coordinators, whose assignment in the trial is namely to deal with patients (recruiting, screening, obtaining consent) and manage part of the trial bureaucracy. Their professional identity is defined mostly in terms of their obligation to care for the patients (many of them are former nurses and a majority are women). Again, their corporate responsibilities often constrain their care duties. In chapter 5, Fisher analyses the monitors appointed by the pharmaceutical sponsors to audit the trial and prevent frauds.  This is a feminized profession too, with a very demanding administrative task and a multifaceted symbolic role, often contradictory: "protector of the public health, coordinator's 'best friend,' and scapegoat for the problems of outsourcing".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In chapter 6 Fisher profiles the types of patients most likely to be involved in private trials.  In research conducted on healthy subjects to test the safety of a new drug, most of the volunteers are men from a minority (very often Hispanic), seeking a financial reward. In efficacy trials on patients, there is an increasing participation of white middle class women, who are sought by the companies because they are available and compliant with the protocol. According to Fisher, most of them are "neoliberal subjects motivated by their social and economic positions to benefit the best they can from the system of drug development" (p. 178). In the two following chapters Fisher tries to show that the informed consent that such patients sign is often conditioned by the weakness of their positions in American society (poor, uninsured, uneducated). Moreover the therapeutic benefit they derive from their participation in the trial is often minimal. This hinders their compliance with the trial protocol and puts the "managers in a difficult ethical position to persuade them to comply.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Medical research for hire combines indeed ethnography and ethics. The former prevails: the book is rich in quotations from the many interviews conducted by the author and we get to know how the participants in the private clinical trials studied perceive themselves. However, the author only visited a minor fraction of the many organizations conducting trials in the USA and had unequal access to the different types of participants. Her description may ring true, but I am afraid further studies are necessary to confirm that it is representative of a broader pattern. Informative as this ethnography is, its theoretical analysis is not satisfactory, at least in my view (the authoritative endorsements in the cover say otherwise). A substantial part of the analysis consists in glosses over the quotations, in which the author generalizes about her subjects as if they represented the "social and economic positions" of participants in trials across America. Her analysis is very local though (just two major southwest cities) and I would have appreciated a situated analysis in which the particular circumstances of the participants explained their testimonies. The author appeals instead to the "political economy" of "medical neoliberalism", understanding these concepts in a vaguely Foucaultian sense: pharmaceutical capitalism would be constraining the choices of trial participants to a point that often distorts their perception of their own actions. Perhaps it is just an effect of my excessive exposure to experimental social sciences (or actual political economy), but I miss an actual explanation of how this is happening.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I do not find the ethical analysis much deeper. Fisher shows that the discourses of the professionals involved in clinical trials often misrepresent the situation, making it better for the patients than it actually is. I will not dispute this (and it is certainly good to try to inform them). But I guess that Fisher's ethical target is more the for-profit conduction of clinical trials than the discursive misrepresentations of their conductors. Is there an ethical standard for private clinical trials? I guess the author is not very confident about it, but I would have appreciated a more explicit and articulated answer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{March 2009}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=4834&amp;amp;cn=135"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-375676129335421613?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/375676129335421613/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jill-fisher-medical-research-for-hire.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/375676129335421613'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/375676129335421613'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jill-fisher-medical-research-for-hire.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWuu_gpCdI/AAAAAAAAAFc/mnMnx2T2Nu8/s72-c/medicalresearch.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-5678187752907338966</id><published>2009-04-15T11:49:00.002+02:00</published><updated>2009-08-14T20:51:22.748+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2005'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWuFnV2-HI/AAAAAAAAAFU/DC0qqP3-doY/s1600-h/evidence.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 106px; height: 160px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWuFnV2-HI/AAAAAAAAAFU/DC0qqP3-doY/s320/evidence.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324853545918724210" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Peter Achinstein, ed., &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Scientific Evidence. Philosophical Theories and Applications&lt;/span&gt;, Johns Hopkins University Press, 2005&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;This volume compiles thirteen papers presented in a conference on scientific evidence held at Johns Hopkins in 2003. Seven are authored by former graduate students of the editor (many of whom are now renowned philosophers) and eight take issue with one or another aspect of his theory of evidence, so the compilation will certainly be of interest for those who are attracted by Peter Achinstein's approach. But it may be equally attractive in various degrees for those who are more generally curious about evidence.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The volume is divided in two parts, of which the first is devoted to philosophical theories of evidence and the second to present six related case studies in different scientific domains. The former are namely those of Achinstein, Mayo, Norton and Whewell, though different quotas are assigned to them. Whewell's concept of consilience is examined and partly vindicated by Laura Snyder, who supports a kind of version of scientific realism, if we interpret it as an inferential pattern that appears in the theoretical unification of various natural kinds. Norton presents his own material theory of induction in a brief but very informative comparison to other standard alternatives. Mayo exposes her severe test approach to evidence and defends it from the criticism received from Achinstein. He summarises, in turn, the view exposed in his The Book of Evidence (2001), refuting four contrary theses. Finally, still in the first part of the book, another three papers discuss various aspects of Achinstein's theory: S. Gimbel defends and illustrates the viability of a threshold concept of evidence within this framework; F. Kronz and A. McLaughin call for its expansion to incorporate some guidelines for the process of evidence-acquisition, drawing on Peirce's proto-economics of science; and S. Roush argues for the positive relevance condition that Achinstein criticized in the name of his own explanatory based view of evidence.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The quality of the discussion is good enough as to deserve attention from those who are generally interested in the topic. However, they may enjoy most the cases discussed in the second part of the book, since they all are worth reading on their own. H. Longino and L. Principe argue for a contextual view of evidence that challenges Achinstein's concept of veridical evidence. Principe shows how the concept of alchemical transmutation came to be rejected sometime around 1700 without the addition of new evidence against it, but as a result of somehow unrelated factors. Longino surveys what is taken to be evidence regarding our behavior according to different theoretical approaches that coexist today at many university departments, claiming that pure evidential considerations will not contribute much to bring them together. A. Rosenberg, to the contrary, ponders quite optimistically the particular contribution that genomic evidence might make to account for human cooperation (though without explicit implications for or against Achinstein's view). In a thorough and subtle analysis, R. Richards reconstructs the epistemic situation (an Achinsteinian concept once more) in which Darwin and Wallace trace the analogy between natural and artificial selection, showing what evidential support could the latter provide to the former. Drawing on another concept by Achinstein, K. Staley proposes a fine analysis of the potential evidence that could have supported the discovery of the top quark in 1994, comparing it with an error statistical account in the spirit of Mayo. Finally, G. Hatfield discusses current epistemological views of introspective evidence that he contrasts with those of some early pioneers in experimental psychology.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The inevitable question for many readers will be to wonder how well Achinstein´s theory of evidence fares in view of all of these arguments. The yardstick might well be the often quoted challenge thrown by Achinstein's dean: Does it really account for the way evidence is actually used in science? There is no doubt that the proposed distinctions are useful to discern and ponder the various roles played by evidence in scientific argumentation, yet we may question what its proper scope is. The empiricist in search of a foundational justification for scientific beliefs will be certainly pleased with Achinstein's theory: if properly expanded, as suggested by Gimbel, Kronz and McLaughin, it will provide a realistic model for rational decision making in science either in the pursuit of new evidence or for the assessment of what we actually have. Yet, as usual, the contributions of Principe, Longino and even Richards cast some doubts about the convenience of such epistemological framework to account for the consensus that scientists eventually achieve. These matters of principle would have deserved a more explicit discussion. On the other hand, even if the second part is titled "Applications", we will certainly miss concrete analyses of how the combination probabilities cum explanatory nexus rationalize current or past scientific consensus. At least for this reader, the discussion suggests that Mayo's approach is more effective in dealing with tests effectively performed today in many disciplines and less committed to a foundationalist stance. Other readers, however, will surely draw different conclusions: the book is rich enough in arguments as to allow this to happen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{November 2005}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=2895&amp;amp;cn=394"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-5678187752907338966?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/5678187752907338966/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/peter-achinstein-ed.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5678187752907338966'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5678187752907338966'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/peter-achinstein-ed.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWuFnV2-HI/AAAAAAAAAFU/DC0qqP3-doY/s72-c/evidence.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-5866305325774164833</id><published>2009-04-15T11:43:00.002+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.693+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2009'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWsvYnCH0I/AAAAAAAAAFM/7f6PEhFBOpU/s1600-h/errorineconomics.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 58px; height: 93px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWsvYnCH0I/AAAAAAAAAFM/7f6PEhFBOpU/s320/errorineconomics.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324852064495476546" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Julian Reiss, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Error in Economics. Towards a more evidence-based methodology&lt;/span&gt;, London, Routledge, 2007.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Julian Reiss’ monograph presents a normative case for an empiricist methodology in economics. According to the author, economists should focus on measuring social variables in order to find causal relationships among them. They should investigate the stability of these relationships in different contexts and, in case it exists, inquire about the underlying abstract factors and establish economic laws. In this process, economists should bear in mind the practical purposes their research is supposed to serve (if there are any) so that the best methods to achieve those aims are always chosen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The case for this evidence-based approach is articulated in nine chapters divided into three parts. In part one, Reiss discusses economic measurement in a single case study: the Consumer Price Index (CPI) controversy. The second part focuses on causality, drawing on different instances of actual economic research: experimental economics, thought experiments, instrumental variables, etc. The author is pessimistic about the number of economic factors with stable causal capacities found by economists so far, and therefore the third part is not about economic laws, but rather about the prospects of getting them and using them in policy-making. Provided there are good evidential grounds, the more pluralistic economists are in their methodologies, the more likely it seems they will be successful, even if the author makes no promises about it: “the empirical road has not been walked yet and we do not know where it would lead us if we do walk it” (183).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiss’ argument for a more evidence-based methodology does not rely on the virtues of a particular technique he wants to promote, but rather on the problems of the standard theory-driven approach discussed in the book. His trust in the possibility of an evidence-based alternative is a matter of philosophical conviction: if the epistemic prejudices of the economic profession against purely inductive methodologies can be removed, these could flourish and yield a more convincing economics. Reiss’ conviction owes much to Nancy Cartwright’s philosophy of the social sciences. This allows him, for instance,  to be critical about the ability of mainstream economists to use clinching methods of causal inference. One possible response that Kevin Hoover explores below is that they may have been walking the vouching road to causality, a less demanding one but with no result in the end either. This does not imply that it cannot be done, but it should temper the author’s methodological hopes (and perhaps explain the profession’s pessimism). Aris Spanos challenges in turn the conceptual foundations of this optimism: Reiss can invoke Bacon and be confident on the possibility of correcting errors through a variety of methods to deal with evidence, but it takes a bit more statistical sophistication to define evidence in a way which warrants real error-correction.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiss’ programme hinges on evidence and causality, but also on a pragmatic view on values: evidence is sound when it gives a licence to act and attain our epistemic and non-epistemic aims. Depending on our purposes, we should choose the more adequate methodology to gather the relevant evidence. Reiss denounces how economists focus on certain kinds of epistemic values which prevent them from gathering the evidence politicians request (ch. 5, 10). Methodologists and economists are also criticised for adopting epistemic values that constrain empirical research without much scientific profit (ch. 8-9).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Error in economics opens with the explicit admission that evidence alone will not solve neither our theoretical nor practical disagreements: values are required to decide which is the correct CPI (ch. 2-4).  But values are diverse and make us disagree, no matter how much causal evidence is gathered. Why should we expect evidence-based economics to overcome such controversies about values? An inspiring example for Reiss seems to be the community of physicists who constructed a unified scale to measure temperature throughout a century of experiments, even if there was no definition of temperature on which they could agree a priori. In his Inventing Temperature (2007) Hasok Chang shows that their success is better explained by a coherentist epistemology with a minimum of theoretical commitments. In order to measure temperature, a scale is necessary, but at first there were many and all of them arbitrary to a certain point. I.e., there was no self-evident basis to ground the inquiry. The choice between all these scales, claims Chang, was made possible by an implicit agreement on a set of epistemic values that presided over the experiments, independently of the theoretical commitments of each physicist. Gradually, the accumulation of evidence made them agree on a scale of measurement under the coherentist pressure of their shared values. In a similar vein, Reiss argues that if economists reached an empirically oriented agreement on their epistemic and non-epistemic aims, their measurements would progress (more than it did in the past century, at least). Yet, he admits, non-epistemic values make economists disagree as much as epistemic values. Can we expect that, once they agree on this latter, the former will cease to disturb their agreement?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I suspect that Reiss optimism about evidence-based economics presupposes some sort of affirmative answer. My own pessimism is based on the existence of empirical traditions in economics where, despite a certain number of shared values, disagreement in measurement persists. My example of choice is Milton Friedman, whose 1953 methodological piece is surprisingly parallel to Reiss’ in some respects. Friedman wanted the economic profession to align around the accuracy of predictions, keeping theoretical commitments to a minimum. The lighter the theoretical apparatus, the easier would be to classify data in separate markets (Marshallians are epistemic contextualists) and obtain predictions that should be judged for their success alone. Besides, for our practical purposes, argued Friedman, we need nothing more than predictive success (close to pragmatism as many were in Chicago). As Kevin Hoover puts it below, Friedman was an empiricist “just as Reiss thinks we ought to be”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;My pessimism about evidence-based economics à la Reiss comes thus from the fate of Friedman’s own evidence-based agenda. I have studied elsewhere how Friedman’s work on consumption usually elicited controversies that never yielded a professional consensus, despite both its solid methodological grounds and the accuracy of his predictions (Teira forthcoming). An issue very often at stake in these controversies was the definition of the variables in the analysis. Friedman’s predictions were always grounded on a classification of data under economic variables without much theoretical clinching. As he once put it, a commodity X is just a label, “not a word for a physical or technical entity to be defined once and for all independently of the problem at hand”. When the economist defined a commodity X once and for every market (as Walrasians intended), empirical analysis became increasingly complicated. More strict definitions, thought Friedman, made data sets unusable and, yet, economists are very often urged to use them by police-makers for whom a suboptimal response is better than none. And economists, thought Friedman, should provide it. Coherence in the definition of variables across their many uses did not count as much for Friedman as it did for Chang’s thermologists, who could safely ignore the practical implications of their experiments.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yet, no matter how accurate Friedman’s predictions were, if anyone disagreed, one could always contest the definition of the variables used to obtain the predictions: “these data are not X” or “these data should be X as well” – Reiss himself notices this regarding money (p. 130). Unlike temperature, economic variables are difficult to define on the basis of a set of uncontroversial experiments acknowledged by everyone in the profession. As the CPI controversy shows, when disagreement on values occurs, disagreement on measurement procedures follows. Hence progress in economic measurement will only happen if either the community shares epistemic and non-epistemic values (so that they don’t have practical incentives to disagree) or the measurement procedure is strong enough to overcome political divergences.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Good science, says Reiss, “reduces the prejudices and preconceptions of the individual scientist to a minimum”. We may legitimately ask how evidence-based economics achieves this reduction and succeeds when other empiricist agendas in economics failed.  Evidence-based economics is a “research project under construction” and indeed one of its many merits is that it raises issues that other approaches in economics neglect. It is open to debate whether Reiss’ evidence-based alternative offers any real hope of solving them, but epistemic optimists should certainly try to walk this road.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{January 2009}&lt;br /&gt;{&lt;i&gt;&lt;a href="http://journals.cambridge.org/action/displayJournal?jid=eap"&gt;Economics and philosophy&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;, 25.2 (2009), pp. 199-201}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-5866305325774164833?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/5866305325774164833/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/julian-reiss-error-in-economics.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5866305325774164833'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5866305325774164833'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/julian-reiss-error-in-economics.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWsvYnCH0I/AAAAAAAAAFM/7f6PEhFBOpU/s72-c/errorineconomics.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-8608824634698849430</id><published>2009-04-15T11:40:00.003+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.755+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1998'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWsFetH2DI/AAAAAAAAAFE/IOl2ueTmTw8/s1600-h/wellbeingdestitution.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 68px; height: 102px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWsFetH2DI/AAAAAAAAAFE/IOl2ueTmTw8/s320/wellbeingdestitution.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324851344577124402" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Partha Dasgupta, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;An Inquiry into Well-Being and Destitution&lt;/span&gt;, Oxford &amp;amp; N.York,  Clarendon Press &amp;amp; Oxford U.P., 1993&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;El Ensayo sobre el bienestar y la pobreza extrema de Partha Dasgupta,  Frank Ramsey professor of economics de la Universidad de Cambridge y especialista consagrado en economía del desarrollo, no ha conocido demasiado eco en nuestros medios filosóficos, pese a los cinco años transcurridos desde su edición original (a la que antecedieron un buen número de artículos y escritos que en él cristalizan, como después seguirían otros). Aun cuando ya no sea una novedad en sentido estricto, su importancia bien merece una recensión en este monográfico de Isegoría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La presente obra de Partha Dasgupta constituye, en efecto, una aportación de notable originalidad a las doctrinas actualmente vigentes sobre el desarrollo económico, respecto a las cuales nos ofrece, muy elaborada, una  teoría alternativa sobre el análisis de la distribución de recursos entre unidades domésticas (households). Mas su originalidad no la apreciará sólo el experto en la materia, que acaso haya sido el primer sorprendido con su lectura: la teoría se formula con objeto de evaluar los posibles planes de desarrollo económico aplicables por el Estado en países subdesarrollados y, con ese propósito, la obra se inicia con una discusión, que ocupa toda su primera parte -131 pp.-, sobre los fundamentos éticos que cabe atribuir, en general, a la intervención del Estado en la economía, abordada Dasgupta en clave del contractualismo contemporáneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero tales criterios de evaluación no se extraen “deductivamente” de las doctrinas de Rawls o sus epígonos, ya que en su discusión desempeñan, a su vez, un papel principal tanto conceptos tomados de la misma economía del desarrollo, como la casuística  considerada para su aplicación, todo lo cual  viene a modularlas decisivamente. Así, el concepto de necesidades básicas (basic needs), desarrollado por economistas de su especialidad desde mediados de este siglo, le sirve a Dasgupta como eje para establecer su idea de libertad y su formulación contractual: se trata de definir aquellas necesidades (nutritivas, sanitarias, educativas...) cuya satisfacción es imprescindible aun tan solo para poder aspirar a obtener los propios fines, y sería por ello tema central del contrato, pese a su ausencia en tantas otras formulaciones del mismo. Pero tan importante como este concepto de necesidad es el rico y abundante material empírico en el que Dasgupta se apoya para construir su definición, como es la literatura médica, etnológica etc. acerca de la pobreza extrema en países como la India o los del África subsahariana. Sin estos conceptos y evidencias sería, en efecto, imposible una evaluación efectiva de los programas de desarrollo propuestos para estas regiones, y es en estas labores donde, para Dasgupta, ha de ejercitarse la auténtica filosofía moral y política, aun cuando ello suponga la reinterpretación, si no el abandono, de muchos de sus argumentos -el capítulo trece, sobre dilemas morales de natalidad, es a estos respectos ejemplar-.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No menos afectada resulta la propia doctrina actualmente vigente en las cátedras de esta disciplina económica -adecuadamente expuesta en toda la parte segunda del ensayo-, pues nuestro autor se apoya tanto en la argumentación filosófica anterior, como en su misma inadecuación empírica, para mostrar la conveniencia de reconstruirla, si es que se han de obtener de ella mejores criterios sobre la distribución gubernamental de recursos en países como los antes apuntados. Ello le exige volver sobre los mismos fundamentos de la teoría, para integrar en ellos la evaluación de aquellas necesidades que debieran satisfacerse para  optimizar el aprovechamiento de dichas políticas de desarrollo. La sombra del marxismo no deja aquí de advertirse, y no solo por el funesto papel que, para el autor, desempeñó el industrialismo soviético en el subdesarrollo de muchos países del hemisferio sur, sino por la divergencia que se aprecia en las mismas fuentes de su análisis: si las pautas de producción y consumo del proletariado fabril eran la norma respecto a la cual debía conducirse la revolución soviética, para Dasgupta son los desposeídos de África y Asia, sus necesidades alimentarias, médicas y educativas, el punto de partida tanto del estudio como de la ulterior acción gubernamental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Determinar positivamente estas necesidades se convierte, por consiguiente, en motivo central de la obra, tanto como la formulación de una teoría económica alternativa sobre el desarrollo a partir de éstas, y a ello se dedican las dos últimas partes de la obra -tercera y cuarta, 325 pp.-. Y la mayor innovación aquí, dejando aparte la maestría de Dasgupta en la disposición de los cálculos, se encuentra, a nuestro entender, en la modulación del materialismo cultural (la escuela etnológica asociada mayoritariamente al nombre de Marvin Harris) efectuada por el autor con objeto de establecer tales necesidades. Siendo, obviamente, la nutrición una de las más elementales,  no es extraño que Dasgupta recurra al análisis calórico como clave para su estudio en dichas regiones, pero es también consciente (y aquí es donde supera la perspectiva etnológica) de que sanidad o educación, -entendidas con arreglo a cánones no por europeos (la escuela, el hospital) menos universales- son igualmente factores decisivos en la consecución del desarrollo económico. La elaboración de índices con arreglo a los cuales conjugar su evaluación ofrece notables dificultades que nuestro autor resuelve con audacia. Y una consecuencia, no menor, creemos, es la superación del relativismo cultural, tan frecuente en este género de análisis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dasgupta llega, por fin, a ofrecer, en los dos últimos capítulos de la obra los fundamentos de una política de reforma agrícola como eje del desarrollo económico en países como los anteriormente mencionados, mostrando como, mediante la provisión de infraestructuras adecuadas, la intensificación de la explotación agrícola familiar proveería incluso recursos para financiar el acceso a la tierra, política que se complementaría además con programas alimentarios, médicos y educativos, con notables efectos, entre otros, sobre la natalidad o la vertebración de las distintas comunidades implicadas en su desarrollo. Todo ello apoyado, además, sobre una numerosas experiencias parciales anteriores a modo de indicio de su viabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alcance de su obra, a la vista de su conclusión, es en verdad imponente. Como término de comparación y muestra de ello, cabría mencionar la intersección de ética y economía  que obtiene Philippe van Parijs con sus ensayos sobre el denominado salario universal garantizado (basic income): partiendo de un concepto de libertad en muchos aspectos análogo al de Dasgupta -libertad real, y no sólo formal, de poder hacer lo que se desea-, van Parijs ensaya una defensa ética (libertaria) de un política de redistribución de recursos en el contexto de los actuales Estados del bienestar europeos, consistente en ofrecer incondicionalmente a cada cual en metálico, y no en forma de servicios, su cuota en el reparto. La formulación de la propuesta (como las misma doctrina económica en la que se inspira, el negative income tax de Friedman) atenta contra la más elemental sindéresis política (originariamente se pedía, la supresión de la seguridad social, apoyándose en un somero estudio sobre curvas de Laffer); su expansión universal, como ha llegado a proponerse, más allá del área donde el Estado del Bienestar efectivamente existe, no puede resultar menos ridícula. La lectura de las propuestas de Dasgupta es, en cambio, un ejemplo de rigor, tanto por la documentación de las propuestas como por la mesura y tino tanto de su formulación como en la elección del dominio en el que se sugiere aplicarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mayor objeción que se nos ocurre sobre este ensayo, es si acaso Dasgupta no disociará excesivamente la marcha general de la economía de un país del área de intervención del Estado que él propone, como si ambos operasen disociados, y no se diesen en aquélla factores que obran contra la ejecución de planes de desarrollo tales como el que esboza en su obra. Apelar a la cogencia de los argumentos contractuales no quiere decir, al cabo, que estos tengan efecto económico por sí solos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Enero 1998}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Isegoría &lt;/span&gt;18 (1998), pp.242-44&lt;span style="font-size: 12pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;"&gt;&lt;/span&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-8608824634698849430?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/8608824634698849430/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/partha-dagupta-inquiry-into-well-being.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8608824634698849430'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8608824634698849430'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/partha-dagupta-inquiry-into-well-being.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWsFetH2DI/AAAAAAAAAFE/IOl2ueTmTw8/s72-c/wellbeingdestitution.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-1298278540656512145</id><published>2009-04-15T11:37:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.755+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='sociología de la ciencia'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1998'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWrZndgDGI/AAAAAAAAAE8/pfG7_s9kqVA/s1600-h/conocimientoimaginario.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 57px; height: 82px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWrZndgDGI/AAAAAAAAAE8/pfG7_s9kqVA/s320/conocimientoimaginario.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324850591013276770" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;D.Bloor, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Conocimiento e imaginario social&lt;/span&gt;, Barcelona, Gedisa, 1998. Versión española de la segunda edición inglesa a cargo de E.Lizcano y R.Blanco. Incluye un nuevo prólogo del autor y presentación a cargo de ambos autores.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;“Pese a los ríos de tinta que este libro ha provocado, no acaba de entenderse que siga sin publicarse en castellano”. Así opinaba, en 1993, uno de nuestros más sobresalientes sociólogos de la ciencia , y cinco años después nos ofrece, junto a otro no menos notable -Rubén Blanco-, una versión de la segunda edición de Knowledge and Social Imaginery, acompañada de una presentación de la obra, una bibliografía de Bloor, y un prólogo redactado para la ocasión por el propio autor. Emmánuel Lizcano tenía toda la razón: como otros han mostrado ya, cabría reconstruir polémicamente el desarrollo de la sociología de la ciencia de estos últimos veinte años atendiendo a las opciones de cada escuela respecto a las tesis de Bloor . Si disponíamos ya de traducciones de Latour, Woolgar, etc., ¿cómo explicar la ausencia de Bloor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ausencia de esta traducción no quiere decir, sin embargo, que los sociólogos de la ciencia de lengua española hayan permanecido ajenos al debate que, desde su edición original en 1976, ha provocado la obra. Basta con recordar las contribuciones del propio Rubén Blanco  y, por lo demás, el nombre de Bloor aparece de ordinario en el programa de cualquier sociología del conocimiento que se imparta en nuestro país. Por tanto, la aparición de esta versión española es más un indicio de la normalización académica de la disciplina que una novedad en sentido estricto. Lo será, si acaso, de ahora en adelante, para los muchos estudiantes y estudiosos que podrán beneficiarse de la lectura de la obra en su propia lengua. Y por ello es de esperar también que nos traiga nuevas y fructíferas discusiones, pues su contenido polémico está aún lejos de agotarse. Incluso sería deseable que los sociólogos en general, y no ya sólo los especialistas en la materia, se incorporasen a ellas, pues a los argumentos de Bloor no pueden sentirse ajenos, como si de Popper o Lakatos se tratase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como muchos ya sabrán, Conocimiento e imaginario social  comprende una parte característicamente teórica, sus tres primeros capítulos, donde aparece delineado el programa fuerte  de la Sciences Studies Unit  de la Universidad de Edimburgo, que se acompaña con una cuidadosa consideración de posibles objeciones epistemológicas y sus correspondientes respuestas. Allí se podrá encontrar el discutidísimo dictum de Bloor acerca de las condiciones que distinguen a la sociología del conocimiento como ciencia –causalidad, imparcialidad, simetría y reflexividad-. A estos tres capítulos les sigue un cuarto donde se invierte la perspectiva argumental: al análisis filosófico de la sociología de la ciencia se suma ahora un análisis sociológico de la misma epistemología y, en particular, de la disputa entre Popper y Kuhn que se desarrolló entre los años sesenta y setenta. Los tres capítulos restantes vienen a ser una prueba de existencia del programa fuerte, i.e., una demostración de su efectividad al aplicarse al análisis de la más distante de las ciencias, la matemática. La conclusión de 1976 se extiende con el epílogo de la segunda edición (1991), donde Bloor añadía seis breves notas sobre otros tantos ataques a la obra y una nueva conclusión.  Si a esto le añadimos las ya mencionadas novedades de la edición española –nuevos prólogos de Bloor y Lizcano y Blanco- y unos completos índices temático y onomástico, no será de extrañar que su lectura dé ocasión a nuevas reflexiones en español sobre la sociología de la ciencia y sobre la sociología en general -no cabe dejar de apuntar el interés que para el sociólogo dedicado a la estadística tendrán el análisis de los tres capítulos matemáticos de la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, aunque sea solamente por dar un pretexto para este debate, propondremos una tesis: la obra de Bloor es la obra de un filósofo. Esta es, obviamente, una tesis trivial si atendemos a la formación del propio Bloor o a su situación laboral cuando redactaba este ensayo (reader in the philosophy of science), pero no lo es tanto si consideramos sus mismos argumentos. En su reseña de la segunda edición, Rubén Blanco nos advertía de que la crítica que en ellos se contiene “iba dirigida hacia los filósofos de la ciencia, en un intento de descubrir sus estrategias (cognitivas) de control, dominación y mediación del fenómeno científico” . Por contra, nuestra tesis es que si Bloor se convirtió en el debelador sociológico de la filosofía de la ciencia, fue a costa de convertir a la sociología de la ciencia en filosofía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los fundamentos de esta interpretación no son nada novedosos, pues no es un secreto que Bloor le debe  mucho a las obras de Mary Hesse, y en particular a su The Structure of Scientific Inference. (de 1974). En efecto, Bloor toma de ésta una de sus tesis principales, el finitismo  , según la cual sería imposible predecir la evolución semántica de un concepto aprendido por ostensión. De acuerdo con Hesse y la tradición filosófica que se inicia en este siglo con el círculo de Viena, las ciencias serían conjuntos de proposiciones cuya verdad radicaría en el contenido de los conceptos que éstas contienen (bien porque fuesen reducibles a evidencias empíricas, bien porque cupiese una interpretación del conjunto mediante modelos, etc.). Por tanto, era indispensable disponer de una idea de lenguaje y, en particular, de una teoría sobre su aprendizaje. El modelo de Hesse, en deuda con el segundo Wittgenstein, sugería que el niño adquiría el vocabulario por ostensión. Por tanto, el significado de un concepto no estaba nunca plenamente determinado por el mundo al que se refería, puesto que siempre cabía incorporar a él deícticamente nuevos elementos que mantuviesen alguna semejanza -considerada pertinente- con los anteriores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El finitismo, en la definición de Hesse, consistía en restringir el alcance veritativo de los conceptos científicos (el dominio en el que podían ser verificados estadísticamente) a dominios finitos. A partir de esta definición, Bloor concluía que si el dominio era finito, la objetividad de los conceptos no radicaría en las cosas mismas -puesto que, ulteriormente, los conceptos siempre incorporarían otras. Tendría otro origen, y si no era la naturaleza, sólo podía ser la sociedad. Así, nos dice Bloor, la vis obligantis  de la lógica sería la de cualquier otra norma moral y de este modo, también la de cualquier otra ciencia. Lo que el filósofo no quiere o no sabe ver en los conceptos científicos lo descubriría el sociólogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sociología de la ciencia, en consecuencia, consistiría en una teoría sobre las fuentes de su autoridad, puesto que en ello encontraríamos la clave de su genealogía. Pero conviene advertir que Bloor no partía de un modelo sociológico positivo en el que apoyar esta teoría:  Bloor se apoya en la obra del segundo Wittgenstein, donde, en su interpretación, se nos mostraría la verdad sobre las reglas sociales, las convenciones que articularían la significación y, por tanto, las mismas ciencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ¿era Wittgenstein un científico? En la interpretación de Bloor, sí lo sería. Pero basta con hojear cualquier repertorio bibliográfico-como, por ejemplo, el de Frogia y McGuinnes- para advertir que, con idéntica evidencia textual, cabrían muchas otras interpretaciones, acaso demasiadas. En realidad, ¿por qué Wittgenstein antes que Durkheim? ¿Por qué Hesse? Quizá porque las cuestiones de las que Bloor se ocupa han sido filosóficas durante más de dos mil años, y difícilmente cabrá superarlo en dos generaciones de sociólogos: la tesis sobre el lenguaje de Bloor no difiere demasiado de la de Antístenes, contemporáneo de Sócrates; el dilema del alcance de las ciencias en un cosmos inagotable está ya en Kant, y tiene una discusión clásica en este siglo pasado en la conferencia que en 1872 pronunciase Emil du Bois-Reymond “Sobre los límites del conocimiento de la naturaleza”, que dio origen a la disputa sobre el agnosticismo que se extendió por Inglaterra y Alemania a finales del siglo pasado. Antístenes fue discípulo de Gorgias del mismo modo que du Bois-Reymond de Johannes M¸ller, luego no cabe pretender que el uno ignorase la gramática o el otro las ciencias. ¿Dónde estará entonces la diferencia entre la sociología y la filosofía? Así como la inercia de Newton acabó con el impetus, ¿será el finitismo  de Bloor la resolución positiva del concepto de Hesse?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por nuestra parte, lo dudamos, y no porque ignoremos la vocación científica de Bloor, reiterada nuevamente en el prólogo de la edición española este mismo año. Más bien, creemos que la disputa entre el sociólogo y el filósofo de la ciencia es constitutiva, en la medida en que aquél explora nuevamente las vías que aquél lleva recorriendo, sin agotarlas, a lo largo de siglos. Precisamente por ello, porque el ideal de la disolución de la filosofía en una ciencia es tan viejo como la filosofía misma -y recordemos en nuestro siglo a Husserl-, entendemos que Bloor no ha sido sino uno más entre todos estos filósofos: mientras las ciencias sean lo que han sido, y el sociólogo se ocupe de ideas como las de ciencia, realidad o lenguaje, se hará inevitablemente filósofo, aunque solo sea porque no encontrará otro interlocutor. Aunque, desgraciadamente, es probable que sean pocos los filósofos que se hagan sociólogos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Octubre 1998}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Empiria &lt;/span&gt;1 (1998), pp.241-43}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-1298278540656512145?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/1298278540656512145/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/d.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1298278540656512145'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1298278540656512145'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/d.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWrZndgDGI/AAAAAAAAAE8/pfG7_s9kqVA/s72-c/conocimientoimaginario.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6880798679450114389</id><published>2009-04-15T11:24:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.755+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1998'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWqdJLPWVI/AAAAAAAAAE0/XagzN23tJcA/s1600-h/nitribunos.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 70px; height: 107px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWqdJLPWVI/AAAAAAAAAE0/XagzN23tJcA/s320/nitribunos.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324849552091470162" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Francisco Fernández Buey &amp;amp; Jorge Riechmann. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Ni Tribunos. Ideas y materiales para un programa ecosocialista&lt;/span&gt;. Madrid: S.XXI, 1996.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;La presente reseña se ocupa de uno de los más ambiciosos e interesantes trabajos que ha producido el pensamiento político español de izquierdas a lo largo de los últimos años. La cantidad de ideas y materiales, en la tradición de Manuel Sacristán, que se encuentra en esta obra merecería, sin duda una recensión mucho más extensa, y puesto que ambos autores son sobradamente conocidos para el público español, no vamos a detenernos en palabras preliminares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Francisco Fernández Buey nos presenta, en la introducción de este ensayo, la política como ética de lo colectivo, pero su discurso no va a intentar probar la obligatoriedad o universalidad de sus valores,  al modo de los filósofos morales, ni tampoco intentará convencer al lector sobre su bondad o interés. Fernández Buey se dirige, más bien, a un lector que ya comparte con él esos valores, e incluso los ejercita políticamente, i.e., supone una ética en marcha, que sería -al menos, parcialmente- la de quienes desarrollan su actividad en Organizaciones no Gubernamentales -pp.xxix-xxxiv-. Pues, para nuestro autor, solamente en los programas de las ONG se encontraría de hecho un germen de universalidad análogo, cabría decir, al que para Marx tuvo el proletariado: si éste había de absorber a todas las otras clases en la Revolución socialista, las ONG, tal y como Riechmann y Fernández Buey las conciben, debieran animar con sus valores la articulación de una coalición de izquierdas, que alumbrara un programa ecosocialista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ninguno de los dos  ignora que, por la propia dispersión programática de estos movimientos sociales y la diversidad de sus formas políticas, no existe hoy una única ética de lo colectivo entre las ONG  . Más bien parten de esta fragmentación, y se podría decir incluso que el argumento de su ensayo consiste en dar con una prueba de la composibilidad de, al menos, algunos de estos valores, i.e., probar a partir de la diversidad de propuestas actualmente existentes la posibilidad de que exista algún día un programa ecosocialista. Además, nuestros dos autores no intentarán probárnoslo pretendiendo abstraer sus propias convicciones, pues son, en efecto, socialistas y ecologistas por educación, filosófica y militante . Se trataría, por tanto, de construir un argumento que dé razón de estas dos opciones -socialismo y ecología- articulándolas con aquellas que se nos ofrecen en los distintos movimientos sociales -desde el feminismo a los sindicatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El argumento se nos presenta en dos partes, cada una a cargo de uno de los autores. La primera, redactada por Fernández Buey, pese a la diversidad de contenidos de sus seis capítulos, encuentra su unidad, polémicamente, en la discusión del concepto de socialismo. El análisis que Fernández Buey nos ofrece se inicia, en el primer capítulo, con una amplia consideración de los más de cien años de socialismo tomando, por un lado, el ideario del que se partía, y por otro, la experiencia de la Europa oriental (soviética) y occidental (la socialdemocracia). Al plantear así la cuestión, es inevitable comparar ese ideario (que comprendería ideas comunes a “socialistas utópicos” y “científicos”, acaso su impulso ético) con lo que después resultó a ambos lados del muro de Berlín, y por tanto admitir su derrota o fracaso, como hace el propio autor. Pero queda también abierta una opción para recuperar aquél (que será la que se siga en el tercer capítulo: “Discurso sobre los valores”), en la medida en que los conflictos en los que se originó el socialismo aún están presentes en nuestro mundo, por una parte, y también porque ese ideario, tal y como el autor lo presenta, no se agotaría enteramente en el socialismo soviético o socialdemócrata, y contaría también, a lo largo de este siglo, con otros defensores, políticamente menos exitosos pero éticamente más íntegros (pp.106-107).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reivindicación del socialismo que Fernández Buey nos propone se apoya, en efecto, en el postulado de que en toda tradición política (entre las que menciona, liberalismo y cristianismo) se darían dos vertientes, una (“de izquierdas”, según el autor) éticamente incorrupta y otra (“de derechas”) corrupta con arreglo a su ideario original -al transformarse el ideal emancipatorio en ideología de dominación . Y en ello radicaría, acaso, su posible composibilidad, pues al reducirse el socialismo a su núcleo ético, desaparecerían los obstáculos que históricamente provocaron su escisión; pero también, al extenderse el concepto de izquierda para incluir otras éticas distintas de la socialista -por oposición a sus respectivas derechas- aparece la opción de alianzas anteriormente excluidas, puesto que, desde la ética, podrían coincidir, por ejemplo, en la crítica a la demediación de la democracia (que ocupa todo el segundo capítulo), o en la propuesta federalista que se contiene en el último capítulo de esa primera parte. No es extraño que Fernández Buey se ocupe también de recuperar el concepto de utopía concreta de Bloch (capítulo quinto), puesto que en ella se encontraría el contenido ético del socialismo en su expresión más depurada (pp.177-182).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En todo caso, los destinatarios del discurso de nuestros autores son, como decíamos antes, movimientos sociales nuevos y viejos (los sindicatos), y a ellos se dedica uno de los capítulos centrales de esta primera parte de la obra, el cuarto (“De los valores a los movimientos”). Fernández Buey intenta mostrar aquí, analizando distintas propuestas, cómo esa vocación de universalidad de la izquierda cristalizaría en la alianza de sindicatos y movimientos alternativos si los análisis de la coyuntura económica y política de aquéllos se efectuaran atendiendo a consideraciones (económicas, demográficas, ecológicas, etc.) de alcance mundial y no local, como pueda ser el caso del estudio de las migraciones. Buena parte de este capítulo lo ocupa también un análisis del feminismo y del papel programático de las mujeres en la constitución de esta alianza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jorge Riechmann, por su parte, se ocupa de la exposición de la vertiente ecológica del programa. Si Fernández Buey se veía obligado a detenerse en amplias consideraciones preliminares -y un buen número de excursos y digresiones- acerca del concepto de socialismo, con objeto tan sólo de apuntar dónde cabría un encuentro de los distintos movimientos sociales, Riechmann procede, en cambio, geométricamente a partir de los postulados de la economía ecológica, ampliamente expuestos en los siete capítulos que integran la segunda parte: las leyes de la termodinámica (cap.1), el concepto de sustentabilidad (cap.2), las alternativas a la actual contabilidad nacional (cap.5), etc. A partir de estos postulados obtiene numerosas propuestas políticas, algunas elaboradas ya en forma de proyecto de ley (pues Riechmann se atiene aquí a la experiencia de colectivos ecologistas españoles y extranjeros) y otras aún por desarrollar, pero también más ambiciosas en su alcance (el tercer capítulo es el esbozo de una sociedad ecosocialista).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se diría que la composibilidad aparece aquí probada por la misma potencia de la propia propuesta, pues a diferencia de lo que ocurría en la parte primera, en ésta no aparecen explícitamente consideradas otras alternativas distintas de la ecológica, acaso porque se parta de que ninguna cuenta con unos desarrollos programáticos tan elaborados, política- y científicamente. Riechmann tan sólo retoma motivos de la tradición socialista -la planificación- reformulándolos con arreglo a las coordenadas ecológicas, y también apela a ideas generales sobre los valores -como la igualdad-, pero arquimédicamente, sin digresión alguna acerca de su contenido, apoyándose en ellas para desarrollar uno u otro aspecto del programa. Si la cogencia del argumento de Fernández Buey radicaba en la fuerza apagógica de sus argumentos contra las objeciones que pudiese recibir, el de Riechmann se basa en un enorme número de propuestas positivas, dimanantes de la experiencia verde, cuyo análisis es absolutamente imposible acometer aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volviendo ya al principio, y a la vista de estos argumentos, aquí apenas someramente apuntados, ¿podríamos dar por probada la composibilidad de un programa ecosocialista? Probablemente sus autores no lo pretendan, ni no nos corresponde a nosotros dar una solución, que sólo se encontrará, antes o después, en el curso mismo de la sociedad a la que se ofrece esta propuesta y, por tanto, nuestras objeciones serán solamente tentativas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues nos parece, en efecto, que la estrategia argumental que Fernández Buey y Riechmann despliegan  para aunar a la izquierda se apoya decisivamente en la depreciación u omisión de aquello que, históricamente, la ha escindido. Por más que el planteamiento de su ensayo diste mucho de ser idealista -pues su discurso se desarrolla a cada paso a partir de las opciones que actualmente se dan en nuestra sociedad-, no acertamos a entender cómo no se aplica con mayor rigor este mismo criterio en todos los pasos de su argumentación: así, cuando Fernández Buey concluye “las razones históricas que un día condujeron a la diferenciación en la tradición socialista entre comunismo, anarquismo, libertarismo y socialdemocracia han caducado” (p.94), ¿será acaso porque el autor interpreta que a la historia pertenecen las razones de las derrotas y fracasos del socialismo, y sólo nos quedaría ya el impulso ético que estuvo en su origen?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ¿acaso la ética no puede separar a la vez que unir? Se diría que Fernández Buey sobreentiende que la ética del socialismo comprendería valores (la igualdad) que por sí solos nos procurarían el consenso, como si éstos, ahora y antes, no se interpretasen en concordancia con otras ideas (la de individuo, por ejemplo), no estrictamente éticas, que modularan su interpretación. ¿Será una misma cosa la igualdad entre las personas en el socialismo que parte de aquélla como un postulado originario, que en aquel otro que parte de la desigualdad y toma la consecución de la igualdad como un objetivo  ? Aquella primera concepción propenderá quizá al armonismo, supuesto que en nuestra igualdad originaria, por ejemplo en cuanto al valor de la cultura en que crecemos, se encontraría el fundamento de nuestro respeto mutuo, a partir del cual solventar democráticamente los conflictos causados por nuestros respectivos hechos diferenciales. Pero si la igualdad, en cambio, se entiende respecto a los valores de nuestra cultura, será inevitable postular la desigualdad respecto a quienes no crecieron en ella, de modo que la igualación pasará por transmitirles aquellos valores. ¿Y no estuvo esta dicotomía en la concepción de la ética en el origen de la expansión cultural soviética (enseñanza del ruso, etc.) en el oriente socialista, Cuba, África, etc. y también en la propia escisión del socialismo (conflicto con China, etc.)?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La URSS cayó, pero no se entiende por qué se pretende que arrastró con ella esta concepción de la ética. O, de otro modo, si fue así, ¿no queda reducida la importancia histórica de la ética socialista a la de, por ejemplo, el cristianismo preconstantiniano (como si en buena parte ésta no fuera una creación de filólogos)  ? ¿Tiene la misma importancia ética el marxismo que la secta de Qumrán, que ciertamente no dio lugar a Iglesia alguna? ¿Y puede construirse desde la impugnación de todo Estado o institución -presente y pasada- originalmente dimanante de un ideario emancipador, una política, como la que nuestros autores pretenden, cuyo alcance tendría que ser, como poco, proporcionado al de la URSS?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alcance del programa expuesto por Riechmann, considerado globalmente y sin perjuicio del enorme interés de muchas de sus propuestas, no deja tampoco de suscitar dudas análogas. Pues al plantear un programa ecológico a escala mundial, se elude de algún modo el principal obstáculo para su desarrollo que es el conflicto entre los Estados. Se diría que Riechmann opera a partir del supuesto de que, en un momento u otro, ésta será la única alternativa que posibilitará la subsistencia del planeta y que ante la expectativa de la catástrofe, se impondrá. Pues, de otro modo, no se explica la ausencia de análisis sobre las vías de su implantación. ¿Se impondrá la racionalidad ecológica por sí sola a toda otra racionalidad política? ¿No existiría también en la historia una prueba de su incomposibilidad ?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Concluiremos, en cualquier caso, que el interés de este ensayo no puede ser mayor, aun cuando no se compartan las opciones de sus autores, puesto que en él aparecen consideradas con abundantísima información y perspicacia los numerosos dilemas de la izquierda actual. La elaboración de la propuesta de Fernández Buey y Riechmann es por esto mismo indispensable para cualquiera que, desde la izquierda, quiera discutir cuál ha de ser su programa para este siglo que viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Noviembre 1998}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Papeles de la FIM&lt;/span&gt; 17 (2002), pp.208-212}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6880798679450114389?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6880798679450114389/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/francisco-fernandez-buey-jorge.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6880798679450114389'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6880798679450114389'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/francisco-fernandez-buey-jorge.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWqdJLPWVI/AAAAAAAAAE0/XagzN23tJcA/s72-c/nitribunos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-142095542027245337</id><published>2009-04-15T11:19:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.756+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1998'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Luis Martínez de Velasco, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Mercado, planificación y democracia&lt;/span&gt;. Madrid: Utopías/ Nuestra Bandera, 1997.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis Martínez de Velasco es un autor singular en la filosofía española contemporánea: no es en absoluto ajeno a la Universidad, pero desarrolla su labor docente e investigadora en la enseñanza secundaria, en un Instituto de la periferia de Madrid, desde donde viene ofreciéndonos, a lo largo de las dos últimas décadas, una notable obra filosófica, particularmente en los dominios de la ética y la política. Pero ello no es, en este caso, sinónimo de mera erudición o especulación académica (aunque cuente, entre sus ensayos, con una completa y rigurosa interpretación nada menos que de Kant), pues Luis Martínez de Velasco se distingue, además, en su afán de ir “a las cosas mismas”, a la cosa pública, como se muestra, entre otras, en su reciente intervención en el debate sobre la desobediencia civil (La democracia amenazada, 1996) y, en especial, en su ya dilatada defensa de una economía normativa, es decir, una doctrina económica éticamente fundada. Así se muestra ya en Ideología liberal y crisis del capitalismo (1988), una ácida revisión de los clásicos de aquélla, y después, junto a J.M. Martínez Hernández, en La casa de cristal (1993), un ensayo insólito en castellano, donde se aplica de un modo original la ética dialógica de Jürgen Habermas a la crítica de las doctrinas económicas actualmente imperantes .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo ello confluye ahora en Mercado, planificación y democracia, donde el lector falto de tiempo, pero deseoso de nuevas ideas desde la izquierda acerca de los actuales conflictos entre ética y economía, encontrará, entre otras cosas, una concisa exposición de las distintas alternativas ahora mismo en discusión, de las que Martínez de Velasco se muestra un excelente conocedor: desde el socialismo de mercado de John Roemer al salario universal garantizado de Philippe van Parijs, sin omitir, entre otras, la discusión sobre el reparto del empleo o las distintas opciones ante el dilema ecológico. Aunque el aspecto quizá más sobresaliente de este ensayo (y sorprendente, incluso, si consideramos sus mínimas dimensiones) es que su autor nos ofrece, a partir de  sus obras anteriores, una idea general de democracia, con arreglo a la cual evaluar estas alternativas y avanzar, a su vez, en la construcción de otras, i.e., en la superación del capitalismo. Pues la tesis defendida en este ensayo por Luis Martínez de Velasco es que capitalismo y democracia son ética- y fácticamente contradictorios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para nuestro autor, Democracia sería, en su acepción más estricta, aquel orden social donde el consenso entre el cuerpo electoral (la ciudadanía) se apoyara en valores universales -como en última instancia lo serían los Derechos Humanos- aceptados además dialógicamente, sin coacción alguna. Contra esta idea de democracia obraría, en consecuencia, cualquier otra fundada en el interés particular, como es el de los individuos maximizadores de su sola utilidad en el caso de las doctrinas liberales discutidas en este ensayo. Avanzar en la realización de este concepto de democracia supondría la superación del egoísmo individual mediante un “proceso de educación moral de sentimientos y preferencias”, pues se entiende -con arreglo a la teoría sobre el desarrollo psicológico del individuo desarrollada por Piaget y Kohlberg y asumida por Habermas y nuestro autor- que el individualismo liberal sería una etapa aún inmadura en la formación de la conciencia ética. De este modo, la economía, en una democracia plena, debiera dejar de estar al arbitrio de interés individual, y desarrollarse conforme a intereses universales dialógicamente consensuados, es decir, debiera planificarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque Martínez de Velasco no nos ofrece (sería imposible en tan pocas páginas) un programa económico acorde con su concepción de la democracia, cabe apreciar la fecundidad de sus ideas por la discusión efectuada de otras alternativas como la anteriormente mencionadas. Pues nuestro autor interpretaría, a su modo, la idea de justicia de Marx recusando, en general, cualquier mecanismo de redistribución de la riqueza que no se atendiese a la satisfacción de unas necesidades fundamentales comunes a las partes enfrentadas. Así, por ejemplo, el reparto del empleo mediante rotación en los puestos (en la formulación, por ejemplo, de Ormerod) es impugnada al recaer enteramente el sacrificio sobre el trabajador, que ve mermada su renta -y por tanto, sus opciones- sin una disminución equivalente de la del empresario que le paga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué decir de todo ello?  Pese a la brevedad de la obra, es imposible negar su actualidad e interés, y su notable originalidad, que aconsejan indudablemente su lectura. Ahora bien, como es natural, es también imprescindible su discusión. Pues, en realidad, es a menudo inevitable la impresión de que Luis Martínez de Velasco da por resulto precisamente aquello que con sus argumentos debiera resolver. Nuestro autor reconoce, en efecto, la condición utópica de su idea de democracia (que califica de ideal), pero propone a la vez emplearla como “vara de medir” de las democracias reales, efectivamente existentes. Pero para el lector queda descubrir los nexos que unen una y otra dimensión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   Por nuestra parte, diríamos que Martínez de Velasco, como los autores que sigue (Habermas &amp;amp;c.), construye su ideal democrático desarrollando algunos factores ya existentes en las democracias actuales, y omitiendo otros, causa acaso de la imperfección o degradación de éstas. Aquéllos serían los sujetos (individuos, personas) cuya educación moral (la consecución de la madurez psicológica) constituiría, para nuestro autor, la clave del tránsito a una democracia verdadera. ¿Qué lo impediría? Si nos atenemos a la exposición de Martínez de Velasco, el mayor obstáculo se encontraría en la misma oposición entre intereses intersubjetivos, y no en tanto que causada por factores impersonales (como es la escasez, en los manuales de economía), pues estos no serían por sí mismos un obstáculo ante la planificación racional (fundada en intereses universales): es la ausencia de esa racionalidad moral lo que impide el paso a formas democráticas más perfectas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En resolución: el ideal democrático que Martínez de Velasco nos propone vale porque obedece a nuestra condición personal más madura, pero es nuestra misma incapacidad para alcanzarla la causa de que vivamos en democracias éticamente imperfectas. Pero ¿ello no nos obligaría, más bien, a sospechar de aquel ideal, de los fundamentos psicológicos en los que se sustenta su universalidad? Plantear los conflictos económicos, y la misma cuestión de la planificación, reduciéndolos a un dilema moral, que contendría en su mismo enunciado la clave de su solución ¿es otra cosa que la inversión del clásico esquema marxiano sobre base y superestructura? Tales son los interrogantes que suscita este ensayo, que a nadie a la izquierda le resultarán ajenos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Noviembre 1998}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Anábasis&lt;/span&gt;, 2ªépoca, 1 (2000), pp.87-9}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-142095542027245337?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/142095542027245337/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-martinez-de-velasco-mercado.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/142095542027245337'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/142095542027245337'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-martinez-de-velasco-mercado.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-1648439943056777701</id><published>2009-04-15T11:12:00.000+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.756+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1999'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWmPr69HXI/AAAAAAAAAEs/CnzJ8CyfiEE/s1600-h/semanticaficcion.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 70px; height: 98px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWmPr69HXI/AAAAAAAAAEs/CnzJ8CyfiEE/s320/semanticaficcion.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324844922853727602" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fernando M.Pérez Herranz, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Lenguaje e intuición espacial&lt;/span&gt;, Instituto de Cultura Juan Gil Albert, Alicante, 1997, 270 pp. + Pedro Santana Martínez, ed., &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Semántica de la ficción. Una aproximación al estudio de la narrativa&lt;/span&gt;, Universidad de La Rioja, Logroño, 1998, 197 pp.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. Dos libros singulares sobre semántica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentamos en esta reseña dos libros elaborados con absoluta independencia, publicados en el intervalo de un año y, en apariencia, temáticamente distantes. Sin embargo, diríamos que agradecen una lectura conjunta, y no solamente porque en ambos se aprecie la influencia de un mismo autor, Gustavo Bueno, sino porque las cosas mismas que en ellos se tratan lo exigen. Mostrarlo, y dar así a conocer a otros lectores ambos ensayos, es el objeto de esta reseña .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. Semántica de la ficción&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Pedro Santana, profesor en el Dpto. de filologías modernas de la Universidad de la Rioja, le conocerán ya los lectores de El Basilisco como gramático , aunque muchos sabrán también sus de inclinaciones filosóficas, ahora desarrolladas en los dominios de la teoría literaria con su amplia contribución al libro que acaba de editar para la Universidad de La Rioja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Semántica de la ficción se divide en dos partes: en una primera, “Teoría”, Pedro Santana nos ofrece su propia aproximación al estudio de la narrativa; la segunda comprende tres estudios sobre otras tantas obras literarias (Pretty Mouth and Green my Eyes de Salinger, Heart of Darkness de Conrad y D’entre les morts de Boileau y Narcejac) a cargo, respectivamente, de Rosario Hernando, J.Díez Cuesta y B.Sánchez Salas –estos dos últimos se ocupan además de la relación de ambas obras con las correspondientes películas de Hitchcock y Coppola, Vértigo y Apocalypse Now. Aunque se nos advierte de que estos estudios ejercitan de modo muy diverso las ideas discutidas en la primera parte por Pedro Santana, queda para el lector averiguar cómo.&lt;br /&gt;En efecto, Pedro Santana no nos ofrece una Teoría acabada que podamos aplicar de inmediato, ni es esa tampoco su pretensión. Aunque se nos ofrezca como un ensayo de teoría literaria (o narratología), sus argumentos se despliegan con arreglo a un canon que se diría más bien filosófico. El capítulo primero se abre con este interrogante: “¿Qué conocimiento sobre el mundo aporta o condensa la narración?” Pero en vez respondernos con una especulación ella misma literaria, Pedro Santana recorre en las cien páginas de su ensayo algunas de las tentativas más rigurosas para dar respuesta a esta pregunta por el lado de la semántica, y particularmente los intentos de interpretar desde alguna lógica (de primer orden, modal, etc.) la estructura de la narración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la medida en que esta variante de la  semántica, pese a su apariencia matemática, es ya de por sí bastante filosófica –como comprobará cualquiera que vaya a las obras de Frege, Quine, y otros tantos clásicos citados en este ensayo-, la operación argumental de Santana consiste, primeramente,  en desbordarla desde la exploración de las mismas limitaciones de sus resultados –en los tres primeros capítulos de esta parte primera. Para superarlas, el autor nos propone no tanto prescindir de los formalismos, cuanto reinterpretar sus fundamentos filosóficos en otra clave distinta de la de los filósofos anglosajones, y recurre para ello a las ideas de conocimiento y ciencia elaboradas por otro riojano, Gustavo Bueno, a lo cual se dedican los dos capítulos finales. En todo caso, Santana no trata de aplicar sistemáticamente la teoría del cierre categorial a la literatura, cuanto  de iluminar con algunas de las tesis de Bueno algunas dificultades inherentes a la propia semántica literaria. Se diría que Santana quiere reconstruir positivamente el propio concepto de literatura, siquiera sea como disciplina b-operatoria, aun cuando ello suponga intercalar la propia teoría literaria entre la lingüística y la filosofía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, por una parte, la cuestión del conocimiento se analiza, de acuerdo con la vieja tesis aristotélica, como enclasamiento o clasificación que se discute, a su vez, desde sus fuentes, atendiendo a su génesis operatoria.  En la medida en que la semántica discutida en este ensayo opera sobre clases algebraicas, Santana simplemente lo explicita. La novedad aparece al interpretar estas clases operatoriamente como representaciones: las representaciones resultarían de operaciones (en el sentido del facere latino) miméticas, i.e., construcciones subjetuales objetivas al modo de los símbolos en el Crátilo platónico. La normalización de estas operaciones daría lugar a ortogramas, en el sentido de Bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cuestión es obtener a partir de aquí unos mínimos elementos semánticos mediante los cuales aproximarnos al análisis literario. Santana opta más bien por interpretar directamente como ortogramas los tópicos de la tradición retórica, que le servirían como principia media a esos efectos. Así, se nos ofrece una interpretación lógica de algunos tópicos (como la metáfora o la analogía, con Peirce) donde se mostraría su articulación operatoria como ortogramas. De este modo, la representación literaria se asemejaría a otras construcciones semánticas más generales, a las que Santana se refiere como ideologías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El conflicto entre ortogramas distintivo de las ideologías, en la medida en que éstas comprenden siempre en uno u otro grado la consideración –polémica- de otras alternativas, se reproduciría ahora en la lectura, en la interpretación literaria. La imposibilidad de una interpretación unívoca equivaldría así a la imposibilidad de una determinación plena de las operaciones conceptuales del autor de la obra por parte de su intérprete, en la medida en que ambos ejercitarían sus propios ortogramas (ideologías), como, en general, es imposible una determinación plena por parte del científico social de las operaciones de los actores estudiados. En el caso de la literatura, esta restricción se evidenciaría en la imposibilidad de reducir plenamente a la forma lógica de los tópicos su contenido semántico, contra la pretensión de tantos analistas por la misma generalidad de estos contenidos –que sería lo que más aproximase la literatura a las ideologías, en el análisis de Santana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta aquí nuestra propia reconstrucción de este análisis, y en ello radica también nuestra objeción principal: pues si uno de los aciertos de Santana es mostrarnos desde sus mismos resultados la condición especulativa de muchas tesis semánticas pretendidamente  científicas –a veces tan sólo por su envoltura lógica-, otras tantas veces nos ofrece como tesis de apariencia positiva las propuestas de Gustavo Bueno, que no son tales. Este no es meramente un defecto formal que pudiera obviarse con una simple reexposición (que, desde luego, no sería como la que acabamos de ensayar): un tratamiento propiamente filosófico de las tesis semánticas  nos desvelaría la metafísica que acompaña en al sombra a tantos semantistas, pero, a su vez, se nos mostrarían también aquellos aspectos del materialismo filosófico menos desarrollados, disimulados aquí por esa apariencia positiva de la que, en realidad, carecen: así la teoría materialista del lenguaje todavía está por desarrollar, y la de las ideologías (o nematologías) conoce tan solo algunos apuntes sumamente penetrantes, pero aún incompletos. No cabe, por tanto, asumirlas como doctrinas acabadas de las que se pueda partir sin equívocos,  puesto que, en su formulación actual,  le exigen internamente a quien las asuma su propio desarrollo. Ello no le resta fecundidad a las propuestas de Santana, pero tampoco le exime de este compromiso, más filosófico que lingüístico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos parece especialmente importante, en este sentido, que elaborase lo que ahora no parece sino una yuxtaposición entre tópicos y ortogramas. Al partir de una articulación del discurso tan peculiar como es la que se nos muestra en los tópicos, Santana logra, en efecto, aproximarnos a los mecanismos mediante los que el discurso nos procura convictio, i.e., causa sus efectos y evidencia así la condición normativa distintiva de la idea de ortograma. Pero queda pendiente el análisis de esa efectividad, si es privativa de la argumentación o si lo es –acaso en distintos modos- de todo símbolo; si cabe desarrollar la teoría de la argumentación más allá de la lógica de primer orden, modal, etc.; si, a su vez, la narración, en sus distintas formas, se deja reducir sin residuo a este género de análisis...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, estas cuestiones nos devuelven a una disputa clásica, la de la relación de la Retórica aristotélica con el Organon, y la propia articulación entre las partes que lo componen. Cabría ilustrar así, la dificultad del análisis de la narratología, aunque ello suponga también un elogio de la propuesta de Pedro Santana al ubicarla entre la lingüística y la filosofía. Este sería el conflicto que apreciamos en la misma forma de sus argumentos en este ensayo, y de él no esperamos menos que nuevos textos donde dilucidarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. Lenguaje e intuición espacial&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y si en el caso anterior dábamos cuenta del regressus filosófico ejercitado por un lingüista, no menos interesante resulta el paso contrario, el de un progressus lingüístico puesto en práctica por un filósofo. A Fernando Pérez Herranz, profesor de lógica en la Universidad de Alicante,  le conocen ya los lectores de El Basilisco por dos espléndidos trabajos suyos extraídos de su Tesis doctoral  , que sería deseable que conociese pronto una publicación íntegra en papel, pues  sin duda es una de las más sobresalientes –y, afortunadamente, no la única- de las elaboradas en el entorno ovetense durante esta última década.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fernando Pérez Herranz enseña lógica en la Universidad de Alicante y fruto de esta docencia son ya dos manuales , a los que se suma ahora, en apariencia, un tercero. Sólo en apariencia, pues, pese a la disposición de sus contenidos, Lenguaje e intuición espacial no es solamente una introducción a los conceptos elementales de la topología diferencial y a su aplicación al estudio de la semántica, aunque también lo sea. De sus siete capítulos, tres (los dos primeros y el cuarto) están dedicados a dotar al lector de unos rudimentos de topología que le permitan afrontar la lectura de los tres últimos, dedicados íntegramente al estudio de la semántica elaborada por Jean Petitot a partir de la teoría de las singularidades (o catástrofes) de René Thom.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque ciertamente es imposible abreviar en estos seis capítulos una teoría tan compleja como la de Thom-Petitot, el lector podrá servirse con provecho de los ejercicios incluidos por Pérez Herranz al final de cada capítulo para, al menos, apreciar el alcance de las tesis de ambos autores. A la dificultad matemática de la teoría de las catástrofes va muchas veces asociada una notable oscuridad filosófica -propiciada, en parte, por el propio discurso de Thom-, pero la solvencia en ambos campos de Fernando Pérez Herranz hace de Lenguaje e intuición espacial una obra indispensable para poder iniciarse en la revolución topológica que Thom propone para las ciencias lingüísticas y la filosofía del lenguaje (que en español se suma ya, no lo olvidemos, a las pioneras de López García). Y si en Semántica de la ficción el lingüista volvía sobre la filosofía en una perspectiva algebraica, aquí el filósofo ilustrará con numerosos ejemplos literarios (poemas de L.Rosales, V.Aleixandre, etc.) el rendimiento que la semántica topológica puede dar en su análisis. De ahí el interés de conjugar la lectura de ambas obras (y animamos a sus autores a enfrentarlas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el argumento de la obra no se agota en estos cinco capítulos: si en el caso anterior le objetábamos al lingüista su disimulo filosófico, también se lo reprocharemos ahora al filósofo. Pese a la apariencia positiva de los capítulos topológicos, se oculta entre ellos un tercero (“Uni- y n-dimensional”), donde sumariamente se expone toda una filosofía de la lógica, que tiene su fuente en Gustavo Bueno, y encontramos además –en sus siete últimas páginas- un argumento originalísimo debido al propio Pérez Herranz sobre la condición topológica de la lógica. La tesis que se pretende probar dice así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Considerando el teorema de Boole, que desarrolla la fórmula de Taylor bajo la ley del índice x = x2, se demuestra, por tanto, que la lógica pertenece a un despliegue de codimensión cero y que, por consiguiente, no se mueve en ninguna dirección espacial”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este análisis se apoya en el uso que Boole le dio a la fórmula de Taylor-McLaurin en la sección V de El análisis matemático de la lógica. Éste ha sido ya reiteradamente comentado, en una perspectiva gnoseológica materialista, por Julián Velarde   con objeto de ilustrar las diferencias entre el modus operandi de lógica y el de la matemática -atendiendo aquí a las indicaciones  de Gustavo Bueno. La novedad que aporta Pérez Herranz radica en la interpretación topológica de este uso booleano, y las consecuencias gnoseológicas sobre la naturaleza geométrica de la lógica que así obtiene. Merece la pena comentarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV. Lógica y topología, según Pérez Herranz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Boole, como muy bien apunta Pérez Herranz, apelaba al teorema de McLaurin con objeto de desarrollar funcionalmente su análisis ecuacional de las proposiciones. La apelación es muy abrupta, pues Boole, ya es sabido, no da otra justificación de la introducción del método de McLaurin que la misma importancia de sus resultados. Los comentaristas, que sepamos, no han ido mucho más allá en este análisis, aunque coinciden en señalar la importancia de la ley del índice en la interpretación de la fórmula de Taylor-McLaurin, para poder obtener de ella como resultados los dos valores del universo booleano. Tal es el eje de las lecturas de Velarde y Pérez Herranz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La interpretación gnoseológica materialista que Julián Velarde nos ha ofrecido del proceder de Boole se apoya en el análisis de los símbolos con los que éste opera: de la ley del índice cabría obtener ecuaciones sin sentido lógico   donde se mostraría, según Velarde, que en el sistema de Boole la suma no tendría el carácter aditivo de la aritmética, pese a la apariencia de las expresiones empleadas. Por tanto, sería también una falsa adición la que se nos daría entre los términos de la fórmula de Taylor-McLaurin, planteándose así el desafío filosófico de explicar sus usos -puesto que su efectividad lógica es innegable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Velarde ha propuesto sencillamente el retirarle su condición matemática (aritmética) al uso booleano de la fórmula: “lo que hay es una ‘trampa’”. La apariencia matemática resultaría de la confusión en la interpretación de los símbolos que compondrían los términos “sumados”, pues la totalización implícita en la operación aritmética suma no es la misma que en la suma lógica que Boole efectúa, pues en este caso el término resultante -la x, pongamos-  sería de nuevo el que aparecía en los “sumandos”, pues en estos las diferencias (entre x2 y x3, por ejemplo, presentes en los términos tercero y cuarto) se anularían en virtud de la ley del índice ( pues x3 = x(x2)  y como x2= x, x3= x2 = x). De acuerdo con la distinción de Bueno, Velarde entiende que la totalización aritmética sería atributiva, y la lógica, por su parte, sería una totalización distributiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, en que la ley del índice nos permite reducir, como antes mostramos, toda potencia de x a x2 (y ésta, a su vez, a x), cabría interpretar, según Pérez Herranz, que  las funciones electivas, en tanto que desarrolladas con arreglo a esta ley mediante la fórmula de Taylor-McLaurin, definirían  conjuntos de dimensión cero si las interpretamos geométricamente en el espacio jet de los polinomios de la forma px2+qx3+rx4, puesto que cabría reducir esta expresión precisamente a x2  si p≠0.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con esto obtendríamos, según Pérez Herranz, un argumento en favor de la teoría autogórica de la lógica defendida por Bueno. Las operaciones del lógico  (las relaciones que obtiene) se explicarían atendiendo a la materialidad de los símbolos con los que opera: el significante tipográfico sería indispensable para la constitución del propio significado de los símbolos, i.e., de las relaciones distintivas de la lógica, puesto que las operaciones que con ellos se efectúan nos remiten internamente a identidades constituidas a la escala tipográfica (a=a). Pero, a su vez, la percepción de esta identidad (de la significación de este símbolo) resulta entonces indisociable de la propia constitución del significante, de modo que a se leerá como una constante y nos será  una simple mancha  de tinta en el papel. A partir de aquí, sostiene Bueno, cabría interpretar, mediante ulteriores desarrollos, la condición lógica, que no matemática, de la ley del índice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, puesto que en la disposición tipográfica de los símbolos sobre el papel se nos mostraría su significación lógica, Pérez Herranz se propone descubrirnos la topología de esta disposición morfológica representando geométricamente (el despliegue de codimensión cero) lo que estaría contenido en ejercicio en la ley del índice. Así, cabría analizar el esquema causal con arreglo al que se constituyen, como acabamos de ver, el significante y el significado de los símbolos lógicos atendiendo a la configuración geométrica en la cual se desenvuelven nuestras operaciones con ellos.  De este modo, la teoría de Thom-Petitot sobre la semántica nos serviría para desarrollar los breves apuntes sobre la significación que subyacen a la concepción materialista de la lógica elaborada por Bueno. Y este capítulo filosófico de Lenguaje e intuición espacial se nos mostraría, al fin, como parte de las tesis sobre topología y semántica expuestas en los otros seis capítulos de la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El apunte contenido en esta siete páginas es el objeto de un ensayo más extenso que actualmente prepara Fernando Pérez Herranz, del que con seguridad cabe esperar lo mejor. Sin embargo, las dificultades no son menores. En primer lugar, porque la interpretación que nos propone se apoya en una identidad que quizá sea aparente: la semejanza entre las expresiones que definen el germen topológico x2  y se encuentran en la ley del índice no debiera ocultarnos que la variable x que aparece en ésta se define sobre A={0,1}. En A cabe definir una topología muy elemental   T = {Æ,{0},{1},{0,1}}, tal que (A,T) se convierta en un espacio topológico donde quepa definir nociones como entorno, continuidad, límite o derivada de la función dada. Pero la interpretación geométrica que nos propone Pérez Herranz se desdibuja, pues no cabe obtener en (A,T) las funciones que cabe aproximar mediante x2 en el espacio-jet mencionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otra parte, ¿cabe interpretar la identidad expresada en la ley del índice como modelo isológico distributivo de cualquier relación lógica o no sería sino un caso general de idempotencia? Haría falta decidir si esta intuición de Boole es algo más que un artificio o si es pieza indispensable para la comprensión de toda lógica., y quizá fuese de interés, en este sentido, que Pérez Herranz intentase probarnos este resultado topológico a partir de otros teoremas lógicos. Pues, en general, no podemos evitar la impresión de que su interpretación geométrica de la unidimensionalidad de las construcciones lógicas se apoya más en el carácter autogórico de estos símbolos, común a lógica y matemáticas, que en las disposiciones operatorios que distinguen ambas (que, por cierto, nos exigen la tridimensionalidad, respecto a la cual la bidimensionalidad del papel o la unidimensionalidad de las fórmulas serían más bien construcciones). En todo caso, de los trabajos de Pérez Herranz, cabe esperar soluciones que anularán, sin duda, todos estos interrogantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V. La semántica: entre lingüistas y filósofos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lectura de estos dos ensayos permite, por último, alguna observación epilogal sobre el carácter oscilante de la semántica: si el lingüista-filósofo Pedro Santana se veía obligado a regresar sobre una teoría general de las operaciones para eludir las dificultades de aproximaciones pretendidamente positivas (pero no demasiado eficientes) como las de la lógica, el filósofo-lingüista Pérez Herranz nos propone interpretar la constitución de ese espacio apotético en el que se despliegan nuestras operaciones a partir de la teoría topológica de Thom y, de este modo, interpretar la teoría del lenguaje expuesta en el Crátilo a partir de la mímesis morfológica. I.e., si Santana iba sobre los ortogramas mismos, Pérez Herranz regresa sobre su contexto determinante. Lo que se aprecia en ambos casos es que, al tratar así la semántica,  nos alejamos de la dimensión sintáctica a partir de la cual suelen considerar los lingüistas el análisis del discurso, a la cual nuestros dos autores se aproximan sólo en forma parcial.  Con todo, se diría por el contenido de ambos ensayos que esta relación sintaxis/semántica tiene algo de dioscúrica, y en parte ello podría explicar la peculiaridad del género argumental que Santana y Pérez Herranz cultivan, creemos que con enorme acierto.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Marzo 1999}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-1648439943056777701?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/1648439943056777701/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/fernando-m.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1648439943056777701'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1648439943056777701'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/fernando-m.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWmPr69HXI/AAAAAAAAAEs/CnzJ8CyfiEE/s72-c/semanticaficcion.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-8954964102315914624</id><published>2009-04-15T11:08:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.756+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='1999'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWk4w-UKOI/AAAAAAAAAEk/QenIRlqhU_k/s1600-h/politicacivica.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 72px; height: 104px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWk4w-UKOI/AAAAAAAAAEk/QenIRlqhU_k/s320/politicacivica.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324843429561379042" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;José María Rosales, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Política cívica. La experiencia de la ciudadanía en la democracia liberal,&lt;/span&gt; Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998, 285 páginas. Prólogo de José Rubio Carracedo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;El Centro de Estudios Políticos y Constitucionales acaba de editar -en su ya extensa colección “Cuadernos y debates”- Política cívica, de José María Rosales, profesor del área de filosofía moral y política en la Universidad de Málaga. Es esta una obra de enorme ambición filosófica, al menos si consideramos el alcance (académico y mundano) de las tesis que en ella se argumentan: se trata de reivindicar un liberalismo articulado sobre la idea de ciudadanía, mostrando como aquél es, a su vez, indisociable de nuestra concepción de la democracia, y permite interpretarla, además, en un sentido reformista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El argumento de Política Cívica se despliega, por así decir, en dos partes (ocho capítulos), a las que se suma un capítulo inicial de carácter metodológico, imprescindible, creemos, para comprender el desarrollo de la obra. Allí se afirma, por ejemplo, que la política es lenguaje y el lenguaje es política,  y esto le servirá a Rosales, en primer lugar, para señalar los dominios de la filosofía política respecto a los de la ciencia política, por una parte, y respecto a la política mundana, por otra. Así, ésta se definirá como actividad deliberativa de los ciudadanos en la esfera pública acerca del interés común. A su vez, el carácter contextual, contingente, de estas deliberaciones imposibilita, según Rosales, una definición unívoca de los conceptos que en ella aparecen: estas definiciones serían siempre convencionales, valorativas, y en consecuencia admitirán un tratamiento filosófico (“el lenguaje corriente sometido a una disciplina de precisión conceptual”, (p.31)) antes que científico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto explica buena parte de la construcción argumental de Política cívica, puesto que si de conceptos se trata, es comprensible que el autor recurra a la idea de paradigma –tomada de Kuhn- para explicar, por un lado, su articulación,  y por otro, el  cambio conceptual, la misma Historia política. En efecto, los cuatro capítulos que componen la primera parte de Política cívica se dedican a trazar una genealogía de la noción liberal de ciudadanía desde sus orígenes griegos y, especialmente, medievales. El alcance de esta empresa exegética se nos muestra en los tres últimos capítulos (el sexto hace las veces de gozne entre éstos y los anteriores), donde Rosales intenta soldar democracia y liberalismo sobre este concepto de ciudadanía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más allá de su precisión conceptual, es imposible dejar de advertir las consecuencias mundanas de este experimento argumental, puesto que el interés de Política cívica no es, según su autor, meramente académico. Partiendo de la concepción deliberativa de la política a la que antes nos referíamos, Rosales nos indica cómo la “interpretación y reinterpretación” de nuestra experiencia democrática ofrece, de hecho, nuevos rumbos a la nave del Estado y, en este sentido, su aportación consistiría –creemos- en ofrecer una alternativa (interna) al neoliberalismo, basada en una lectura de la tradición liberal que antepone la ciudadanía al mercado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cabe apreciar, en efecto, dos registros argumentales diferenciados, correspondientes a esta doble dimensión de la obra: así, en la primera parte, se nos ofrece un análisis erudito de los antecedentes de esa tradición  liberal, intentando mostrar su carácter originalmente cívico a partir de citas de los mismo clásicos; en la segunda, éstas decrecen y aparecen, en cambio, innumerables referencias a las disputas más actuales (desde Le Monde Diplomatique al escándalo Whitewater), acaso para que los conceptos de liberalismo y democracia queden soldados sobre los dilemas que se nos ofrecen en éste, contribuyendo de algún modo a su resolución.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El núcleo de la “propuesta discursiva” de Rosales se encuentra en la segunda parte de Política Cïvica: así, en el capítulo VII se discute la demarcación de liberalismo y neoliberalismo, defendiendo su “heterogeneidad irreductible de carácter normativo y pragmático”: el énfasis liberal en la igualdad de oportunidades como clave en el concepto de ciudadanía exigiría políticas redistributivas y una regulación estatal de los mercados, siquiera en un grado mínimo, inaceptables en cualquier caso para el neoliberal. Esta concepción de la ciudadanía se desarrolla en el capítulo VIII, a través de la figura del “contrato universalizable de derechos”, mediante la cual se pretende interpretar (a la vez que orientar) el desarrollo de los Estados democráticos desde sus mismo orígenes. En el IX y final, se discute la cuestión del pluralismo, i.e., los dilemas que actualmente plantea a nuestras democracias la extensión de este contrato de ciudadanía, por una parte, y el deficit de participación, por otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, creemos que la parte conceptualmente más original de este ensayo es la primera, donde se analiza la formación de la tradición liberal que el autor reivindica. En efecto, se trataría de mostrar cómo la idea de liberalismo propuesta en la segunda no es una mera construcción ad hoc. Para ello, se intenta trazar una genealogía de la constelación conceptual articulada en torno a su concepción del liberalismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, el capítulo II se refiere a las fuentes del contractualismo que articula su propia propuesta de ciudadanía: Rosales reivindica una tradición que se remontaría al voluntarismo de Hobbes (por oposición al iusnaturalismo), que pondría el origen de la asociación politica en el acuerdo racional de la ciudadaní, si bien Rosales rectificaría, con Arendt, a Hobbes en lo que al ejercicio del poder se refiere, optando por el pluralismo contra el poder único e indivisible del Leviathan. El capítulo III trata de los orígenes medievales del concepto de autoridad política, tratando de ver en germen la constitución de un orden autónomo respecto a la divinidad, de cuyo desarrollo surgiría la tradición contractualista que Rosales reivindica. Para ilustrar este proceso, comenta algunas obras de teólogos católicos (Santo Tomás, Juan de Salisbury, Ockham, etc.), más el “cambio de paradigma” operado por la Reforma, que origina la aparición de una pluralidad de discursos teológicos, fundamento a su vez de otros tantos discursos políticos. De la secularización subsiguiente resultaría el contractualismo moderno. El capítulo IV se ocupa precisamente de las Revoluciones inglesa y americana, puesto que en aquélla la lucha por la libertad religiosa abre el paso a otros derechos de ciudadanía; la moderna tradición republicana se busca, a su vez,  en el constitucionalismo estadounidense. A partir de aquí, los capítulos Vy VI entran ya en los conceptos de ciudadanía y representación, incorporando análisis de Maquiavelo y Rousseau, así como del federalismo estadounidense. No cabe pedirle más a 140 páginas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Política cívica es, en suma, un ensayo muy estimable por muy diversos conceptos: nos parece de mucho interés un tratamiento en perspectiva de la tradición liberal, como el que aquí se nos ofrece, y es particularmente acertado el intento de recuperar las fuentes medievales de las que parten muchas disputas modernas; resulta muy atractivo, por otra parte, su aspecto polémico, y en especial que el autor argumente en primera persona, sin refugiarse en la exégesis, que por lo demás –en especial, en la parte segunda- no se ignora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cabe discrepar, sin embargo, en cuanto a otros aspectos del ensayo: es obligado discutir, en primer lugar, la precisión conceptual de algunos de sus desarrollos. En general, cabría decir que si se trata de Historia de las ideas se trata, como ocurre en toda la primera parte, es importante establecer los nexos que median entre unas y otras para que el “cambio de paradigma” no resulte un deus ex machina (o no caer en anacronismos) ¿cómo se pudo pasar, por ejemplo, de la tradición milenaria del agustinismo político (o en general, la teocracia papal) a la constitución de un orden político autónomo? Si se pretende, por ejemplo, que hay un germen secular (el legado de Aristóteles o Ciceron) en la teología católica, a partir del cual explicaríamos el origen de la Modernidad política, ¿cómo explicar, a su vez, que algo tan alejado del siglo, en el orden de las ideas, como la libertad religiosa, pudiese llevar en el XVII al constitucionalismo moderno (pp.101-105)?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Probablemente esto tenga que ver con el postulado metodológico antes apuntado: es discutible que la política sea exclusivamente lenguaje (o en particular, deliberación) pero, en todo, caso, si se quiere tratar diacrónicamente el discurso político, debiera explicarse cómo (por qué) algunas “interpretaciones” prevalecen sobre otras: por ejemplo, por qué el neoliberalismo se impone a la tradición liberal reivindicada por el autor (máxime cuando se dice que la expansión del capitalismo “procede con independencia de teorías políticas o ideologías”, (pág. 192)). No es sólo un requisito historiográfico, pues también sería útil, filosóficamente, para entender cómo se puede dar el paso de una “propuesta discursiva” (la de este libro) a una propuesta materialmente política.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Con Marta García Alonso, abril 1999}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Éndoxa&lt;/span&gt;  13 (2000), pp. 255-258}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-8954964102315914624?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/8954964102315914624/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jose-maria-rosales-politica-civica.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8954964102315914624'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8954964102315914624'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jose-maria-rosales-politica-civica.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWk4w-UKOI/AAAAAAAAAEk/QenIRlqhU_k/s72-c/politicacivica.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-5468728108035241493</id><published>2009-04-15T11:04:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.757+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2000'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWkCgMwLBI/AAAAAAAAAEc/9zyNC36Pc-k/s1600-h/mentirasamedias.gif"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 60px; height: 85px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWkCgMwLBI/AAAAAAAAAEc/9zyNC36Pc-k/s320/mentirasamedias.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324842497345596434" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Jesús P. Zamora Bonilla, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Mentiras a medias. Unas investigaciones sobre el programa de la verosimilitud&lt;/span&gt;. Madrid: UAM Ediciones, 1996, 239 pp.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Jesús Zamora Bonilla, profesor de la Universidad Carlos III (Madrid), es un autor bien conocido para el lector de Theoria por sus publicaciones en filosofìa general de las ciencias y en filosofía de la economía. Sólo su distribuidora es culpable de que muchos lectores ignoren aún el primer libro de Zamora, Mentiras a medias, un amplio estudio de la idea de verosimilitud que incluye, además, una propuesta original del autor en la que se encuentra el núcleo del que es ahora su proyecto filosófico. El trabajo en epistemología general de las ciencias que aquí presentamos se articula, en efecto, con sus aportaciones a la economía de la ciencia (e.g., Theoria 14: 36 (1999)) y a la propia reconstrucción racional de la metodología económica (e.g., Journal of Economic Methodology 6: 3 (1999)). No está de más, por tanto, el volver sobre los fundamentos de este proyecto, pues, como es sabido, no son pocas las dificultades que ofrece el concepto de verosimilitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las dos primeras partes de Mentiras a medias contienen una exposición de la concepción original de Popper y su recepción (caps.I y II), así como de sus principales desarrollos. Así, en el tercer capítulo aparecen enumeradas las distintas fórmulas lógicas propuestas para definir la verosimilitud entre 1970 y 1990 y sus dificultades, con la excepción de la de Niiniluoto, de la que trata el capítulo IV (“El enfoque sintáctico de la similaridad”). El capítulo quinto nos presenta, por último, la aproximación semántica a la verosimilitud iniciada por Hilpinen, Miller y Kuipers, éste ya en clave estructuralista. El análisis que Zamora nos ofrece es, obviamente, formal, aunque amable con el lector, y amplía considerablemente otras introducciones disponibles en nuestro idioma, de lo que sin duda podrán aprovecharse tanto el estudiante como el lector curioso. A esto se añade además la ayuda inestimable que ofrece su índice analítico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero hay más, desde luego. Como apuntábamos antes, la tercera parte de la obra contiene una aportación original de Jesús Zamora al debate sobre la verosimilitud, que se suma, entre otras, a las de filósofos españoles como M.A.Quintanilla, J.Sanmartín, y A.Rivadulla, entre otros -comentadas, por cierto, en la obra. Así, en el capítulo VI Zamora enfrenta las dificultades más generales que encuentra el concepto de verosimilitud, exponiendo sus propias opciones. Con Lakatos, Zamora nos recuerda que la verosimilitud adquire su auténtico sentido filósofico (el que ya tenía en Popper) si nos permite reconstruir racionalmente ciertos aspectos de la actividad de los científicos, como el mismo progreso de las ciencias. Puesto que el rigor lógico de las definiciones expuestas en la segunda parte de la obra dificulta esa posible reconstrucción, Zamora opta por una reformulación netamente probabilística de la verosimilitud (cap.VII), ponderando la semejanza de una teoría con la evidencia empírica disponible (la probabilidad de que la verdad de ambos conjuntos de enunciados coincidad) con el rigor de esta Evidencia (el inverso de su probabilidad).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otra parte, respecto a los problemas epistemológicos que plantea la verosimilitud (su relación con la verdad, la incomensurabilidad interteórica, etc.), Zamora nos propone adscribir siempre el concepto a una comunidad científica en particular, al modo de Moulines, puesto que la semejanza (núcleo de su definición) siempre supondría la perspectiva de un observador. La verosimilitud se referiría, por tanto, al grado (subjetivo) en que una comunidad científica estima que una teoría se aproxima a la verdad. Si el concepto de verosimilitud propuesto permite reconstruir, y aun predecir, estas estimaciones, se tendrá por correcto, señala Zamora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este sentido, Mentiras a medias tendría un carácter preambular: en él se nos ofrece ya una muestra del rendimiento teórico del concepto propuesto, pues con él se pueden derivar un buen número de propiedades epistemológicamente interesantes, pero el propio autor nos indica que su efectividad deberá mostrarse analizando casos concretos (pág.221). Zamora dedicamente el capítulo octavo y último del libro a discutir el alcance filosófico de su aportación, donde se nos presenta, diríamos, como una actualización del racionalismo crítico frente al sociologismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Obviamente, sólo cabrá evaluar estas pretensiones a la luz de su propio desarrollo empírico. Sin embargo, concluida la lectura, aparecen algunos interrogantes en apariencia difíciles de contestar desde sus páginas. Pues si con el concepto de verosimilitud propuesto se evitan dificultades formales, nada se nos dice de sus posibles inconvenientes probabilísticos. Si se reconoce, por ejemplo, que “algo anda mal en la teoría popperiana de la probabilidad” (p.179 n.), ante las paradojas que da lugar la interpretación de proposiciones veritativas en dominios de instanciación infinitos, no se explica, en cambio, qué técnicas (¿bayesianas?) nos permitirán estimar el concepto de semejanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puesto que se nos presenta como alternativa al sociologismo, no debemos olvidar, además, que la clásica obra de Bloor Conocimiento e imaginario social parte, entre otras, de las dificultades de la epistemología probabilista de Mary Hesse (véase la página 241 de la edición española sobre el finitismo) con la interpretación popperiana de la probabilidad. Y recordemos también que contamos ya con estudios externalistas que “amenazan” la misma integridad epistemológica de las probabilidades (v.gr. el Cognition as Intuitive Statistics (1987) de Gerd Gigerenzer y D.J.Murray), o al menos, nos previenen contra cualquier interpretación ingenua de su dimensión cognoscitiva: ¿por qué, en efecto, tendríamos que asimilar racionalmente la adquisición de conocimientos a un proceso probabilístico (definir las mentiras por las medias), sin pedir el principio, i.e., que la racionalidad consistiera en la propia definición matemática del cálculo de probabilidades?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, Jesus Zamora no ignora estas dificultades y otras muchas, pues, como decíamos antes, el suyo es un proyecto filosófico en marcha y aplica la teoría de la verosimilitud al análisis filosófico de la economía en constante debate con economistas (que a menudo también son filósofos, como señaladamente Juan Carlos García-Bermejo y Juan Urrutia). Del desarrollo de sus trabajos cabe esperar no sólo respuestas, sino también nuevas y fecundas preguntas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Febrero 2000}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Theoria&lt;/span&gt; 39 (2000), 245-247}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-5468728108035241493?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/5468728108035241493/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jesus-p.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5468728108035241493'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5468728108035241493'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jesus-p.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWkCgMwLBI/AAAAAAAAAEc/9zyNC36Pc-k/s72-c/mentirasamedias.gif' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-5821601528929891248</id><published>2009-04-15T11:00:00.003+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.757+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='sociología de la ciencia'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2000'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWi9shTZYI/AAAAAAAAAEU/cPRwDMgDY8Y/s1600-h/cienciaencrucijada.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 74px; height: 116px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWi9shTZYI/AAAAAAAAAEU/cPRwDMgDY8Y/s320/cienciaencrucijada.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324841315242042754" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Pablo Huerga, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;La ciencia en la encrucijada&lt;/span&gt;. Oviedo: Pentalfa, 1999, 655 pp.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Comentábamos, en un número anterior de Empiria, la aparición de la versión española del libro de David Bloor Conocimiento e imaginario social, acusada algunas veces de idealismo por otros tantos críticos de su sociología de la ciencia. Le toca ahora el turno al materialismo, pues acaba de aparecer La ciencia en la encrucijada, un extenso análisis de una de las obras emblemáticas de la sociología marxista de las ciencias, Las raíces socioeconómicas de la mecánica de Newton, la ponencia presentada por Boris Hessen en el Segundo Congreso Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología celebrado en Londres, en 1931.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como muchos ya sabrán, Hessen formuló sus tesis aplicando al análisis de la obra de Newton, y en particular a sus Principia, los principios del materialismo marxista: se trataba de establecer los factores económicos y sociales a partir de los cuales se gestó, explicando a partir de aquí sus logros y, especialmente, sus defectos. La influencia de Hessen es tan amplia como difusa, pues son muchos (y muy ilustres) los que defendieron o atacaron sus tesis: baste mencionar a A.R.Hall, R.K.Merton, S.Toulmin o G.Basalla, pero tampoco dejará de recordar a Hessen el lector de Leviathan and the Air Pump. Considerando la falta de estudios españoles sobre Hessen, no podrá dudarse del interés de un análisis como el que Pablo Huerga emprende en La ciencia en la encrucijada, que tiene además el aliciente de ofrecer en un extenso apéndice, de casi 200 páginas, la traducción de numerosos textos de Hessen hasta ahora inéditos en nuestra lengua, más una versión anotada de Las raíces.....y un apunte sobre su biografía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conviene advertir, sin embargo, que el propósito de Huerga no es filológico o erudito: pretende más bien polemizar con Hessen a partir de un análisis filosófico de su obra, oponiendo a sus tesis las de la filosofía de la ciencia también materialista de Gustavo Bueno. Así, por una parte, se interpretan y critican los fundamentos filosóficos de la idea de ciencia ejercitada por Hessen desde sus fuentes en la obra de Engels y el marxismo soviético; a ello se dedican principalmente los cinco primeros capítulos y los cuatro últimos. Por otra parte, Huerga ensaya una interpretación alternativa de los materiales analizados en la ponencia de Hessen, intentando mostrar que su crítica no se refiere a una mera disparidad de opinión sobre qué se entiende por materialismo: se trata de explicar la condición filosófica o sociológica de la mecánica de Newton. De esto se ocupa la parte central de la obra, los diez capítulos restantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De los cinco epígrafes de la ponencia de Hessen, Huerga se concentra en la parte que se refiere al credo teológico de Newton, en la medida en que aquí se apreciarían los compromisos sociales del autor -a través de su asociación con los latitudinarios, etc.-, como las servidumbres de su mecánica, principalmente a través de su concepción de la materia. Si bien disponemos ya de un buen número de estudios sobre los nexos entre ciencia, religión y política en la  Inglaterra del XVII, no ocurre lo mismo con la obra teológica de Newton, pese a que su volumen supera ampliamente al de sus escritos científicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aspecto más original del análisis de Huerga se refiere, por tanto, a la intersección de teología y física, atendiendo en particular a los Principia y la Óptica, vindicando la concepción newtoniana de la materia contra Hessen. Se trata de uno de los más antiguos motivos de la sociología del conocimiento, al menos desde Durkheim: la analogía entre el orden social y el orden del cosmos. Así como el monarca exige plena sumisión a sus subditos, el Dios omnipotente de Newton sólo admitiría una materia absolutamente pasiva. Esta vendría a ser la interpretación de Hessen, que defendió contra Newton el materialismo cartesiano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Huerga, en cambio, y con independencia de las intenciones manifestadas por Newton, relativizaría esta pretendida inactividad de la materia, atendiendo, por un lado, a su concepción de la inercia, y por otro, a la misma sumisión divina a las leyes de la mecánica, que restringiría su omnipotencia. Sin embargo, diríamos que Huerga insiste más en la vertiente apagógica de sus argumentos (i.e, mostrar que el materialismo cartesiano no era lo que Hessen pretendía), que en probar positivamente sus tesis, lo cual dificultará, sin duda, su aceptación, considerando su originalidad. En principio, porque Newton se ocupó de la materia, antes y después de los Principia, en contextos no exclusivamente mecánicos (v.g., al tratar de fenómenos químicos, eléctricos, ópticos, etc.), donde los corpúsculos aparecen animados por “principios secretos de insociabilidad”, “naturalezas incorpóreas”, etc. Nuestro autor, desde luego, no lo ignora: quizá restrinja simplemente su análisis al dominio de los Principia (y acaso a ciertas partes de la Óptica), donde estas expresiones no aparecen. Pero, en general, poco se dice sobre la materia, y tampoco mucho sobre Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La paradoja de esta interpretación de Huerga es que se interpreta a Newton allí donde permanece más silencioso: si el Dios omnipotente del Escolio General de los Principia no puede ejercer su dominio sobre las leyes de la mecánica, cambiándolas, ¿por qué debemos interpretar esta aparente contradicción en términos de una subversión filosófica de la idea de Dios (tomándolo como la natura naturans spinoziana (pág.308)) y no, más bien, como un simple residuo teológico extraviado en los dominios de la física (pág.228)? Y si se trata del Dios de los filósofos y los teólogos, ¿cuál es la teología de Newton, más allá de su obra científica?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se echa de menos, por último, puesto que de Hessen se trata, alguna consideración sobre los dilemas que plantea explicar los orígenes tecnológicos de las tesis de los Principia, o su interpretación política, si alguna cabe. Pero ello se ve compensado, por otra parte, con un buen número de análisis sobre distintos aspectos de la teoría marxista y su desarrollo soviético, sobre los que aquí no podemos extendernos, pero que no dudamos en recomendar, avalado como está por la autoridad de Serguei Kara-Murza, autor del prólogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El panorama de la filosofía y la sociología de las ciencias en España se ve enriquecido, en suma, una obra valiosa, que nos introduce en la vida y la obra de Hessen, a la vez que en algunas de las disputas más vivas de nuestro tiempo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Marzo 1999}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Empiria&lt;/span&gt;  2 (1999), pp. 283-4}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-5821601528929891248?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/5821601528929891248/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/pablo-huerga-la-ciencia-en-la.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5821601528929891248'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5821601528929891248'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/pablo-huerga-la-ciencia-en-la.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWi9shTZYI/AAAAAAAAAEU/cPRwDMgDY8Y/s72-c/cienciaencrucijada.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6487624663019856464</id><published>2009-04-15T10:57:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.757+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2000'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWh26sB65I/AAAAAAAAAEM/azhJXZ-LCOA/s1600-h/caosorden.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 76px; height: 112px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWh26sB65I/AAAAAAAAAEM/azhJXZ-LCOA/s320/caosorden.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324840099274419090" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Antonio Escohotado, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Caos y Orden&lt;/span&gt;, Madrid: Espasa, 1999, 390 pp.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Premio Espasa de Ensayo 1999 y cinco ediciones en poco más de seis meses: pocos libros pueden compararse a Caos y Orden en su arrollador éxito «de crítica y público». Es probable que muchos lectores de esta reseña conozcan ya el libro y, sin embargo, creemos que vale la pena volver de nuevo sobre su contenido, siquiera sea para intentar explicar por qué despierta tanto interés. No es, desde luego, evidente, si consideramos que se abre con una primera parte (seis capítulos) dedicada a la exposición del «cambio de paradigma» que produjo la teoría del caos, es decir, a una disquisición filosófica sobre la posibilidad de predecir el «orden del cosmos» (desde las partículas elementales a los cuerpos negros) apoyada en conceptos muy alejados de los actuales programas científicos del Bachillerato (atractores extraños o estructuras disipativas, por ejemplo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por el afán pedagógico de Escohotado, podemos suponer que muchos lectores se toparán por vez primera con estos conceptos en su libro, y quizá en ello se encuentre una de las claves de su éxito. Pues si la cultura científica del lector de Escohotado fuese algo más sólida, quizá su reacción hubiese sido más parecida a la de Antonio Fernández-Rañada: «Al leer el libro fui marcando en el margen los lugares donde había imprecisiones, despistes o errores de bulto. Dejé de hacerlo al llegar a las sesenta marcas» . Si pensamos que esta primera parte ocupa 127 páginas, la media de equívoco por página no deja en buen lugar como divulgador a Escohotado, pese a que él mismo invocase a Sokal y Bricmont para mostrar «hasta que punto la jerga técnico-científica sirve hoy para velar una falta de nociones precisas, envolviendo banalidades e incoherencias en un abstruso ropaje de seudo-información» (p.22).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pese a todo, y por paradójico que resulte, el libro no pierde interés. Pues el objeto de estas 127 primeras páginas es mostrar –algo enrevesadamente, eso sí– cómo el indeterminismo es parte de la imagen de la Naturaleza en la física actual, cosa que cabe conceder, desde luego. Tampoco son necesarias muchas más precisiones, creemos, pues en la segunda y última parte de la obra sólo encontramos los conceptos expuestos en la primera ocasionalmente, a modo de metáforas que a menudo el lector podrá captar sin necesidad de volver sobre los capítulos anteriores. En realidad, la tesis del libro admite una formulación sencilla: así como la física clásica, con Newton, nos ofrecía una imagen determinista y pasiva de la Naturaleza (la materia) que, analógicamente, serviría de fundamento para el absolutismo político, la teoría del caos nos exigiría, según Escohotado, «asumir el cambio de paradigma a nivel político y ético» (p.126), proyectando esta nueva imagen del cosmos en nuestras sociedades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La analogía no es nueva. Durante el siglo XVIII, abundaban los partidarios de extender las ideas de Newton a los dominios de la sociedad (siendo ocasionalmente denunciados en un tono cercano al que hoy emplea Sokal, según advierte F.Lefebvre). Dos de las obras fundacionales de la moderna sociología de la ciencia tienen, precisamente, este objeto: de 1903 data el clásico ensayo de Durkheim y Mauss sobre algunas formas primitivas de clasificación, donde se intentaba mostrar cómo en el orden del cosmos se proyectaba la organización de la sociedad; en 1931, Boris Hessen presentaba su famosa ponencia sobre las raíces socioeconómicas de la mecánica de Newton, en la que se pretendía poner de manifiesto cómo las opciones ideológicas (en particular, teológicas) del autor de los Principia determinaban la concepción de la materia en su mecánica. En sentido inverso, podría decirse que la física social de Comte constituía la expresión más acabada del newtonianismo moral. Del mismo modo, la sociología de Jesús Ibáñez podría interpretarse como física social de segundo orden, según indicó alguna vez Emmánuel Lizcano, y en ella encontramos, desde luego, la traslación sociológica más acabada de esos mismos principios caóticos que ahora invoca Escohotado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A diferencia de Ibáñez, nuestro autor no pretende construir una teoría sociológica, sino dotar de un fundamento filosófico a una serie de propuestas políticas ya esbozadas anteriormente . A estos efectos, se trataría de mostrar, en primer lugar, que el fracaso del marxismo como proyecto revolucionario es consecuencia de su inspiración determinista, según el ideal de Newton. Así, el fracaso de la Revolución soviética se explicaría (caps. VIII y IX) por una voluntad de planificación ignorante de la naturaleza indeterminista de la evolución social. A modo de contraejemplo, la imposibilidad de predecir los fenómenos sociales se nos mostraría claramente en los mercados financieros («un prototipo de sistema volátil que concentra buena parte de la inventiva contemporánea»), analizados mediante las nuevas herramientas caóticas (caps. X y XI). A partir de aquí, en los siete capítulos restantes, Escohotado nos propondrá las líneas maestras de su propia concepción de la sociedad (más allá, se nos advierte, de la oposición entre izquierda y derecha [p.230]).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, puesto que el progreso sería un resultado del propio despliegue de la libertad (la impredecible espontaneidad), el libertario debería aceptar el ejercicio posibilista del poder (en particular, el Estado: pp.227-ss). El Derecho aparece así como «instrumento del control sobre el control» (p.278), adecuadamente dotado de una policía judicial. En consecuencia, debieran eliminarse los demás cuerpos policiales, y el propio ejército,  pues quizá las armas atómicas (p.233) bastasen para garantizar la paz en un mundo en el que ya sólo estaría seriamente amenazada por el fundamentalismo islámico. En todo caso, el Estado debiera perder muchas de sus actuales competencias: la descentralización sería la vía regia para el desarrollo de la libertad, y en particular, para la resolución de los conflictos nacionalistas. En un mercado mundial, las naciones serían libres de escindirse constituyendo sus propios Estados, como en general, cualquier grupo (pp.255-6). En virtud de este mismo principio, debiera restringirse la acción del Estado y los partidos, a favor del mandato imperativo de los representantes populares y el referéndum como mecanismo preferente de decisión política (gracias a las amplias posibilidades que ofrecen las redes electrónicas de comunicación), tal y como propugna el Partido Radical italiano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No serán estas propuestas la auténtica clave del éxito de Caos y orden? Podría ser, pero si el atractivo de la parte primera se explicaba, decíamos, por el desconocimiento de la teoría del caos entre el público español, tentados estamos de preguntarnos si el eco que encuentra esta propuesta política no admitiría una explicación análoga. Basta con retroceder a 1944 y hojear Camino de servidumbre, el clásico ensayo de Friedrich von Hayek, para advertir concomitancias que a muchos parecerán sorprendentes. También allí se defendía, contra la planificación revolucionaria socialista, una concepción de la libertad basada en la imposibilidad de predecir el curso futuro de una sociedad. Este era también el argumento de Frank Knight y los primeros economistas de Chicago, o del Karl Popper de La miseria del historicismo.  La incertidumbre debía dejar paso a la espontaneidad de la acción individual, que se desplegaría en la objetividad de un orden jurídico, asegurado por un Estado mínimo y descentralizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá entre nosotros esta tradición libertaria sea más conocida por su defensa del libre mercado, que a muchos parecerá amenazante para la propia libertad. En este punto, Escohotado vacila: deberíamos confiarnos «a la estructura disipativa del mercado» (p.323), aunque reconozca que puede provocar un estallido social (p.237). Por lo demás, los libertarios americanos (Milton Friedman, nada menos) se han distinguido en la lucha por la abolición del servicio militar, la legalización de las drogas y otras muchas causas del agrado de nuestro autor (y quien piense que con distinto fundamento, debiera confrontar los textos). No se ve motivo, en efecto, para que Escohotado sólo cite a Adam Smith y Thomas Jefferson, cuando podría encontrar clásicos muchos más cercanos, que, como él, piensan que la empresa de Reagan o Thatcher fracasó por no reducir el gasto público (el ya citado Friedman, por ejemplo). En efecto, ¿por qué citar al más conspicuo especulador bursátil, G.Soros, y no a su maestro Popper? Quizá pueda alegarse devoción por Hegel (cuyo «todo lo real es racional» se asume en la p. 230) u otros autores continentales (como Jünger). Pero ¿cambiaría eso el signo político de su interpretación? ¿No era también Hegel, leído a través de Kojève, la fuente de Francis  Fukuyama (también citado por nuestro autor) al proclamar el fin de la historia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En suma, diríamos que la operación de Escohotado consiste en traducir a términos caóticos una concepción neoliberal de la sociedad, por lo demás bien conocida. Esto explica que su concepción de la libertad resulte inteligible, aun cuando fracase en su empeño de divulgar la teoría del caos, pues, en realidad, no es nueva. Se trata de una reexposición parcial de un programa político que, en sus últimas versiones, tiene ya medio siglo, reinterpretando algunos aspectos (¿los más atractivos?) y oscureciendo otros (en particular, económicos). Su éxito nos parece, en cualquier caso, dudoso. Pues si el neoliberal podía servirse de la economía neoclásica para asegurar que de la interacción individual espontánea resultaría un equilibrio, en principio benéfico, a Escohotado el análisis caótico de la ingeniería financiera (el único aspecto auténticamente original del libro) sólo le permite afirmar que el mercado, como el propio curso de la sociedad, es impredecible. No se entiende muy bien por qué el autor se obstina en pensar que su espontaneidad será tan benéfica, cuando, en rigor, los resultados podrían resultar igualmente perversos («Del Caos nacieron Erebo y la negra Noche», cantaba Hesiodo). ¿No es ésta una opción fideista?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así lo creemos. En cierto modo, y pese a sus propias intenciones, diríamos que Escohotado nos hace retroceder en política hasta el estadio teológico, aquel en que, como apuntaba René Thom en su debate con Prigogine, el azar se concibe como la posibilidad de que un Dios omnipotente intervenga en cualquier momento cambiando el curso de las cosas de modo impredecible. Por ejemplo, esa deidad protestante a la que Newton apelaba en el Escolio general de sus Principia (tan repetidamente invocado por el autor de Caos y orden). Contra esta divinidad arbitraria, Thom proponía recuperar la tradición aristotélica del racionalismo tomista (sin «h»: la del dominico Tomás de Aquino). A quien la conozca, puede resultarle divertido observar como nuestro descreído Escohotado acaba inadvertidamente del lado del voluntarismo escotista (sin «h»: el del franciscano Duns Scoto). ¿Qué partido tomaremos entonces los ateos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Mayo 2000}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Anábasis&lt;/span&gt; 2ªépoca, 3-4 (2000), pp. 175-178}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6487624663019856464?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6487624663019856464/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/antonio-escohotado-caos-y-orden-madrid.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6487624663019856464'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6487624663019856464'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/antonio-escohotado-caos-y-orden-madrid.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWh26sB65I/AAAAAAAAAEM/azhJXZ-LCOA/s72-c/caosorden.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6582588106306278317</id><published>2009-04-15T10:53:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.758+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2001'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWhHn1dFBI/AAAAAAAAAEE/TxS2Pzd0y7U/s1600-h/sobrepasiones.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 63px; height: 96px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWhHn1dFBI/AAAAAAAAAEE/TxS2Pzd0y7U/s320/sobrepasiones.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324839286759822354" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Jon Elster, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sobre las pasiones. Emoción, adicción y conducta humana&lt;/span&gt;, trad. de J.F. Álvarez y A.Kiczkowski, Barcelona, Paidós, 2001.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Todavía hoy, a Jon Elster se le asocia en España con el marxismo de la elección racional, esa lectura analítica de la obra de Marx que se originó en las sesiones del September Group entre Londres y Oxford a principios de los años ochenta. Como filósofo de las ciencias sociales —una de sus muchas caras—, Elster defendió entonces un enfoque de la explicación intencional basado en mecanismos, canónicamente ilustrado por los modelos de elección desarrollados en la teoría de juegos.  Pese a su acuidad formal, no estaba demasiado claro cómo se inscribían tales elecciones en la tantas veces confusa subjetividad del  elector empírico. Por su parte, Elster nunca  eludió esta dificultad y comienza a explorar una amplía casuística con la que ejemplificar tales mecanismos en sucesivos trabajos, bien conocidos del público español: Ulises atándose al mástil de su nave para escuchar el canto de las sirenas, la zorra que renuncia a las uvas verdes, etc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es extraño que su obra desembocase en un amplio estudio sobre las emociones que dio a la imprenta en 1999 con el título Alquimias de la mente, cuyo primer capítulo se dedicaba precisamente a la cuestión de los mecanismos. Allí donde no se dispone de leyes, defiende Elster, la explicación debe basarse en esquemas causales que den cuenta de por qué, en unas circunstancias dadas, algunas ocasiones ocurren unas cosas y otras veces no. Se objetará que este enfoque es más bien casuístico, y ajeno, por tanto, a nuestros ideales científicos, pero probablemente a esa admirador de Montaigne que es Jon Elster esta calificación no le disgustará. Así como éste desgranaba la diversidad del alma humana en sus Ensayos, Elster estudia los sentimientos examinando incontables ejemplos extraídos de los más diversos dominios mundanos (proverbios, novelas, ...) y académicos (neurología, fisiología, psicología...) en busca de mecanismos, ya que no de leyes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que para algunos es, peyorativamente, dispersión intelectual, para Elster probablemente sea fidelidad a la propia condición rapsódica del campo. Así, en 1999 edita también Getting Hooked, un volumen sobre la adicción en el que participan, entre otros, economistas, sociobiólogos, psiquiatras y filósofos. Puesto que no hay leyes que sirvan como criterio de demarcación, no bastará un solo enfoque para agotar un fenómeno como la adicción. La búsqueda de mecanismos será, necesariamente, interdisciplinar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre las pasiones, basado en las conferencias Jean Nicod dictadas en París en 1997, es una buena introducción a estas pesquisas del último Elster. Se trata de un análisis comparado de las emociones y la adicción, en el que nuestro autor explora las posibles homologías entre los mecanismos que operan en ambos fenómenos —así, los capítulos 2 y 3. Además, se pretende analizar cómo se articulan emociones y adicción con normas, valores, conceptos y creencias culturamente mediados (cap. 4) y también de qué modo afectan a la elección (cap.5).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El programa no pudo ser más ambicioso, y quizá por ello el resultado sea algo decepcionante, si se compara con los otros dos volúmenes que antes citábamos. En su estudio de las emociones, Elster no sólo evita cualquier análisis filosófico —como los ensayados recientemente por David Casacuberta, entre nosotros—, sino que se resiste a cualquier reducción causal, ya sea desde la fisiología, la neurología, la etología, etc. Nuestro autor se queda a un paso del célebre Ignorabimus de aquel fisiólogo positivista enfrentado al misterio de la conciencia que fue Emil Du Bois-Reymond (cf. p. 51) y opta por una descripción fenomenológica de las emociones entre Teofrasto y La Bruyère.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un tratamiento casuístico requiere una considerable extensión, y las treinta páginas que Elster dedica al tema de cultura, emoción y adicción son claramente insuficientes comparadas, por ejemplo, con el tercer capítulo de las Alquimias de la mente. El capítulo 5, «Elección, emoción y adicción» quizá sea el más compacto, tanto por las gradaciones que se introducen en el propio concepto de elección (según la sensibilidad  a la recompensa), como por la actualidad de los asuntos tratados («La elección de convertirse en un adicto», «La adicción y el autocontrol»). Si en estos temas el ensayo filosófico compite en el mercado editorial con los libros de autoayuda, por una parte, y con el género de la farmacología folk que con tanto éxito practican autores como Antonio Escohotado, Sobre las pasiones presenta un enfoque racionalista que bien merecería una atención del público. Además, esta vez, a diferencia de otras, la versión española lo merece. Esperemos que abra paso a nuevas traducciones, igualmente sólidas, de los últimos trabajos de Elster.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Octubre 2001}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Isegoría&lt;/span&gt; 25 (2001), pp. 314-315}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6582588106306278317?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6582588106306278317/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jon-elster-sobre-las-pasiones.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6582588106306278317'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6582588106306278317'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/jon-elster-sobre-las-pasiones.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWhHn1dFBI/AAAAAAAAAEE/TxS2Pzd0y7U/s72-c/sobrepasiones.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-4463738894574430508</id><published>2009-04-15T10:50:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.758+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='estadística'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2002'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWge3Me2EI/AAAAAAAAAD8/w_TwdLicl8c/s1600-h/mathematiquespolitique.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 60px; height: 88px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWge3Me2EI/AAAAAAAAAD8/w_TwdLicl8c/s320/mathematiquespolitique.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324838586508302402" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Thierry Martin, dir., &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Mathématiques et action politique. Études d’histoire et de philosophie des mathematiques sociales&lt;/span&gt;, París, Institut National d’Études Démographiques [INED], 2000, 225 pp.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;A la vista del catálogo de nuestro Instituto Nacional de Estadística, quién dejará de sorprenderse al descubrir entre las colecciones auspiciadas por el INED francés una dedicada a los Clásicos de la economía y la población, con cuidadísimas ediciones de Condorcet, Süssmilch, Quesnay, Graunt.... A esta colección se suma ahora, bajo la dirección de Eric Brian (EHESS), otra serie de Estudios e investigaciones históricas, cuyo primer volumen comentamos aquí. Matemáticas y acción política, compilado por Thierry Martin (Université de Besançon), es, además, una excelente representación de los trabajos que en Francia se desarrollan en torno a la matemática social desde múltiples enfoques (históricos, filosóficos, sociológicos... ).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La articulación de estos enfoques quizá sea el aspecto más original y fructífero de esta tradición francesa. Como ilustración de sus orígenes, resulta un acierto por parte de Thierry Martin la inclusión de un antiguo trabajo publicado por Georges-Théodule Guilbaud en 1949 para presentar la teoría de juegos a los economistas franceses . Guilbaud supo advertir la continuidad de los trabajos de Von Neumann y Morgenstern con los de los matemáticos de la Ilustración (de hecho, fue  Guilbaud el «corresponsal» que advirtió a Kenneth Arrow de los antecedentes de sus trabajos en la obra de Condorcet) y contribuyó a fundar, en ese espíritu, el Centre d’Analyse et de Mathématiques Sociales de la EHESS. Desde allí Marc Barbut impulsaría, años después, el Seminario de Historia del cálculo de probabilidades y de la estadística con trabajos como el que se incluye en este volumen: una sutil exploración de los argumentos estratégicos de Maquiavelo desde  la teoría de juegos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no se trata de una iniciativa exclusivamente parisina. Desde Besançon, el Laboratorio de investigación filosófica sobre lógica de la acción, dirigido por Robert Damien, organiza regularmente coloquios internacionales que reunen a especialistas internacionales, como el que dio origen a este volumen. Muestra de los trabajos que en él se desarrollan es el texto del coordinador del volumen, Thierry Martin, en el que se analiza el ajuste entre los modelos matemáticos de decisión y las decisiones empíricas.  En una perspectiva igualmente filosófica se cuentan los trabajos de E. Picavet (U. París I) y D. Parrochia (U. Montpellier) en los que se discute, respectivamente, la articulación de los enfoques sanitario y económico en las decisiones médicas y el alcance de la modelización matemática del concepto de utilidad a la luz de sus orígenes intelectuales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero quizá el relator más evidente entre matemáticas y política sea la economía. Marco Bianchini (U. Parma) nos muestra que esto ya ocurría en la Italia del siglo XVI, a través de un estudio de la obra de Gasparo Scaruffi. En ella se exige la intervención gubernamental para asegurar la estabilidad del orden monetario (dato da Dio &amp;amp; osservato dalla Natura), cosa que el autor aconsejó en diversas memorias enviadas a numerosos príncipes. Por su parte, y ya en el siglo XX, Sebastian Herz (U.T. Berlin) opone a este consejero aulico la figura del consultor representada por el interesantísimo estadístico alemán en Ernst Gumbel, de quien se incluye, además, la versión francesa de su «Klassenkampf und Statistik» (1928).  Merece la pena leer paralelamente su análisis y el que Michel Armatte (U. Paris-Dauphine) nos ofrece de X-Crise, el grupo de ingenieros franceses que en esa misma época defendió la planificación como alternativa tecnocrática para enfrentar las crisis económicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es interesante advertir el difícil equilibrio de Gumbel para defender al mismo tiempo que «la estadística es una ciencia específicamente capitalista» y, sin embargo, necesaria para la planificación económica. Como explica Hertz, a un lado tenía a economistas como los de X-Crise y al otro a los gestores soviéticos que pretendían prescindir de ella ante el inmediato advenimiento del comunismo. ¿Triunfó la estadística en Occidente por las razones que alegaba Gumbel en su escrito? El estudio de Armatte ofrece indirectamente algunas claves para mostrar que el pensamiento de Gumbel, dejando a un lado su opción política, no difería tanto del de los propios planificadores capitalistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, el estudio de Eric Brian toma como objeto la propia demografía, a propósito de la cual plantea un dilema clásico: las cifras que nos proporcionan los demógrafos de otros tiempos (las que encontramos en los quipus incas o en los archivos de la Francia revolucionaria) ¿en qué medida son conmensurables con los números con los que cualquier demógrafo actual opera? El dilema que plantea su propia artículo es si una sociología objetivista (de inspiración bourdieusiana) puede explicarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En suma, no se trata de un estado de la cuestión, pues los estudios que aquí se presentan intentan más bien replantearla, superando viejas polémicas ya completamente ausentes de este volumen (la disputa del positivismo, las ciencias sociales como forma de brujería...). Se trata ahora de contrastar distintas perspectivas (filosóficos, sociológicos, etc.) no necesariamente armónicas, con objeto de que aparezcan nuevos enfoques para estudiar los nexos entre matemáticas y acción política. Que sea un organismo público como el INED la que nos ofrezca la oportunidad de iniciar este debate resulta admirable, y demuestra, de un modo irónico, las tesis de Gumbel: la perversidad de las instituciones capitalistas es tal que animan la discusión sobre sus propios cimientos. Esperemos que pronto se dé el caso en España.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Marzo 2002}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Theoria&lt;/span&gt; 17 (2002), pp. 391-392}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-4463738894574430508?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/4463738894574430508/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/thierry-martin-dir.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4463738894574430508'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4463738894574430508'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/thierry-martin-dir.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWge3Me2EI/AAAAAAAAAD8/w_TwdLicl8c/s72-c/mathematiquespolitique.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-4824839410923539535</id><published>2009-04-15T10:45:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.759+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2002'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWfZSr951I/AAAAAAAAAD0/QwK2a8F_gjo/s1600-h/etaestado.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 59px; height: 96px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWfZSr951I/AAAAAAAAAD0/QwK2a8F_gjo/s320/etaestado.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324837391297275730" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Ignacio Sánchez-Cuenca, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;ETA contra el Estado. Las estrategias del terrorismo&lt;/span&gt;, Barcelona, Tusquets, 2001&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;A menudo se comenta la escasez de enfoques analíticos en la ciencia social española. Quizá por eso resulte una sorpresa encontrarse con un ensayo como ETA contra el Estado en el que la teoría de la elección racional se aplica al análisis de la estrategia terrorista en el conflicto vasco durante estos últimos veinticinco años. La sorpresa se atenúa al conocer al autor, Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor en el Instituto Juan March, una de las instituciones de referencia en la aplicación de este enfoque a cuestiones sociales y políticas. No obstante, ETA contra el Estado no es un tratado académico, sino un ensayo polémico, perfectamente asequible para cualquier lector culto. Por una parte, se presenta en él un análisis bien distinto de la politología folk que tanto abunda a propósito de ETA. Por otro lado, la obra se cierra con una propuesta para acabar con ETA sobre la base de un pacto entre el Estado y el PNV, que indudablemente invita al debate.&lt;br /&gt;Trataremos de comentar aquí los principales elementos del análisis, a saber: la caracterización de ETA como actor racional, el estudio de su enfrentamiento al Estado como una guerra de desgaste y la propuesta de pacificación final.  La cuestión abierta por esta reseña pretende ser la del alcance científico de la aplicación de este enfoque: esto es, si se trata de un análisis propiamente causal o bien de un enfoque hermenéutico . Una cuestión metodológica que por una vez, esperamos, no parecerá ociosa, pues dependiendo de la opción que tomemos, probablemente confiaremos en distinto grado en la solución del conflicto que Sánchez-Cuenca nos propone.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. LA CONSTRUCCIÓN DEL ACTOR RACIONAL&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«ETA es un actor racional que actúa para conseguir un fin político». Ésta es la premisa de la que parte (p.11) el ensayo y, a sabiendas de que serán muchos los que se sirvan de ella para poner en cuestión su análisis,  Sánchez-Cuenca inicia su argumentación con un preámbulo —el primer capítulo— que trata de convencer al lector de que el planteamiento no es de por sí absurdo.&lt;br /&gt;Por una parte, Sánchez-Cuenca presenta al terrorista antes como un fanático que como un perturbado, esto es, alguien que subordina su vida (y la de los demás) a un único objetivo, en vez de carecer de ellos. Por otra parte, este objetivo será propiamente político (a saber la independencia vasca) pues, desconectado de éste, la actividad terrorista sería inviable. Así, según Sánchez-Cuenca, nadie apoyará a una organización cuyos miembros secuestran y asesinan en busca de ingresos o prestigio, si no lo hiciesen por un objetivo común. Y si este objetivo se creyese imposible, la organización se descompondría (pp.44-45).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, que ETA como organización persiga un objetivo político con su actividad terrorista no quiere decir que todos sus miembros lo compartan con igual grado de fanatismo. Así se explica en el capítulo quinto, sobre la psicología organizativa de ETA, en el que el autor analiza cómo selecciona a  sus dirigentes, a saber: escogiendo a quienes se adhieran con mayor convicción a su planteamiento fundacional —i.e., obtener la independencia por la vía del terror. Esto es, los denominados duros, quienes, además, se ocuparán de que nadie en la organización lo cuestione.&lt;br /&gt;Como advierte el propio Sánchez-Cuenca (p.27),  no basta con discutir sus premisas para evaluar el rendimiento analítico de la teoría de la elección racional, pero conviene atender a su formulación para  poder apreciar cómo se desarrolla el análisis. Desde este punto de vista, es, desde luego, obvio que si pretende aplicar  al caso un enfoque de elección racional, tenga que caracterizarse previamente a ETA como actor racional. En cambio, no vemos con igual claridad si la  estructura de los objetivos de ETA está igualmente constreñida por el modelo o está decididamente simplificada por el autor.  Así, aun cuando el lector acepte que ETA persiga un objetivo político, Sánchez-Cuenca no explica apenas cómo se articula este objetivo con esas otras motivaciones espurias que quizá animen una parte de sus miembros.  La ausencia de esta explicación condiciona, creemos, el curso ulterior del análisis —y particularmente su propuesta de pacificación—, pues por los mismos datos que el autor proporciona se infiere que a una organización como ETA no sólo le importa la consecución de la independencia vasca, sino la situación en la que entonces quedarán sus propios «afiliados».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ejemplo, supongamos (groseramente) que el Estado español le propone al Gobierno Vasco concederle el derecho a la secesión a cambio de que juzgue a los etarras aún en libertad en sus propios tribunales y les obligue a cumplir la condena o pagar las multas correspondientes: ¿aceptaría ETA esta propuesta? Probablemente, considerase esta exigencia un sacrificio excesivo o un tratamiento  poco respetuoso con su condición de patriotas. Un terrorista que asesina por la independencia vasca y, al mismo tiempo, autointeresado, no verá contradicción en aplicarse a matar para llegar algún día a ostentar un grado en un futuro ejército vasco «por méritos de guerra».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como es bien sabido, a menudo es posible articular objetivos políticos e intereses personales, sin que estos aparezcan como espurios. La cuestión es cómo ponderar unos y otros, y cómo afectará esta ponderación al enfoque estratégico de ETA, al que se dedican la mayor parte de los capítulos del libro. Veremos después su importancia, pero constatemos ya que no está muy claro si Sánchez-Cuenca simplifica para poder aplicar su modelo al análisis de la estrategia etarra, o si opta simplemente por prescindir del matiz. En todo caso, esto tiene su importancia a efectos de establecer su propio punto de vista, si —como decíamos al principio—busca una explicación causal propiamente científica o si en realidad nos está proponiendo una hermenéutica filosófica (de corte analítico) de la interacción ETA-Estado. Volveremos de nuevo sobre este aspecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. EL ACTOR RACIONAL EN EJERCICIO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«La mayor parte de la historia de ETA ha transcurrido en una guerra de desgaste con el Estado» (p.73).  Tal es la  clave del análisis que Sánchez-Cuenca nos propone y, así enunciada, pocos apreciarán su originalidad. En cambio, si pensamos que la guerra de desgaste se refiere a un modelo de teoría de juegos que originalmente se aplicó a la competencia entre animales por un territorio y después a la competencia entre empresas por un monopolio natural, aplicarlo ahora a la actividad terrorista resulta, por lo menos, novedoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Matemáticamente, el juego consta de dos agentes que juegan n rondas compitiendo por un premio v. Cada ronda tiene para agente un coste c, que va disminuyendo con el número de rondas jugadas, a la vez que aumenta el valor de v.  En el momento en que uno de los agentes no soporta más costes y decide retirarse, el otro recibe el premio, descontándose los costes que para él haya supuesto llegar a esa ronda. La estrategia de equilibrio, tal como la enuncia Sánchez-Cuenca, es «si el rival no se ha retirado en la ronda anterior, retírate en ésta con probabilidad p», donde p es una proporción entre coste y recompensa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se acepta que ETA y el Estado operan como agentes racionales, tal y como se argumentaba en capítulos anteriores, ambos seguirán esta estrategia, pero ninguno de ellos sabe cómo valora el otro sus costes (c) y la recompensa (v) —técnicamente, la información es incompleta. Tanto ETA como el Estado podrán calcular en qué momento del juego les conviene retirarse, pero no pueden predecir en qué momento lo hará el otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El análisis de Sánchez-Cuenca se basa, justamente, en una estimación de estas dos variables, c y v. Con Max Weber, para Sánchez-Cuenca el premio (v) es «el ejercicio monopolístico de la violencia en un territorio»,  es decir, el ejercicio de la autoridad estatal en el País Vasco.  El coste (c) se mide por el número de víctimas (muertes, detenciones, ...) en ambos lados (p. 87). Como el propio autor reconoce, la definición de ambas variables resulta problemática: por una parte «podría parecer, dada la experiencia de ETA en España, que la organización terrorista siempre tiene las de perder en una guerra de desgaste» (ibid.). O de otro modo, desde un punto de vista puramente cuantitativo, el Estado siempre podrá asumir un mayor número de víctimas que ETA.  «Sólo desde el mundo de creencias deformadas de los etarras puede tener sentido pensar que van a conseguir ganar en la guerra de desgaste» (ibid.), advierte Sánchez-Cuenca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras la exposición del modelo toda la segunda parte del tercer capítulo, así como el cuarto, se dedica al análisis de la aplicación de esta estrategia por parte de ETA en los aproximadamente veinte años que transcurren entre la instauración de la democracia y la última tregua etarra, con especial atención a las conversaciones de Argel.  El espíritu del análisis parece ahora decididamente hermenéutico:  no se trata tanto de analizar  el desarrollo del conflicto estableciendo controles estadísticos sobre las variables previstas en el modelo, como de estimar en qué medida los actores enfrentados —particularmente, los dirigentes etarras— aprecian los costes del contrario —más que los propios— a partir de documentación ya publicada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque este ejercicio analítico tiene de por sí interés, es imposible dejar de preguntarse si la guerra de desgaste es algo más que la cualificación matemática de una metáfora ya empleada por los propios agentes. A falta de alguna relación estadísticamente precisa  entre la evolución de la variable costes, durante esos veinte años y las distintas rondas del juego, la superioridad del análisis de Sánchez Cuenca radicará antes en su precisión conceptual que en su alcance empírico. Frente a la politología periodística que tanto abunda a propósito de ETA, el modelo de Sánchez-Cuenca una incomparable acuidad expositiva, aunque probablemente sólo apreciarán su valor metodológico quienes compartan su opción por la teoría de la elección racional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, la acuidad que aporta el modelo no siempre se compadece con la confusión del conflicto, pues ¿cómo interpretar sin cifras la percepción etarra del desgaste —por más que se califique de deforme? Por una parte, la documentación de ETA examinada en el libro sugiere que los terroristas estiman que un alto número de vascos estaría dispuesto a colaborar con la organización —esto es, podrían resistir un amplio número de bajas. Por otro lado, ETA parece atentar desde el supuesto de que para provocar la rendición del Estado, el número de asesinatos debe ser proporcional no al número de españoles que eventualmente podrían participar en una guerra abierta, sino al cardinal de ciertos subconjuntos de la población española (militares de cierta graduación, agentes policiales, políticos).  ¿Cuántas bajas pudo soportar ETA antes de llegar a la tregua de 1998? ¿Cuántos asesinatos más creía que debía aún  cometer para alcanzar su objetivo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Probablemente, muchos duden de que alguna vez  se pueda dar respuesta a estas preguntas. Pero, en ese caso, la aplicación del modelo que nos propone Sánchez-Cuenca será ya inevitablemente hermenéutica, por matemática que sea su formulación.  La cuestión entonces es si bastará este enfoque para aceptar la racionalidad de la propuesta política que a continuación se nos ofrece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. LOS ACTORES RACIONALES NEGOCIANDO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tesis del capítulo sexto del libro es que la tregua de 1998 debe interpretarse como la retirada etarra en la guerra de desgaste, sin que por ello renunciase a sus fines. Simplemente, ETA habría reconocido la imposibilidad de vencer por sí sola al Estado, lo cual no le dejaba más alternativa que buscar la alianza de aquellos que pudiesen compartir su objetivo secesionista: esto es, los partidos nacionalistas vascos. Así se puso de manifiesto en el pacto secreto difundido en 1999. Sánchez-Cuenca analiza en este capítulo el desarrollo de los acontecimientos antes de la declaración de la tregua y después de su ruptura, desde el siguiente supuesto declaradamente contrafáctico: sin su alianza con los nacionalistas, ETA no habría sobrevivido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esto se basa  la propuesta formulada en el epílogo en forma de matriz de pagos de un juego: puesto que ETA es un actor racional sabe que no puede volver a la guerra de desgaste y que su única alternativa pasa por aliarse con el PNV; para acabar rápidamente con ETA, el Estado tendrá que impedir tal alianza. Para ello, Sánchez-Cuenca propone que se le ofrezca al PNV un pacto que le ofrezca garantías de que, aislando a ETA, obtendrá un referéndum sobre la independencia tras su desaparición. De este modo, se vencería la tentación peneuvista de servirse de la actividad etarra en su propio interés y se le convencería de que, una vez desaparecida, aún tendrá medios para alcanzar sus objetivos secesionistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como indica el propio autor (p. 208), el contrafáctico “ETA se vería abocada a disolverse si no hubiese encontrado el apoyo del PNV” será tanto más fiable cuanto mejor conozcamos la estructura causal del conflicto. Pero como apuntábamos en el epígrafe anterior, resulta dudoso que tengamos tal conocimiento.   No cabe duda de que la explicación intencional de la actividad del etarra  cuenta como factores causales con sus deseos secesionistas y sus creencias sobre los medios a su disposición para alcanzarlos (el número de bajas que puede soportar y el número de asesinatos que debe cometer, principalmente).  Ahora bien, como veíamos en los epígrafes anteriores, el etarra que nos presenta Sánchez-Cuenca es un fanático racional con una percepción deforme de los costes de su actividad.  Aun en el caso de que ETA reconociese su derrota en la guerra de desgaste, y supuesto que el PNV contribuyese a su aislamiento, ¿qué seguridad tenemos de que no encontrará motivos, por delirantes que resulten, para  seguir con sus atentados?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro lado, resulta curioso que en la propuesta de Sánchez-Cuenca el Estado deje de operar como un agente autointeresado y empiece a  razonar en términos exclusivamente democráticos. Parece, en efecto, que el pacto se proponga para resolver un problema de credibilidad unilateral  (la desconfianza del PNV ante el Estado), y no bilateral. Se argumentará, por un lado, la  existencia de un pacto constitucional previo, que aparentemente el PNV no tuvo escrúpulos en transgredir en su acuerdo secreto con ETA. Y quizá algunos recuerden las desmedidas ambiciones territoriales de los independentistas vascos: ¿por qué concederle el derecho a fundar un Estado a un movimiento político con declaradas intenciones expansionistas sobre tu propio país? Y todavía una duda, a la vez democrática y autointeresada: ¿qué tratamiento penal se reservaría a los etarras en el pacto con el PNV? Lo que interrogantes como éstos ponen de manifiesto es que, si bien contamos ya con un modelo para analizar la estrategia etarra, por imperfecto que resulte, nuestra comprensión de la estrategia del PNV dista mucho de satisfacer las expectativas analíticas creadas por este ensayo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quiere decir esto que el ensayo es de por sí defectuoso? Muy al contrario, todo lo más se diría incompleto, si es que cabe exigirle tanto a una obra que es declaradamente se concibe como un ensayo mundano antes que como un tratado académico. Buena parte de las limitaciones aquí enumeradas son inherentes a la aplicación de la teoría de la elección racional a cuestiones políticas, antes que a al ejecución de Sánchez-Cuenca. En todo caso, el mérito del autor radica en ofrecer una presentación sumamente asequible de este enfoque analítico, cuya principal virtud es la de esclarecer considerablemente el debate sobre ETA. Puede ser que su alcance sea ante todo hermenéutico, pero eso es más que suficiente en un debate en el que la mayor parte de las voces aspiran a ser simplemente interpretativas... a costa de aumentar la confusión.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Febrero 2002}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Revista Internacional de Filosofía Política &lt;/span&gt;19 (2002), pp. 242-247}&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-4824839410923539535?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/4824839410923539535/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/ignacio-sanchez-cuenca-eta-contra-el.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4824839410923539535'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4824839410923539535'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/ignacio-sanchez-cuenca-eta-contra-el.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWfZSr951I/AAAAAAAAAD0/QwK2a8F_gjo/s72-c/etaestado.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-8737988444372788606</id><published>2009-04-15T10:42:00.002+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.759+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2003'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWefrLWOSI/AAAAAAAAADs/69C9SsfCbPE/s1600-h/economiaenporciones.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 76px; height: 106px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWefrLWOSI/AAAAAAAAADs/69C9SsfCbPE/s320/economiaenporciones.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324836401438931234" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Juan Urrutia, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Economía en porciones&lt;/span&gt;, Madrid, Prentice Hall, 2003.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Caveat lector! Quien acostumbre a disfrutar del mejor ensayo probablemente desconfíe de un volumen editado por Prentice Hall con una innegable paradoja pragmática en portada: al frontispicio «Donde las grandes ideas encuentran expresión» acompaña una imagen con ocho quesitos cuya distribución evoca una ficha del Trivial Pursuit. No es serio, claro, ni tampoco es seria una edición que carece de lo más elemental que cabría esperar en un libro de estas características (e.g., índices de nombres, origen de los textos, etc.) y abunda, en cambio, en las erratas más detestables. Pero tanto descuido plantea un interrogante: ¿cómo es posible que un texto sobreviva de este modo a su editor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta, claro, la encontraremos en el autor, pues da la impresión de que Juan Urrutia se decidió a recopilar sus columnas en Expansión para probar su capacidad para desafiar las convenciones del género: escribir para un lector que busca ideas originales y pregnantes a propósito de la actualidad económica. A diferencia de muchos columnistas, Urrutia es un catedrático bien informado intelectualmente –y no ya sólo a propósito de la economía (su especialidad)– y escribe para un público que también querría estarlo, pero no sabe cómo. ¿Qué profundidad hay en cuestiones tales como las subastas de teléfonos móviles, las disputas sobre la propiedad intelectual o las burbujas bursátiles? Es difícil apreciarlo en un país donde los asuntos exquisitos de economía académica no son del dominio del público culto. Pero Urrutia se atreve a más: no se trata de divulgar simplemente tales exquisiteces, sino de someterlas a un tratamiento ensayístico apoyándose en un tema de actualidad. Y todo esto en apenas tres páginas por columna, hasta sumar setenta y tantas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabemos, por ejemplo, que el mundo digital se articula en redes, pero ¿por qué una red provoca la explosión empresarial que dio origen a la Nueva Economía? Hace algunas décadas ya que los sociólogos discuten sobre redes pero Urrutia nos mostrará en cambio cómo el economista, al explicárnoslas, nos obligará a repensar ideas tales como identidad y confianza; cómo los efectos red nos obligan a pensar de distinto modo sobre la competencia no ya desde el individualismo estricto, sino sobre la constitución de comunidades; y, finalmente, cómo este nuevo enfoque obliga a plantearse el tejido de redes (netweaving) como la actividad más característica de este nueva era empresarial. Todo esto en las 14 páginas de su serie sobre La lógica de la abundancia.&lt;br /&gt;Hubo un tiempo no muy lejano en que toda crítica solvente lo era, ante todo, de la economía política. Hoy, en cambio, muchos se sorprenderán de que pueda decirse crítica una reflexión que tuvo como primer destinatario a los lectores de diarios editados en papel salmón. Quienes todavía no adviertan qué allí están germinando los debates en los que se dilucidarán las grandes disputas de nuestro presente (el tamaño del Estado, la regulación de la propiedad, la existencia de grandes monopolios...) tendrán hoy en Economía en porciones su guía para descubrir en qué consiste hoy la crítica. Si, como les suele ocurrir a los libros mal editados, también éste se acaba saldando y usted, amable lector, se lo encuentra algún día en su visita al supermercado, no deje de comprarlo: tendrá entre sus manos un auténtico underground classic de nuestro tiempo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Septiembre 2003}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://librodenotas.com/resenas/5910/economia-en-porciones"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Libro de notas&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-8737988444372788606?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/8737988444372788606/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/juan-urrutia-economia-en-porciones.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8737988444372788606'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8737988444372788606'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/juan-urrutia-economia-en-porciones.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWefrLWOSI/AAAAAAAAADs/69C9SsfCbPE/s72-c/economiaenporciones.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-3050182035021495854</id><published>2009-04-15T10:32:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.759+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2004'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWdJEgqWRI/AAAAAAAAADk/_fuT4oN6fsU/s1600-h/sideargumentar.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 44px; height: 67px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWdJEgqWRI/AAAAAAAAADk/_fuT4oN6fsU/s320/sideargumentar.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324834913590597906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWc6hEm0mI/AAAAAAAAADc/5OBKmcS6flI/s1600-h/demostracionedadmedia.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 48px; height: 69px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWc6hEm0mI/AAAAAAAAADc/5OBKmcS6flI/s320/demostracionedadmedia.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324834663559516770" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Luis Vega Reñón, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Artes de la razón. Una historia de la demostración en la Edad Media&lt;/span&gt;, Madrid, UNED, 1999 + Idem, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Si de argumentar se trata&lt;/span&gt;, Barcelona, Montesinos, 2003.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;«Se ha escrito que la lógica medieval es de manera primordial y medular “teoría de la argumentación”» (Artes de la razón, p. 96). No es tan frecuente, sin embargo, que un mismo autor se ocupe correlativamente de estas dos materias (lógica medieval y teoría de la argumentación) y nos proponga una discusión tan bien informada como escéptica del estado de la cuestión en ambas. Luis Vega es conocido ya por sus muchas contribuciones  a la introducción  de múltiples autores y temas relacionados con la Historia y la Filosofía de la lógica en nuestro ámbito lingüístico. Estamos por tanto ante una perspectiva de autor, aquí oculta en distintos géneros (la monografía, el manual). Estas líneas sólo pretenden colaborar a explicitarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. ARTES DE LA RAZÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Artes de la razón continúa a su modo la empresa iniciada diez años antes en La trama de la demostración , sobre los usos apodícticos de los griegos, pero la articulación argumental es ahora distinta. Puestos a estudiar la demostración en la Grecia clásica, las opciones obvias parecen, desde luego, Aristóteles y los estoicos –por el lado de la lógica–, y Euclides –por el de la matemática. Dejando aparte las dificultades inherentes a la transmisión de sus escritos, es razonable pensar que de ellos se infiere una muestra suficientemente representativa de las prácticas demostrativas griegas entre los siglos IV y V adC. Ahora bien, ¿de qué base textual cabría servirse para abordar el estudio de más de mil años de especulación con análogas garantías?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para resolver este dilema, Luis Vega se sirve implícitamente del propio ideal demostrativo de los griegos articulando su obra para mostrarnos cómo los medievales lo reconstruyeron. En primer lugar, textualmente, pues Artes de la razón parte de un análisis de la recepción del corpus griego (y en particular, Aristóteles y Euclides) en el Occidente medieval del siglo XII [caps. 1-2], con el que se pone ya de manifiesto que el ideal de la ciencia demostrativa le debe más  a un tratado teológico de Boecio (De hebdomadibus) que a los Analíticos segundos. En segundo lugar, contextualmente, intentando explicar de qué modo se gesta un ideal de prueba dialéctica que sirve de facto como alternativa a la demostración, aun cuando de iure esta siga contando como canon del verdadero saber. Así, la segunda parte [caps. 3-5] explora de qué modo la práctica de la argumentación en las Facultades de Teología y Artes determina, a partir del siglo XIII, la constitución de cánones sobre la articulación y cogencia de la prueba. La normalización de las disputationes académicas (asociadas a la obtención de grados académicos y «formalizada» en la teoría de las obligationes) propició así que se concediera más atención a la detección de esquemas inferenciales informales (las consequentiae) o al análisis de sophismata –sobre los cuales se pudiese detectar una contradicción en un debate oral– antes que a la silogística aristotélica [cap. 3]. La devoción medieval por los signos encuentra del mismo modo su continuación en el procedimiento de exégesis textual desarrollado por los maestros en la lectio: siendo la significación algo siempre incierto para el intérprete, la plausibilidad (argumental, probatoria) se vuelve a la vez más accesible y más útil que la certeza (demostrativa) [cap.4]. Así las cosas, Artes de la razón se podría presentar como un ensayo de epistemología social. No obstante, el autor es cuidadoso de advertirnos que su análisis no va más allá de establecer una correlación entre prácticas sociales y usos argumentales, antes que una determinación causal de los segundos por los primeros: la selección de textos y autores evidencia cierto grado de asociación, pero no se excluyen otras (p. 84).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez explorada la práctica de la argumentación, la tercera parte del libro [caps. 6-8] estudia de qué modo la concebían los autores medievales cuando enfrentaban las cuestiones de las que los griegos (aquí Aristóteles y los estoicos) daban cuenta mediante la demostración. A saber, el conocimiento y la explicación. Nuevamente, se parte de un análisis de la recepción de los distintos saberes demostrativos griegos [cap. 6] ampliando las paradojas avanzadas en la parte primera [cap.2]: así, la reconstrucción como ciencias demostrativas de la teología (Nicolás de Amiens) o la propia lógica (en el De consequentiis de Buridán). Se trata de explorar, por tanto, la dimensión sistemática del ideal de conocimiento por demostración, mostrando cómo debió ser sutilmente acomodada a unas exigencias intelectuales (y unas prácticas argumentales) muy distintas de las enfrentadas por Aristóteles en los Analíticos segundos, tal como se ilustra con un breve examen de las propuestas epistemológicas del Aquinate y Ockham [cap.7] y de la dimensión causal tradicionalmente asociada al conocimiento demostrativo [cap. 8].La paradoja (pragmática) de un Santo Tomás defendiendo la excelencia del saber demostrativo per modum quaestionis quizá sirva para ilustrar la singularidad de la empresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que la conclusión no merezca un capítulo separado y se nos presente como un epígrafe más del octavo y último ilustra probablemente el deseo de evitarla: se opta por enumerar un buen número de cuestiones abiertas al pensar en el desarrollo de los temas tratado al pasar a la Edad moderna. Y quizá ello nos revele algo sobre la propia intención de la obra, pues aun cuando la erudición, el manejo de las fuentes, las cautelas filológicas etc. son más bien propias de una monografía, Artes de la razón se nos presenta más bien como un ensayo sobre la suerte del ideal demostrativo en unos siglos que desafían la claridad de la exposición aristotélica o la práctica euclidea. Y probablemente también la imposibilidad de agotar el tema como ocurría en La trama.... En efecto, la organización de un material tan desbordante en poco más de 300 páginas requiere la adopción de un punto de vista que no puede ser, desde luego, demasiado cercano al de los propios autores medievales y que muchos objetarán como anacrónico . Su justificación es más bien filosófica y quizá el mayor reparo que se pueda poner a este libro es que no se explicita. De ahí la conveniencia de acudir en su busca a la segunda de las obras que aquí reseñamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. SI DE ARGUMENTAR SE TRATA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Publicado en la «Biblioteca de divulgación temática» de Montesinos, Si de argumentar se trata está concebido como una breve presentación de la teoría de la argumentación –no es tampoco la primera incursión del autor en el ámbito de la didáctica . Luis Vega adopta un aquí punto de vista clásico, distinguiendo la perspectiva lógica, dialéctica y retórica sobre el ámbito de la argumentación y aplicando sistemáticamente cada una de ellas al estudio de los buenos argumentos [cap. 2] y los malos argumentos [cap.3]. Una introducción panorámica [cap.1] y una breve conclusión [cap.4] cierran las 300 páginas (en formato bolsillo) de las que consta la obra. Abundan los ejemplos y los esquemas, y se añade una útil bibliografía comentada junto con un bien construido índice analítico. Si de argumentar se trata constituye, por tanto, una introducción accesible a algunas de las cuestiones más vivas en el arte del razonamiento informal, aunque probablemente –y por paradójico que resulte– lo que mejor ilustra sean sus dificultades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si en Artes de la razón la concepción griega de la demostración servía como canon para enjuiciar su desarrollo medieval, se diría que el punto de vista lógico desempeña un papel análogo al evaluar los nexos ilativos en la argumentación (pp. 91-112).  Obviamente, Luis Vega reconoce algo más que relaciones de consecuencia en los buenos argumentos, que deben ser, además, epistémicamente cogentes. Ahora bien, la dificultad que se plantea aquí es cómo caracterizar esta cogencia epistémica, sobre todo cuando la argumentación se vuelve informal y el nexo entre premisas y conclusión queda indeterminado. Así, para caracterizar entonces la plausibilidad argumental, Luis Vega apela al decálogo de buenas prácticas argumentales de van Eemeren y Grootendorst, como si de su observancia se siguiesen regularmente argumentos  plausibles. No obstante, si nos detenemos en el contenido del decálogo, advertiremos que más bien nos indica cómo evitar malos argumentos (en general, falacias, ampliamente discutidas en el capítulo 3).  Desde este punto de vista, los obstáculos que encuentra la teoría de la argumentación se derivarían de la ausencia de un punto de vista general (formal) sobre nexos ilativos entre premisas y conclusiones (más allá de la consecuencia lógica) y del exceso de problemas epistemológicos que aparecen al intentar dar cuenta materialmente de su cogencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por tanto, cabe leer también Si de argumentar se trata como un ensayo sobre estas dificultades, lo cual probablemente ocasione algunas complicaciones a quien se sirva de él como introducción, sin noticia previa de algunos debates clásicos en filosofía de la lógica. Quizá para remediarlo, y a modo de introducción a estos, le convenga leer en primer lugar la conclusión, un breve ensayo en el que se discute la condición normativa de la lógica como canon argumental en una perspectiva que le debe mucho al inferencialismo semántico de Brandom.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dilemas que plantea la reconstrucción de las disputas del siglo XII reaparecen al analizar las del siglo XXI: probablemente la dificultad material de organizar un material milenario (el de los escolásticos sobre la argumentación) no sea sólo cuantitativa, sino también conceptual, y siga aun hoy irresuelta. ¿Es posible encontrar una teoría sobre la argumentación que articule de modo convincente las dimensiones lógica, dialéctica y retórica de un modo convincente? Luis Vega nos presenta dos ensayos escépticos y muy bien informados que le serán útiles a quien quiera darles su «uso natural» (como monografía, en el primer caso; como manual, en el segundo), pero que indudablemente aprovecharán también a cuantos busquen temas para la reflexión sobre la lógica, más allá del propio cálculo (y de buena parte de las disputas asociadas a él durante el XX)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Enero 2004}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Theoria&lt;/span&gt; 19 (2004), pp. 235-237}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-3050182035021495854?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/3050182035021495854/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-vega-renon-artes-de-la-razon.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/3050182035021495854'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/3050182035021495854'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-vega-renon-artes-de-la-razon.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWdJEgqWRI/AAAAAAAAADk/_fuT4oN6fsU/s72-c/sideargumentar.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-1162512229784096035</id><published>2009-04-15T10:28:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.693+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='estadística'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='medicina'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWbet4nQHI/AAAAAAAAADM/WQ6zDjH5bDA/s1600-h/howscienceworks.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 75px; height: 116px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWbet4nQHI/AAAAAAAAADM/WQ6zDjH5bDA/s320/howscienceworks.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324833086450909298" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Stephen H. Jenkins, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;How Science Works. Evaluating Evidence in Biology and Medicine&lt;/span&gt;, Oxford-N.York, Oxford University Press, 2004.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Statistical literacy is becoming an issue of growing concern for scientists and philosophers alike, the underlying drive being the social impact it has on a variety of realms. Sociologists (e.g. Beck) have made us aware of the relevance of risk assessment in our everyday life, while psychologists (e.g. Gigerenzer) revealed that our statistical estimations are usually biased, albeit for good evolutionary reasons. To trust in the statistical expertise of scientists might then seem a wise choice when their empirical findings are invoked to support such decisions as, say, the promotion of vitamin C for our health improvement or a conviction on the basis of DNA identification. The immediate question is to what extent this public trust is justified.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The improvement of our understanding of statistical evidence in biology and medicine is precisely the goal of How Science Works and the argumentative strategy of the biologist Stephen H. Jenkins could not have been more effective. Each of the nine chapters of his book provide an introductory presentation of the evidence available concerning an equal number of fascinating topics: besides the two mentioned above, Jenkins discusses environmental and ethological issues (such as the decline of certain amphibian populations or the cognitive mechanisms that control the storage of food in certain species), medical subjects (the causes of cancer and aging, the effects of coffee), or a combination of both (the influence of climate change on the spread of malaria). Intended as brief reports on the work in progress in all these areas, each one of them contributes to the making of a single methodological point: what the statistical analysis proves in these nine cases is that there are as yet no ultimate answers.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;What Jenkins argues is that this inconclusiveness arises from the very complexity of biological and medical research, even after being tamed by the most sophisticated statistical techniques available. There are many sources of evidence and various possibilities to incorporate them into our theories. On the one hand, Jenkins presents a number of standard bio-statistical methods that allow us to design experiments and analyze data with various degrees of reliability. The art of the biomedical scientist would lie in the achievement of a certain consilience between all these sources, together with more traditional ones, such as fieldwork. Jenkins shows that this is not an easy task, as the evidence might prove unavoidably conflicting. Several philosophical dilemmas come to complicate even more data analysis. To name just three, let us think of the typical disjunction (sometimes inclusive, often exclusive) between case studies and all-encompassing theoretical approaches, the difficulties of accounting for the simultaneous interaction of various levels of causality and the pros and cons of purely statistical vs. mechanism-based modeling.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Though it might seem impossible to compress such a range of topics into about 200 very readable pages, Jenkins succeeds in providing a survey that might be of equal interest both for the curious reader in search for a popular state of the art discussion of the nine mentioned topics and for the methodologically-minded scholar looking for an introduction to the beauty and perplexities of biomedical research. Footnotes are kept to a minimum and several suggested readings complement each chapter. Jenkins’s approach might well be deemed “ecological”: though he clearly favors certain approaches, his main concern throughout the book is to show us how many of them proliferate now in his field and what sort of results they yield. Only by taking all this into account will we be able to qualify our trust in the alleged scientific grounds of many policies currently under discussion. In other words, the idea of informed consent should be generalized as to encompass (and legitimate) every public decision on environmental and medical matters.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Though Jenkins’ case is articulated and convincing, it might be also a bit puzzling. We may well be aware of the difficulties of attaining conclusive results in the biomedical sciences, but to whom are we rely on to assess them? Jenkins’s implicit assumption seems to be that there will always be non-partisan scientific experts to provide a reliable assessment. Yet, it might happen that controversy among scientists could prevent general audiences from discerning whom to trust. This is a classical dilemma: quis custodet ipsos custodes? Be it what it may, Jenkins’ proposal will probably be part of the solution to this problem.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{October 2004}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=2367&amp;amp;cn=139"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-1162512229784096035?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/1162512229784096035/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/stephen-h.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1162512229784096035'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/1162512229784096035'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/stephen-h.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWbet4nQHI/AAAAAAAAADM/WQ6zDjH5bDA/s72-c/howscienceworks.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-4938536198758987160</id><published>2009-04-15T10:25:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.694+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2005'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='medicina'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWarZ0y2cI/AAAAAAAAADE/PxpDmInqY_4/s1600-h/scienceprivateinterest.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 68px; height: 101px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWarZ0y2cI/AAAAAAAAADE/PxpDmInqY_4/s320/scienceprivateinterest.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324832204892854722" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Sheldon Krimsky, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Science in the Private Interest. Has the Lure of Profits Corrupted Biomedical Research?&lt;/span&gt;, Lanham, Rowman &amp;amp; Littlefield, 2003.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Sheldon Krimsky’s latest book will probably shock those readers who still think of scientific research conducted at non-profit universities as a disinterested activity, exclusively motivated by the pursuit of truth. Among those potentially astonished audiences, you should count most European scholars and, quite likely, a vast majority of American citizens, to whom this book is mainly addressed. It is not that they should care about how much money is being made by an elite of biomedical scientists based at major American universities; the shock comes at the discovery of how this financial incentive might bias their academic behavior, preventing them from cooperating with other researchers (after all, after all, we believe this to be the very purpose of university life) and, more menacingly, influencing their decisions when participating in public committees assembled to assess the efficacy of a drug or therapy, or enrolling us for one of their clinical tests.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Krimsky gathers in eight chapters a significant number of well documented cases which provide ample evidence of the many ways in which biomedical corporations have been conditioning university research since the early 1980s. Funding in exchange for patents constitutes probably the best known issue, but the details of the contracts regulating this transfer are not widely publicized. After a couple of introductory chapters that set the tone of the analysis, the following two explore an array of examples of these sort of agreements, all of which suggest that transforming scientific knowledge into proprietary information constrains the free circulation of ideas that should prevail in academia –according to our classical lore. Indeed, the public discussion of our individual results is still required by most philosophers as a pre-requisite for attaining the status of scientific knowledge. Yet, as Krimsky discusses in chapter 5, most knowledge transfer agreements between universities and corporations restrict access to these results or impose delays on their publication.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corporate influence might also be felt in Federal advisory boards, in which leading scientists are invited to participate in their capacity as disinterested experts. Yet, as the evidence compiled in chapters 6-9 attests, they might also be directly funded in various ways by biomedical companies whose interest may be put at stake in those commissions. It is often difficult to recruit qualified scientists that are not listed in the consultive boards of one or another corporation, receive from them personal grants or donations for their laboratories or fall under any of the clauses of the federal regulations designed to prevent conflicts of interests within those committees. It might also happen that the scientist is also the entrepreneur, having his own financial interest in the success of the experiments he is conducting. To discount this possible source of bias, it is not unreasonable to expect this piece of information to be disclosed to the readers of his papers –and to the patients on which he might be testing his results. Again, Krimsky shows that it is becoming increasingly difficult for journals and hospitals alike to enforce transparency clauses of this sort.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The final two chapters of this book explore alternative patterns of behavior in academia that would preserve the ideal of universities as the locus of research in the public interest. Krimsky claims that the evidence presented calls for an open debate on the role of American universities, on the basis of which an adequate regulation of their interaction with the corporate world would hopefully emerge. Krimsky’s choice, though not thoroughly articulated in his book for the sake of informativeness, would be quite drastic: “by accepting the premise that conflicts of interest in universities must be subtly managed, rather than prohibited or prevented, nothing less that the public interest function of the American academic enterprise is at stake” (p. 230).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The book is certainly a very readable starting point to open a debate that should not be postponed in the United States, and might help European audiences to look ahead to what it is likely to be a not so distant future. It might be argued, however, that this debate could also benefit from a more ample use of the different approaches that have been developed among science scholars in the last twenty years. Some of them show, for instance, that various interests other than truth have been pervasive in science throughout its entire history. Krimsky assumes an ideal of scientificity that, attractive as it may be, might have been never fully realized. However, the problems he is raising are so serious that it is worth discussing whether it might still help us.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{February 2005}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=2576&amp;amp;cn=135"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-4938536198758987160?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/4938536198758987160/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/sheldon-krimsky-science-in-private.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4938536198758987160'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4938536198758987160'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/sheldon-krimsky-science-in-private.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWarZ0y2cI/AAAAAAAAADE/PxpDmInqY_4/s72-c/scienceprivateinterest.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6509625280883550415</id><published>2009-04-15T10:21:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.760+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='sociología de la ciencia'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2005'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWZtB2W4II/AAAAAAAAAC8/xQcmBj5fMI0/s1600-h/gobernarriesgos.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 64px; height: 95px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWZtB2W4II/AAAAAAAAAC8/xQcmBj5fMI0/s320/gobernarriesgos.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324831133305069698" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;J. L. Luján &amp;amp; J. Echeverría, eds., &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Gobernar los riesgos. Ciencia y valores en la sociedad del riesgo,&lt;/span&gt; Madrid, OEI-Biblioteca Nueva, 2004&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;La compilación de ensayos sobre el riesgo que nos proponen Luján y Echeverría recoge las contribuciones presentadas a un seminario organizado en 2001, bajo su dirección, por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Organización de Estados Americanos. Constituye, por tanto, un estado de la cuestión considerada en una perspectiva CTS, lo cual probablemente constituirá para muchos su nota más original. En particular, por lo que toca al buen número de análisis filosóficos que se suman a los sociológicos o estrictamente técnicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, una parte significativa de los textos compilados podrían agruparse como análisis de los efectos que tuvo la introducción del concepto de riesgo sobre la teoría social. Al admitir una dimensión contingente e irreductible a la cuantificación en nuestra vida social, se pone una vez más en cuestión el ideal positivista de apelar a leyes (por ejemplo, estadísticas) que sirvan a la vez para explicarla científicamente y organizarla políticamente. En esta perspectiva, sugerida en el propio texto de López Cerezo y Luján, encontramos cuatro ensayos sobre el alcance de la tesis de Beck: Bechmann afirma explícitamente la contingencia de la vida social; Ramos reivindica el concepto de sociedad de la incertidumbre interpretando esta desde la acción; Carr e Ibarra introducen con este mismo propósito el concepto de indeterminación; y Echeverría, por último, descompone la aparente unidad del concepto de riesgo al analizarlo desde los diferentes valores a los que va aparejado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;J. Francisco Álvarez y León Olivé optan por una aproximación indirecta, planteándose, respectivamente, qué modelos humanos o qué concepto de eficiencia tecnológica (al que se aproxima también Eduardo Rueda) sirven mejor para introducir el concepto de riesgo en la teoría social y articularlo con el debate normativo. El texto del propio Beck va un paso más allá y, suponiendo su propio concepto de riesgo, se plantea cómo reformar la ciencia política en una perspectiva cosmopolita para enfrentar teóricamente la amenaza terrorista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta aproximación normativa al riesgo es ya predominante en el resto de las contribuciones recogidas en el volumen. Encontramos, por una parte, un conjunto de ensayos de ética aplicada a cargo de Cranor, Shrader-Frechette y García Menéndez. Todos ellos enfrentan un caso particular (riesgos bioquímicos en la alimentación, contaminación en territorios indígenas y alimentos genéticamente modificados) que documentan convenientemente, planteando a continuación los dilemas morales que suscitan para proponer, de seguido, sus posibles soluciones desde distintas teorías éticas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por  otro lado, el resto de los trabajos recopilados adopta una perspectiva política que se modula en distintos tonos. Palou y también De Marchi y Functowicz se ocupan de la gestión del riesgo en la Unión Europea, el primero mediante una revisión de sus protocolos de evaluación de la seguridad de los alimentos; los segundos se concentran en cómo se ha regulado en ella la cuestión más general de la gobernabilidad del riesgo. Luján y López Cerezo analizan esta misma cuestión en perspectiva siguiendo la evolución del contrato social científico estadounidense en el XX. Arocena se ocupa, en cambio, del caso de los países subdesarrollados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como puede apreciarse ya, la diversidad de perspectivas reunidas en este volumen es considerable, lo cual será, sin duda, una ventaja para quienes estén interesados en una panorámica.  No obstante, tratándose como es el caso de las actas de un seminario, se echa en falta una discusión más explícita entre los autores, en particular en lo que se refiere a la discusión general del concepto de riesgo. Beck constituye la referencia común, como lo es también el volumen de López Cerezo y Luján (Ciencia y política del riesgo, 2002) para los autores de lengua española. Pero, al menos en mi caso, resulta inevitable preguntarse en qué medida coincidieron o discreparon en el seminario Bechmann, Ramos o Carr e Ibarra, por poner solo un ejemplo. Por otro lado –y de nuevo esto es una opinión personal–, sorprenden un tanto las críticas que se vierten aquí y allá contra la cuantificación probabilística del riesgo. Cabe intuir las dificultades que ofrece a una concepción frecuentista de la probabilidad como la que subyace al contraste de hipótesis (la cuestión de los falsos positivos, a la que a menudo se alude en el volumen). Pero si se interpreta la probabilidad como grado de creencia, no se ve qué dificultad en particular entrañaría analizar en tal perspectiva muchos de los casos considerados  en el libro (e.g., p. 38, pp. 60-63, pp. 92-94). Supuesto, claro está, que esta perspectiva cuantitativa tenga algún interés para el debate social que se pretende promover en torno al riesgo, cosa que no resulta del todo obvia en muchas de las contribuciones a este volumen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, estas cuestiones teóricas no obstan para que las muestras de análisis aplicado de riesgos que se nos proponen resulten sumamente fecundas. Los trabajos de Cranor y Shrader-Frechette muestran en qué grado es posible adquirir una posición normativamente defendible en cuestiones sumamente controvertidas (algo más inconcluyente, pero igualmente bien orientado resulta el trabajo de García Menéndez).  En su conjunto, el volumen resulta muy informativo y proporciona respuestas y perspectivas con las que abordar buena parte de los interrogantes que abundan hoy sobre el riesgo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Mayo 2005}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/Resenas/ensayos/resena.asp?id=98"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Madri+d&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6509625280883550415?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6509625280883550415/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/j_15.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6509625280883550415'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6509625280883550415'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/j_15.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWZtB2W4II/AAAAAAAAAC8/xQcmBj5fMI0/s72-c/gobernarriesgos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-5141972144932035530</id><published>2009-04-15T10:18:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.694+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2005'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='medicina'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWY8woO_EI/AAAAAAAAAC0/uRIl02nkaMU/s1600-h/casestudies.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 78px; height: 112px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWY8woO_EI/AAAAAAAAAC0/uRIl02nkaMU/s320/casestudies.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324830304048708674" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Timothy F. Murphy, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Case Studies in Biomedical Research Ethics&lt;/span&gt;, The MIT Press, 2004.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;The ethics of scientific research is certainly a topic of common interest for ethicists and philosophers of science alike, even if many among them still adhere to Merton’s conventional wisdom about scientists being communitarian, universalist and disinterested agents. In other words, not particularly controversial (and even rather exemplary) from a normative standpoint. The advancement of biomedical research ethics, among other disciplines, shows that the pursuit of truth might not always be morally virtuous, as this collection of case studies illustrates at length.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Timothy Murphy has drawn cases from various sources that sometimes go far beyond our ordinary understanding of bioethics in order to achieve a thorough view of the normative dilemmas involved in biomedical research. Of the nine chapters of the compilation, three address general bioethical issues in the context of clinical research (“Informed consent”, “Embryo, Fetuses and Children”, “Genetic Research”); two other ones present more circumscribed topics (such as “Oversight and Study Design”, “Selection of Subjects”, “Use of Animals”) and another three explore frontier domains: “Conflicts of Interests”, “Social Effects of Research” and “Authorship and Publication”. Tracing such a wide-ranging disciplinary map counts among the most significant achievements of this book.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The books are explicitly intended as a “text for instruction” and this certainly accounts for its organization. Each chapter compiles on average 15 case studies, which adds up to 150 cases. Each of these is normally kept to a one-page length, and is presented with an introductory paragraph signalling its point, a couple of references citing sources or further readings when necessary and a few questions intended for discussion. Most cases are known (some are indeed classical), though a reasonable proportion is relatively new. Most of them are real and, save for a few exceptions; almost all are drawn from the wide realm of biomedical research. Each chapter opens with a brief introduction that summarises the dilemmas covered in the cases subsequently presented. There is also a general introduction in which Murphy briefly covers the development of biomedical research ethics and provides some considerations about the utility and risks of case-based discussion.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The proof of a textbook is always use in class, so at this point I can only offer a very preliminary assessment. The instructor should take into account that the information provided in each case is most often just a summary restating the case from the original source with a view to emphasise the implicit moral dilemmas. These are now easier to grasp for the student, but some additional background may sometimes be necessary to illustrate its real complexity –or just to bridge the cultural gap with a non-American audience. The cases are presented without ethical guidelines for discussion: no particular normative stance is assumed by the author (nor on the part of the reader), so a certain familiarity with a number of moral doctrines is a pre-requirement to make a fruitful use of this text. These and other minor caveats aside, we may expect it to become a very useful reference for future courses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;What I miss is a more explicit discussion of the connection between what we may consider positive medical science and the associated normative dilemmas. Once we assume, as the author does, that clinicians may often act as self-interested agents, sometimes as plain rent-seekers, we should consider to what extent the various methodologies applied in medical research are immune to their particular bias. It has been noticed, for instance, that a certain correlation exists in clinical tests between the source of funding (public or private) and their result (for or against new therapies). Should we strengthen the procedures of statistical review to protect the public against some private interests? In spite of its status as the golden rule of clinical research, randomization has been severely contested by Bayesian statisticians on a purely methodological basis, and this certainly would have an impact on the patients when it comes to granting informed consent to take part in a test: should we make the statistical foundations of our methodology explicit for them? Normative dilemmas in biomedical research provide indeed a good opportunity to reconsider its scientific status and reassess the underlying positive/normative dichotomy that often separates bioethicists and philosophers of science.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{July 2005}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=2724&amp;amp;cn=394"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-5141972144932035530?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/5141972144932035530/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/timothy-f.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5141972144932035530'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5141972144932035530'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/timothy-f.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWY8woO_EI/AAAAAAAAAC0/uRIl02nkaMU/s72-c/casestudies.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-4437802637363426981</id><published>2009-04-15T10:10:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.760+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2003'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWXMRxYy7I/AAAAAAAAACs/HXr4qV0m7eA/s1600-h/identidadsubjetividad.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 64px; height: 96px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWXMRxYy7I/AAAAAAAAACs/HXr4qV0m7eA/s320/identidadsubjetividad.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324828371620252594" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Luis Arenas, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Identidad y subjetividad. Materiales para una historia de la filosofía moderna&lt;/span&gt;, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002, 494 pp.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;En la era digital, algoritmos matemáticos ejecutándose sobre circuitos de silicio nos crean múltiples identidades ad hoc cada vez que accedemos a una red. Puestos a pensar esa multiplicidad del yo, quizá sorprenda descubrir que también su identidad pudo pensarse, hace ya cuatrocientos años, sobre el álgebra y el análisis. Y de múltiples modos, como veremos. Tal es la tesis de Identidad y subjetividad, el ensayo que Luis Arenas —profesor hoy en la Universidad Europea de Madrid— concibió como Tesis doctoral y que al publicarse adquiere su auténtica dimensión. Quien agradezca una aproximación ensayística a la Historia de la filosofía, sin duda apreciaría diez años atrás La era del individuo, un estudio en el que Alain Renaut exploraba el conflicto moderno entre las ideas de individuo y sujeto. Con este mismo espíritu, Arenas recorre algunas de las múltiples vías por las que se piensa la identidad del sujeto en los siglos XVII,  que a efectos de esta reseña cabría sintetizar apelando a la oposición contemporánea entre las perspectivas de primera y tercera persona. En efecto, nuestros estados mentales los conocemos en primera persona, ¿y quién no usará el pronombre yo al referirse a ellos? Pero dejaremos de usarlo cuando queramos referirnos a otros objetos o sujetos, para  los que emplearemos cualquier pronombre de tercera persona. Para autores como Davidson, la imposibilidad de unificar estas dos perspectivas constituiría hoy el problema del conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leeremos aquí Identidad y subjetividad, por tanto, como un ensayo sobre los obstáculos que encuentra la constitución de esa perspectiva de primera persona, al plantearse la cuestión de la identidad del yo cuatro autores distintivamente modernos (Descartes, Leibniz, Spinoza y Kant). El primero de los obstáculos se encontraba en la superación de un viejo esquema de identidad, la idea de sustancia, que desde Aristóteles venía sirviendo para pensar cómo cualquier entidad individual podía seguir siendo idéntica a sí misma pese a experimentar cambios. Correlativamente, si el avance de las ciencias se sostenía sobre igualdades matemáticas descubiertas en el mundo, ¿no podrían servir también para pensar la propia identidad personal? Y aquí el segundo obstáculo: ¿no quedaría ésta de algún modo disuelta en la universalidad de la verdad matemática? Estos son algunos de los interrogantes que Arenas recorre en cuatro ensayos: dos más amplios dedicados a Descartes y Leibniz y dos más breves, a modo de contraste de los anteriores, sobre Spinoza y Kant. Detengámonos brevemente en aquellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La constitución de la perspectiva de primera persona en la obra cartesiana se nos presenta de un modo doblemente paradójico en los cinco primeros capítulos de Identidad y subjetividad. En primer lugar, las dificultades se originan en las deudas cartesianas con la tradición escolástica, para la cual la identidad del sujeto tendría que concebirse externamente (en tercera persona) como una sustancia individual (pp. 157-159). Pero al subvertir esta tradición reduciendo a tres el número de sustancias reales (Dios, extensión y pensamiento), Descartes se ve ante el dilema de explicar en qué sentido el sujeto puede ser sustancia y, por tanto, un auténtico individuo, cuando cualquier apariencia corpórea deja de servir como criterio de individuación (pp.106-116). En efecto, Descartes no podía renunciar a la concepción sustancial del sujeto, pues era imprescindible para poder atribuirle un alma (pp. 159-169). El alma serviría, además, como principio de individuación formal del individuo, según el magisterio tomista (p. 166), pero no es ésta la concepción que hoy tenemos por distintivamente cartesiana. La individualidad sustancial del sujeto cartesiano se cimentará así en el descubrimiento de que su esencia no consiste «sino en pensar», con independencia de cualquier cosa excepto Dios (pp. 154-158). Por más que el estatuto ontológico de esta entidad pensante sea difícil de justificar de acuerdo con el orden establecido en los Principios de filosofía (pp.118-121), el argumento del genio maligno no dejaría otra alternativa que concebir la subjetividad en primera persona, a partir de la experiencia individual de incorregibilidad y transparencia de los propios estados mentales (p. 127). La sustancia se nos mostraría así escindida entre la certeza (el cogito) y la salvación (el alma).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, Luis Arenas opta por un enfoque decididamente epistemológico en la discusión de la subjetividad cartesiana, concentrándose en sus aspectos más modernos (o menos medievales) y, en particular, en su relación con la matemática. A ello se dedican tres de los cinco capítulos dedicados a Descartes, con una conclusión de nuevo conflictiva para  la recién descubierta perspectiva de primera persona. La identidad aparece ahora ya no como sustancia, sino como objeto de intuición matemática y el contenido de tales intuiciones constituiría los estados mentales más característicos de nuestra subjetividad. Nuestro autor recoge y desarrolla aquí una sugerencia de Vidal Peña a propósito de la ausencia de contradicción como nota distintiva de la conciencia cartesiana (p. 95). Conoceríamos el mundo matemáticamente, estableciendo igualdades aritméticas y geométricas (pp. 60-68), y esta mathesis universalis cimentaría de tal modo nuestra racionalidad que Arenas concluirá: «[L]a hipótesis de un Genio marfuz sólo es requerida ante la obstinada certeza que nos impone la matemática» (p. 7).  Lo propio de la subjetividad cartesiana sería así el carácter universal de las identidades intuidas y, paradójicamente, no sería éste su aspecto más moderno, pues sólo desde el cogito se podrá establecer que es en la inmanencia de los propios estados mentales antes que en el objeto de la intuición (p. 150). Y quizá sea esta la carencia más notable que este estudio descubre en Descartes: ¿qué hace que esa sustancia pensante en primera persona sea idéntica a sí misma? O dicho en términos más contemporáneos: ¿cuál es la referencia del yo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Identidad e individualidad —pero no tanto subjetividad, como vamos a ver— son los temas centrales en los siete capítulos dedicados a Leibniz en la segunda parte de este ensayo. La identidad nos sirve, en primer lugar, para pensar una de las ideas centrales en su metafísica, como es la de armonía, entendida como una ampliación de la igualdad geométrica (cap. 7). I.e., una proporción «compensada» entre entidades diversas, que, en el límite, serviría como ley ordenadora de la omnitudo rerum (p. 239). Concediendo el máximo grado de realidad al individuo (p. 240), la diversidad era efectivamente inevitable, y de ahí que para Leibniz resultase obligado explicar cómo esa individualidad diversa es subsumida conceptualmente, cómo conocemos el mundo. Los capítulos 8 y 9 discuten las ideas de Leibniz sobre la constitución de nuestros conceptos en sus aspectos lógicos y epistemológicos, y en ellos se nos presenta la verdad como identidad entre sujeto y predicado en una proposición. Esto se aplicaría, desde luego, a las verdades de razón, pero también a las proposiciones contingentes (pp. 303-307), pues, según Arenas, en éstas la identidad se establecería no por articulación conceptual de ambos términos, sino por síntesis entre los objetos mismos, tal como exige el principio de razón suficiente. Su composibilidad, según el decreto divino, sería armónica y equivaldría, por tanto, a una identidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Leibniz más escolástico aparece en los tres capítulos siguientes dedicados al problema de la individuación, donde se nos presenta la evolución de sus ideas desde sus escritos de juventud (su Disputatio metaphysica [1663] y la Confessio philosophi [1673]) a los Nuevos Ensayos. Como Descartes, también Leibniz se adhiere a una tesis tomista, en este caso la individuación por la forma sustancial (cap. 12), aun cuando adaptada a su propia concepción de la individualidad —particularmente como principio interno de actividad y transformación en el dominio de la vida (p.367). En cambio, de estos siete capítulos sólo uno se dedica a la cuestión de la identidad personal y en él se confirma la tesis ya avanzada por Alain Renaut: Leibniz piensa mas en individuos que en sujetos (p. 466). Pese a valorar el sentimiento del yo como autoridad que acompaña a la primera persona, la perspectiva leibniciana sobre la conciencia es más bien la de la tercera persona, atribuyéndole razón y voluntad como producto de su conatus individual, esto es, de un impulso causal anterior a ellas. La diferencia ontológica con Descartes a este respecto no puede ser más acusada: si para éste la apercepción de los propios estados mentales se imponía sobre la indistinción de su concepto de sustancia, para Leibniz la identidad reconocida en la continuidad de la memoria (y manifiesta externamente en el carácter) sería un efecto de su principio de individuación sustancial. De él se deriva esa principio de actividad del que resultan voluntad y razón. Para Leibniz, la conciencia no es, desde luego, el único medio  de constituir la identidad personal (p. 376).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como el lector ya intuirá, Identidad y subjetividad es una obra sumamente informativa sobre cuestiones de innegable interés, aun a cuatro siglos de distancia. Los materiales que el subtítulo promete al historiador de la filosofía moderna son abundantes y de calidad, y el amante del ensayo tendrá en estos cuatro (uno por autor) una recopilación sugerente. No obstante, quienes se encuentren en esta última condición probablemente le reprocharán a su autor que les olvide en el momento de las conclusiones. En efecto, la obra se cierra con una recapitulación en las que se clasifican pulcramente las posiciones de los autores estudiados respecto a las cuestiones anteriormente estudiadas. Nadie dejará de agradecerla, pero quizá deje más contento al especialista que ordena sus ideas que a ese amante del ensayo que a estas alturas se estará preguntando qué es exactamente qué hay de moderno en unos autores obsesionados por la teología y las matemáticas. Dicho de otro modo, nadie negará la importancia de los conflictos analizados por Arenas, pero ¿cómo ubicar estos materiales en nuestra concepción de la Modernidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es inevitable preguntarse, en efecto, si tan importante es el papel de la matemática en la constitución de la subjetividad moderna como para que su sola consideración baste para superar las disputas teológicas en las que nuestros autores se ven incesantemente envueltos: ¿es la secularización un simple efecto de la ciencia moderna? Cabría responder positivamente, desde luego, apoyándose en muy distintos autores (Husserl sería un ejemplo inmediato), pero eso supondría un compromiso con una concepción particular de la Modernidad que tendría que argumentarse —más allá de esa inversión onto-epistémica invocada sucintamente al comienzo (pp.26-29). En suma, Luis Arenas tiene el mérito indiscutible de mostrarnos que la subjetividad es una idea equívoca a la que no sólo se accede en primera persona. Contrae también una deuda con sus lectores: explicar cómo esa subjetividad se vuelve moderna. Le sobra talento para el ensayo filosófico como para no dejar de saldarla.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Con Marta García Alonso, junio 2003}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Teorema&lt;/span&gt; 24.3 (2005), pp.178-81}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-4437802637363426981?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/4437802637363426981/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-arenas-identidad-y-subjetividad.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4437802637363426981'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4437802637363426981'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/luis-arenas-identidad-y-subjetividad.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWXMRxYy7I/AAAAAAAAACs/HXr4qV0m7eA/s72-c/identidadsubjetividad.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-8618076595563462441</id><published>2009-04-15T10:07:00.002+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.760+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWWRwwjpEI/AAAAAAAAACk/C0uWnXC3ppA/s1600-h/nihilismomodernidad.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 79px; height: 120px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWWRwwjpEI/AAAAAAAAACk/C0uWnXC3ppA/s320/nihilismomodernidad.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324827366325986370" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Vicente Serrano Marín, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Nihilismo y modernidad&lt;/span&gt;, México-Barcelona, Plaza y Valdés, 2005, 266.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;En Nihilismo y modernidad, Vicente Serrano se propone denunciar una religión académica. Como tantas veces, su éxito se debe a los engaños de sus sacerdotes, que nos ocultan el origen teológico del nihilismo para presentárnoslo como un credo secular. Para Serrano, el auténtico impulso ilustrado de la Modernidad es la crítica despiadada de cualquier teología, denunciada como superstición. A ello se aplica en este ensayo, a propósito de toda una tradición que, desde el diagnóstico de Jacobi a principios del XIX, pretende pensar filosóficamente desde lo incondicionado, sea éste el sujeto o el discurso. Frente a quienes sostienen su análisis en un orden causal inmanente como el que nos descubren las ciencias en la naturaleza o la sociedad, los partidarios de esta nada incondicionada ejercerían como sacerdotes profanos, contribuyendo a la supervivencia del irracionalismo que sostuvo las antiguas religiones. ¿Cómo defender semejante tesis?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vicente Serrano es un reputado especialista en el Idealismo alemán, con monografías y ediciones de buena parte de los autores que aquí se estudian. No obstante, al modo de La era del individuo de Alain Renaut, Nihilismo y modernidad es antes un ensayo sobre la génesis de la filosofía contemporánea que una Historia en sentido estricto. Se pretende dar sentido general a una secuencia de autores que probablemente se perdiese si se dedicara a cada uno de ellos un análisis erudito. Ésta es, por tanto, una propuesta para quienes crean que cabe encontrar un sentido filosófico a nuestro presente a partir de las obras de algunos de sus principales pensadores. Y, en particular, es un ensayo contra todos aquellos que lo interpreten favorablemente como era del nihilismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera parte comienza con una tesis polémica: para Vicente Serrano, la subjetividad tematizada por el Idealismo alemán se moldearía sobre los atributos personales de la vieja divinidad cristiana, que sobreviviría así oculta bajo su máscara. El diagnóstico sería del propio Jacobi. Al asignarle Fichte al Yo la condición teológica de creador se ve obligado a aniquilarlo como criatura: el sujeto debe crearse a sí mismo ex nihilo y por ello, concluye, Jacobi es a la vez Dios y pura nada. El último Schelling retomaría este diagnóstico contra Hegel. La aniquilación de Dios supone para Hegel la afirmación de su inmanencia: el poder de Dios se transfiere al Estado. Ello le daría a Marx la ocasión de denunciar cualquier teología que lo justificase como ideología, pero sin renunciar a la materialidad social de su inmanencia. Esta sería para Vicente Serrano la vía racionalista auténticamente ilustrada. Schelling impugnaría semejante propósito, invirtiéndolo. Para restaurar la vieja divinidad, Schelling sostendrá que la inmanencia es el propio Dios cuya transcendencia no sería sino nuestra representación racional. La divinidad abandona la máscara del sujeto para ocultarse en el vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de aquí, nuestro autor nos propone sendas lecturas de Nietzsche y Heidegger como pensadores del nihilismo. El primero por interpretar esa inmanencia como dominio de nuestro discurso, en el que se despliega su filosofía. La crítica pierde así cualquier referente externo –en la sociedad o la naturaleza–: la donación de sentido se convierte, para Nietzsche, en la expresión de una voluntad de poder racionalmente inexpugnable pues opera en el vacío. Desde estas coordenadas se interpretan sus distintas concepciones del nihilismo. En cuanto a Heidegger, Vicente Serrano nos lo presenta como sistematizador de esta tradición, a partir de su formación católica y apoyándose en la suspensión fenomenológica del juicio científico. Como Nietzsche, Heidegger pretende secularizar la inmanencia como abismo sin fundamento. Para nuestro autor, sólo conseguiría asentar en el lenguaje su irracionalismo religioso que, como a Jacobi, sólo nos deja la opción de la fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde esta perspectiva, no es de extrañar que la postmodernidad aparezca como consumación del nihilismo. O, de otro modo, como la victoria de esta derecha hegeliana contra la izquierda marxista: la superación de los grandes relatos deja atrás la crítica de la ideología. Si Hegel transfirió el poder de Dios al Estado, Nietzsche lo sostiene teológicamente en el vacío como voluntad. Foucault lo particulariza en técnicas de control invisibles. Habermas, asienta su proyecto emancipador en el vacío procedimental de la comunicación lingüística (que, no obstante, intenta llenar desde su concepto del mundo de la vida). Hasta aquí la reconstrucción de nuestro presente que se nos propone en Nihilismo y modernidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Tiene sentido semejante genealogía? Muchos seguramente cuestionarán la interpretación que Vicente Serrano nos propone de uno u otro autor, pero mucho más complicado es pronunciarse sobre el conjunto. ¿Esconde verdaderamente la Modernidad un movimiento teológico tan ambicioso como el que nuestro autor nos presenta? Quizá la calificación de teología resulte un poco engañosa. Con Marx, se interpreta aquí la religión como ideología y se diría que la contribución de los autores aquí estudiados consiste en poner los mecanismos de la vieja ideología religiosa (la teología) al servicio de la nueva ideología que sostiene los mercados (p. 259). Nuestros nihilistas nos confundirían pensando teológicamente sobre el orden social como mejor manera de impedir su análisis racional (que se intuye sería el apuntado por Marx). Con independencia de que podamos discutir sobre si la de Marx es la auténtica alternativa para los racionalistas, uno estaría tentado de concederle la razón a Vicente Serrano observando lo que sucede en tantas Facultades de Filosofía. Pero seguramente muchos lectores discreparán. Y en ello se encuentra precisamente el encanto de Nihilismo y modernidad: es difícil no apasionarse leyéndolo. Ojalá la andadura española de la editorial Plaza y Valdés, bajo el cuidado de Marcos de Miguel, nos siga proporcionando ensayos tan gratos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Marzo 2006}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Isegoría&lt;/span&gt; 34 (2006), pp. 307-309}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-8618076595563462441?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/8618076595563462441/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/vicente-serrano-marin-nihilismo-y.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8618076595563462441'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8618076595563462441'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/vicente-serrano-marin-nihilismo-y.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWWRwwjpEI/AAAAAAAAACk/C0uWnXC3ppA/s72-c/nihilismomodernidad.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-7754841844509802678</id><published>2009-04-15T10:03:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.761+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWVkGrWPJI/AAAAAAAAACc/VMNwIael2m0/s1600-h/historiaelpais.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 70px; height: 108px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWVkGrWPJI/AAAAAAAAACc/VMNwIael2m0/s320/historiaelpais.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324826581935733906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;María Cruz Seoane y Susana Sueiro, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Una historia de El País y del Grupo Prisa&lt;/span&gt;, Plaza y Janés, Barcelona, 2004.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Un periodista pretende ser objetivo al transmitir una noticia, pero a estas alturas es difícil saber en qué consiste tal objetividad. ¿Qué objetividad podrá pretender entonces el científico social que estudie la actividad del periodista? Este es el dilema que plantea el reciente trabajo de M. Cruz Seoane y S. Sueiro, Una historia de El País y del grupo Prisa. ¿Cómo contar el éxito empresarial de un diario que afirma su independencia (suponemos que de cualquier interés particular) en su misma cabecera? Desde el punto de vista de sus protagonistas más inmediatos (periodistas y lectores), tal éxito probablemente se deba a su independencia: compramos El País por transmitirnos la información desinteresadamente. Sus adversarios dirán quizá que su éxito indica más bien el poder de los intereses a los que sirve: ¿o se puede ser desinteresado cuando están en juego inversiones millonarias de los propios dueños del diario?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La solución de Seoane y Sueiro probablemente dejará insatisfechas a ambas partes. La suya es una posición escéptica. Por un lado, documentan abundantemente los intereses que convergen en el desarrollo empresarial de El País, y tratan de evaluar sus efectos sobre sus informaciones, contrastándola con las que transmiten otros medios de la competencia. Pero, por otro lado, asumen también que esta se ve igualmente afectada por sus propios intereses. De modo que nuestras autores optan por suspender el juicio. Veamos cómo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La obra se inicia con un relato de la gestación del diario, que conjuga principalmente el análisis de la evolución de su accionariado (tal y como se recoge en sucesivas actas) con el eco que tuvo en la prensa de la época. A partir de aquí se estudia cómo se establecen sus coordenadas ideológicas, respecto a los propósitos de sus accionistas (a menudo traicionados por la redacción) y a los principales temas abordados en sus páginas. Si lo primero es menos controvertido (pues los accionistas dejaron a menudo constancia escrita de sus pretensiones y manifestaron su conformidad con la compra o venta de sus participaciones), lo segundo resulta mucho más discutible. ¿Fue, por ejemplo, El País un periódico prosoviético, según dijeron tantos de sus críticos? Para dilucidar la cuestión Sueiro y Seoane parten de tales críticas, tal como originalmente se expresaron, y las contrastan con lo publicado en el diario. Se aprecia así que El País es un medio complejo en el que suelen aparecer posiciones encontradas: elogios de algunos logros de la Unión Soviética, pero también críticas de otros, por ejemplo. ¿Cuáles predominan? Al analizar el desarrollo del diario se aprecia que esto depende a menudo del momento, pues el periódico cambia con los acontecimientos que narra, de modo que resulta difícil adjudicarle una posición concluyente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Incluso la parte dedicada a la era socialista le descubre al lector paradojas de su propia memoria. Pues el apoyo a los sucesivos gobiernos de González resulta retrospectivamente mucho menos uniforme de lo que suele recordarse. No ser el primero en informar sobre los distintos casos de corrupción que se sucedieron no supuso no informar  o dejar de criticar. Más que con la propia información contenida en el periódico, el dilema parece estar en cómo se organiza nuestra propia percepción: dada la cantidad de noticias sobre corruptelas gubernamentales publicadas por otros diarios, que El País publicase muchas menos pudo sugerir una intención oculta de no dañar al PSOE. Pero puede igualmente interpretarse como un efecto del Libro de estilo: el grado de confirmación exigido por El País para publicar una noticia resulta comparativamente mayor que el de otros medios (y un repaso retrospectivo a sus páginas muestra que publicó muchas menos noticias falsa). Las autoras eligen a menudo no pronunciarse. De hecho, y de modo también paradójico,  es en la cuarta parte del libro, dedicada a los años de “oposición”, cuando mejor se aprecian cómo los intereses empresariales de Prisa pueden afectar más decididamente a lo que se publica en El País (el caso Sogecable, etc).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En suma, tanto sus críticos como sus defensores no dejaran de reconocer sus argumentos a lo largo de las más 600 páginas de la obra, y encontrarán abundantes datos para sostenerlos. Pero probablemente descubran que sus respectivas posiciones simplifican una institución tan compleja (y descomunal ya) como es El País. De hecho, las autoras no pretenden en momento alguno agotar su análisis, pues ello supondría pronunciarse que desbordan con mucho al diario (como son los propios asuntos sobre los que informa). Se diría que su admiración por éste se deriva a menudo más de la magnitud de su esfuerzo para darles sentido, incorporando su complejidad a la noticia, que de la propia simplificación con la que se juzgan (dentro y fuera del periódico) para avanzar en el debate de nuestros intereses particulares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una perspectiva así de escéptica no resulta muy aconsejable para escribir editoriales o crónicas parlamentarias, que probablemente dejarían insatisfecho a un lector ávido de un juicio claro, como cualquiera de nosotros al leer prensa diaria. Pero si por un momento nos abstraemos de nuestra condición de periodistas o lectores de El País, sólo un escepticismo como el de las autoras nos permitirá apreciar en toda su dimensión la excepcionalidad de su empresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Marzo 2005}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Historia Contemporánea&lt;/span&gt; 31 (2005), pp. 685-587.}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-7754841844509802678?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/7754841844509802678/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/maria-cruz-seoane-y-susana-sueiro-una.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7754841844509802678'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7754841844509802678'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/maria-cruz-seoane-y-susana-sueiro-una.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWVkGrWPJI/AAAAAAAAACc/VMNwIael2m0/s72-c/historiaelpais.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6364165202796331821</id><published>2009-04-15T10:00:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.761+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWUsjcNnAI/AAAAAAAAACU/pyc7k6r8HlU/s1600-h/practicascientificas.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 74px; height: 110px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWUsjcNnAI/AAAAAAAAACU/pyc7k6r8HlU/s320/practicascientificas.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324825627584207874" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Sergio F. Martínez, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Geografía de las prácticas científicas. Racionalidad, heurística y normatividad&lt;/span&gt;, México, UNAM, 2003.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Geografía de las prácticas científicas se articula sobre dos debates contemporáneos. Por una parte, el que enfrenta a epistemólogos y filósofos de la ciencia sobre cómo enfrentar la justificación de nuestros conocimientos (principalmente, científicos). Por otro lado, el que opone a estos frente a sociólogos e historiadores de la ciencia a propósito de la eficacia social de tal justificación. Sergio Martínez nos propone como eje para situar su propia contribución el concepto de norma, que pretende naturalizar a partir de su inserción en prácticas científicas buscando una vía media entre todos estos bandos. Veamos someramente cuál es el curso de su argumento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el cap. 1, Martínez sitúa  su proyecto en el contexto de las distintas propuestas hoy disponibles para articular una epistemología social. Con Miriam Solomon, defiende una epistemología normativa no individualista, pero en vez de buscar sus fuentes en la elección de teorías, Martínez sostiene que brota de las prácticas científicas cuyo carácter social es irreductible a los procesos cognitivos individuales. En primer lugar, las prácticas contienen elementos no proposicionales, un saber cómo socialmente distribuido cuya explicitación es necesariamente grupal. De ahí la importancia del testimonio como generador, y no sólo transmisor, de conocimiento: las normas tácitamente asociadas a la presentación de información propician nuestras inferencias mediante heurísticas. Su éxito de hecho justifica el proceso inferencial, antes que cualquier formalización simbólica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tema se desarrolla en el cap. 2, para establecer la tesis de que las diferentes normas generadoras de éxitos constituirán diferentes tradiciones científicas, entre las cuales no cabrá elegir como los clásicos pretendían. No se trata de elegir entre teorías sobre la base, por ejemplo, de cuál proporciona mejores predicciones pues estas no constituyen una mera relación inferencial entre enunciados. Necesitan, a menudo, un sistema tecnológico que, para el autor, incluye a la propia teoría o modelo del que se obtienen. Su individualidad, nos dice, no es otra que la que les confiere “ser parte de poblaciones de métodos o modelos genealógicamente relacionados” (p. 77)&lt;br /&gt;¿Cómo interpretar, pues, estas normas? En el cap. 3 Martínez nos propone una apropiación epistemológica del concepto de heurística, a partir de su presencia en distintas disciplinas científicas. En ellas podríamos apreciar como nuestra actividad cognoscitiva pivota sobre la resolución exitosa de problemas particulares, antes que sobre la ejecución de algoritmos generales. La tesis ontológica que acompaña a este principio es que la “estructura (causal y normativa) del ambiente” es parte de la propia heurística, y clave de su éxito, de modo que no cabría su generalización algorítmica. De ahí la afirmación de la independencia de las tradiciones científicas (cap. 4), pues la diversidad del mundo y de nuestros propios mecanismos cognitivos justifica la existencia de múltiples heurísticas, tal como puede constatarse en la evolución de la propia ciencia. De ahí la metáfora de la geografía (del propio mundo a través de las prácticas) que da título al libro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cap. 5 intenta mostrar cómo puede aplicarse la idea de técnica al análisis de las distintas tradiciones científicas a partir de sus fundamentos experimentales. La metáfora biológica de la selección le proporciona al autor el modelo para explicar su evolución. Por último, en el cap. 6 presenta una objeción contra la teoría de la elección racional como principio para el análisis de la acción científica, pues, por una parte, sus exigencias cognitivas resultarían empíricamente exageradas y, por otro lado, presupone que las consecuencias están bien definidas antes de tomar cualquier decisión, cuando –en opinión del autor– su construcción es parte de esta. En su lugar, Martínez se apoya en el concepto de razones externas, tal como lo propuso B. Williams, procedimientos de decisión adquiridos educativamente y, por tanto, controlados en buena parte desde el exterior de nuestra conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estamos, por tanto, ante un ensayo programático en el que se expone una agenda intelectual, desarrollada, en buena parte, en trabajos anteriores cuya unidad queda ahora de manifiesto y agradece, por ello, una discusión general. A mi juicio, el mayor mérito de este ensayo radica justamente en articular de un modo sistemático consideraciones hoy a menudo dispersas en el debate sobre la ciencia. El lector se apercibirá sin duda de cómo Martínez remite aquí y allá a tesis que podemos asociar sin dificultad, e.g., con autores como Giere o Hacking; pero es en su conexión donde radica la originalidad de su argumento. La dimensión social del neoexperimentalismo  o la concepción semántica apenas está explotada, y en este ensayo se abre una vía para ello con el concepto generalizado de heurística. Su fecundidad queda manifiesta en la interpretación de una amplia casuística científica, característica de la argumentación actual en filosofía de la ciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero probablemente a sociólogos y epistemólogos su concepto de heurística les resulte insuficiente, por equívoco, como principio de análisis de la normatividad científica. Para aquellos resultará probablemente exagerado esperar de un concepto tan genérico una determinación efectiva de la práctica científica: sin duda, deja espacio suficiente para que los intereses particulares de una comunidad desempeñen un papel no menos importante que las constricciones causales en la consecución del éxito y el consenso científico. Y de ahí también sus defectos para el epistemólogo: si el testimonio es la vía por la que Martínez socializa el conocimiento científico, ¿qué hay en sus normas de transmisión que pueda evitar que el pluralismo degenere en relativismo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta insatisfacción probablemente se deriva de la “escala” del análisis: la casuística científica que se nos presenta aparecerá para el sociólogo recortada para dejar fuera la dimensión propiamente social (los intereses); del mismo modo el epistemólogo echará en falta más análisis conceptual que dote de generalidad a un análisis tan particularista. De ahí la naturaleza programática de este ensayo: su cogencia crecerá en la misma medida en que sea capaz de integrar en su argumento un mayor número de debates. Pero advirtamos que esta exigencia se deriva de la propia perspectiva que el autor nos propone, pues su amplitud de miras nos obliga a plantearnos toda la complejidad que enfrenta hoy cualquier análisis de la ciencia. El acierto de elegir este enfoque nos obliga a esperar lo mejor de su desarrollo. El diálogo con otros autores de nuestro medio (F. Broncano, J. Ferreirós, J. Vega, J. Zamora, etc.), en tanto aspectos cercanos a su propuesta, probablemente le dé buena ocasión para ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Julio 2006}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Isegoría &lt;/span&gt;34 (2006), pp. 294-296}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6364165202796331821?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6364165202796331821/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/sergio-f.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6364165202796331821'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6364165202796331821'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/sergio-f.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWUsjcNnAI/AAAAAAAAACU/pyc7k6r8HlU/s72-c/practicascientificas.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-4538333690731474990</id><published>2009-04-15T09:57:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.762+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWT_ZP5N2I/AAAAAAAAACM/R_Jd90wzNTY/s1600-h/methodologyexperimental.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 76px; height: 113px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWT_ZP5N2I/AAAAAAAAACM/R_Jd90wzNTY/s320/methodologyexperimental.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324824851754071906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Francesco Guala, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Methodology of Experimental Economics&lt;/span&gt;, N. York, Cambridge University Press, 2005.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Una de las objeciones más escuchadas contra la microeconomía es la de que cuando vamos de compras no nos comportamos como maximizadores racionales de utilidad. En otras palabras, uno de los supuestos centrales en el análisis económico es empíricamente erróneo. Para defender, pese a ello, su valor epistemológico se propusieron distintas réplicas contra esta objeción, apelando a posiciones más o menos instrumentalistas: la teoría no describe de modo adecuado la toma de decisiones del agente individual, pero sus predicciones son acertadas. Hubo quien sostuvo esto de los individuos (v.gr., Friedman respecto a la maximización de la utilidad esperada), pero los economistas se alinearon mayoritariamente con Marshall: incluso si los individuos se confunden, sus “errores” se cancelan al agregarse, y en conjunto tienden a comportarse como establece la teoría de la demanda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, el escepticismo respecto al análisis económico del comportamiento individual era, en general, intuitivo, tanto entre objetores como entre sus propios defensores. Hasta después de la Segunda Guerra Mundial el control experimental de la conducta económica no comenzó a desarrollarse sistemáticamente y su conversión en una subdisciplina académicamente respetable se obtuvo sólo con la concesión del Nóbel de la especialidad a Kahneman y Smith en 2002. Es imposible subestimar, por tanto, la importancia metodológica de la economía experimental, pues viene a ordenar definitivamente algunas de nuestras intuiciones centrales sobre el valor empírico de la teoría económica. O eso creíamos, pues a menudo los partidarios y detractores de esta coinciden en señalar la miseria metodológica de la economía experimental: es imposible reproducir en un experimento las condiciones en las que los agentes toman realmente sus decisiones y, por tanto, sus resultados no sirven para convalidar nuestras intuiciones a favor o en contra de nuestros modelos teóricos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En The Methodology of Experimental Economics, Francesco Guala examina y defiende el estatuto metodológico la economía experimental de un modo que quiere resultar asequible a economistas y filósofos. Para aquellos, buena parte de sus 11 capítulos constituyen una introducción «situada» a muchos debates actuales sobre metodología científica. Estos se verán sorprendidos sobre su rendimiento al aplicarse a un caso tan singular como es el de la experimentación en ciencias sociales. Así, junto a un buen número de cuestiones clásicas (evidencia, explicación nomológico-deductiva, causalidad, ...), Guala introduce también algunas tesis propias del neoexperimentalismo, como la distinción entre datos y fenómenos, la pluralidad de la ciencia o las mediaciones entre teoría y experiencia. Aunque no se propone un desarrollo completo de cada una de ellas, la claridad de la presentación y el interés de los ejemplos con que se ilustran lo convierte en un texto muy adecuado para su uso en cursos de metodología económica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La estrategia argumental de Guala en su vindicación de la economía experimental es dúplice. Por una parte, intenta establecer cuál es el alcance del conocimiento que nos proporcionan los experimentos. Su tesis aquí es que nuestro control causal de la conducta económica es efectivo (a partir de los datos aparecen regularidades fenoménicas estables), pero restringido por unas condiciones experimentales concretas. De ahí que debamos constreñir nuestras inferencias sobre los resultados experimentales conforme a tales condiciones,  explicitando el conocimiento de fondo subyacente (background knowledge) mediante sucesivas inducciones eliminativas donde se establezca objetivamente su valor empírico. Guala establece su tesis contra un buen número de alternativas filosóficas. Desde luego, el falsacionismo (durante años predominante en la metodología económica) y, en general, contra las posiciones exageradamente deductivistas (inevitablemente abocadas a los dilemas de Duhem-Quine), pero también contra la interpretación bayesiana del conocimiento de fondo (y se diría que también del propio diseño experimental). De este modo, Guala se opone a quienes apelando a posiciones de principio cuestionan el valor de los experimentos económicos por su carácter excesivamente particular: no cabe alternativa mejor, y el metodólogo debe dar cuenta de ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda parte del argumento de Guala (y también de su libro) se concentra en el dilema de la validez externa de los experimentos económicos: ¿pueden sus conclusiones extrapolarse a los auténticos mercados? Nuestro autor despliega aquí su tesis sobre los experimentos como mediadores entre la teoría y el mundo. Nuestras inferencias serían antes analógicas desde experimento al mundo que directas (de la teoría a su aplicación): sólo en la medida en que el experimento reproduzca satisfactoriamente aquellas circunstancias reales por las que nos interesamos (a veces tan sólo por motivos prácticos, como en las subastas de telecomunicaciones) podremos considerar justificadas nuestras analogías, y no sólo por su congruencia con nuestro modelo teórico. De nuevo, se trata de un razonamiento de lo particular (nuestras circunstancias experimentales) a lo particular (el caso analizado). De ahí su condición de mediadores: no son sin más el objeto de análisis al que se aplica la teoría, sino que lo representan de un modo no exclusivamente teórico, que tiene un interés en sí mismo. Frente al particularismo radical (radical localism) defendido por Bruno Latour, Guala afirma así un particularismo «intermedio»: intentar imponer normas metodológicas universales es tan nocivo como negar absolutamente su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie podrá negar el interés y la solvencia de semejante argumento y, en esa medida, la economía experimental quedará metodológicamente vindicada contra sus críticos. No obstante, cabe preguntarse también qué perspectivas nos abre esta posición sobre el conjunto de la metodología económica. Por ejemplo, queda abierta la cuestión de qué inferencias podemos establecer de los experimentos ya no al mundo, sino a la teoría. Uno de los casos más ampliamente discutidos por Guala en la primera parte de su libro es el de la preference reversal, claramente contradictorio con uno de los ingredientes centrales en la teoría de la elección racional: la relación de preferencia es asimétrica. Se trata de un resultado experimental bien establecido, frente al cual proliferan las respuestas que, en el mejor de los casos, o bien minimizan la importancia del axioma en cuestión, o bien ofrecen modelos de decisión alternativos. Ambas opciones son válidas para Guala. El dilema que cabe aquí plantearse (y sobre el que apenas encontramos mención en este trabajo) es qué prueban los experimentos respecto a la teoría. Por el momento, los fracasos experimentales no parecen dar suficientes motivos para la adopción de enfoques alternativos, sin que sepamos muy bien cómo afecta esto al estatuto científico de la teoría económica. Dado el gusto por la generalidad matemática de sus partidarios, se diría que la particularidad de los resultados experimentales, tan bien defendida por Guala, constituye un buen motivo para no prestarles demasiada atención. El economista teórico podría considerar su actividad como un puro ejercicio de matemática aplicada del que podría aprovecharse independientemente el experimentador para articular modelos contrastables, sin que su fracaso empírico les restase justificación. Todo depende, desde luego, cómo se conciba la unidad de la economía como ciencia, y en una perspectiva neoexperimentalista como la de Guala no parece que tengamos demasiados motivos para exigir tal unidad –que era, justamente, la que creaba dificultades empíricas en la concepción positivista clásica de los modelos económicos. Por tanto, la teoría económica gozaría de una envidiable salid a este respecto y las objeciones de sus críticos revelarían únicamente incomprensión respecto a cómo funciona su disunidad. ¿Es esto aceptable? Júzguelo el lector, a modo de ejemplo del interés que  los debates que previsiblemente nos traerá el desarrollo de esta posición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Enero 2006}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Theoría&lt;/span&gt; 57 (2006), pp. 342-343}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-4538333690731474990?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/4538333690731474990/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/francesco-guala-methodology-of.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4538333690731474990'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/4538333690731474990'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/francesco-guala-methodology-of.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWT_ZP5N2I/AAAAAAAAACM/R_Jd90wzNTY/s72-c/methodologyexperimental.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-8855346067967905933</id><published>2009-04-15T09:54:00.000+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.762+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='sociología de la ciencia'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mi mente dispersa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWTJYa8PQI/AAAAAAAAACE/REyfemCbasY/s1600-h/meninasobjetivo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 76px; height: 110px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWTJYa8PQI/AAAAAAAAACE/REyfemCbasY/s320/meninasobjetivo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324823923819035906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;J. Izquierdo, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Las Meninas en el objetivo. Artes escénicas y vida ordinaria en La Obra de Velázquez&lt;/span&gt;, Madrid, Lengua de Trapo, 2006, 188 pp.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un dilema conceptual muy interesante y difícil de resolver es el de cuál sea el género del documental. La dificultad radica en que intuitivamente apreciamos que no es exactamente ficción o arte, pero explicitar la diferencia nos complica exageradamente la definición de cualquiera de estas categorías. Javier Izquierdo nos propone aquí una complicación inversa: pues algo que creíamos canónicamente ficción y arte (Las Meninas velazqueñas) se nos presenta como un documental, y del subgénero «Cómo se hizo» (making of).  Y lo que se documenta, según nuestro autor, no es sino una broma palaciega. Apoyándose en la tesis de John Moffitt, para quien el cuadro se habría realizado mediante una cámara oscura, Izquierdo da un paso más y defiende que esa cámara oscura estaba, además, oculta, de modo que la Infanta posase sin apercibirse del artefacto. Las Meninas captaría el momento en el que la Infanta cae en la cuenta de que está siendo retratada, y dejaría constancia documental del desvelamiento del engaño (“¡Te están retratando, tonta!”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El argumento que Izquierdo nos ofrece para sostener su interpretación es visual: la similitud entre la mirada de reojo que la Infanta Margarita echaría a la cámara oscura y el bizqueo con el que las víctimas de una broma de cámara oculta (aquí Alberto Llanes) descubren el objetivo antes inadvertido. Para persuadirnos (y que lo veamos como él), Izquierdo nos ofrece una colección de ilustraciones que a él le sirvieron para advertir la similitud. Como en un experimento de la Gestalt, el lector se convencerá en el momento en el que también él advierta la semejanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las Meninas en el objetivo constituye, de algún modo, el acompañamiento verbal de esta secuencia de imágenes. En el capítulo 2 nos presenta varias hipótesis sobre la gestación del cuadro. En el tercero se analiza la situación retratada como un posible ejemplo de broma palaciega. El capítulo 4 nos ofrece una colección de experiencias y lecturas del autor que le llevaron a interpretar Las Meninas como ilustración de una broma de cámara (oscura) oculta. En el quinto se nos presenta su propia hipótesis sobre la realización de la broma. Y los dos siguientes una interpretación cultural y sociológica de su significación. Completan la obra varios apéndices con transcripciones de algunas de las bromas aludidas en el texto y notas del trabajo de campo en un estudio televisivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, en opinión de este lector, el aspecto más original de este ensayo está antes en su argumento visual que en su discurso: Javier Izquierdo nos descubre en Alberto Llanes a una sorprendida Infanta velaqueña (y a la inversa). Pero el discurso debe probar algo muy difícil, por muy poco evidente: puesto que se trata de una broma ¿cuál es la gracia de Las Meninas? Su respuesta es doble (pp. 86-87): o bien es una parodia del arte palaciego del espionaje, o bien es una tomadura de pelo nada menos que a toda una princesa. Restituir su comicidad a estas situaciones resulta algo complicado, pues espiar o tomarle el pelo a una niña de pocos años como pretexto para un «posado» tiene poco del ingenio de las bromas quijotescas o de la burla del Gran Marciano, con las que aquí se compara. Es decir, Javier Izquierdo debe explicarnos un chiste de hace más de 300 años reconstruyendo el sentido del humor de la corte borbónica (¿el de Velázquez, Felipe IV, ...?). Pero Las Meninas en el objetivo no llega, creo, a devolvernos su gracia. No obstante, el intento resulta bastante divertido si se compara con la exégesis velazqueña al uso y el lector está dispuesto, por una vez, a no tomarse a Velázquez en serio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Agosto 2006}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-8855346067967905933?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/8855346067967905933/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/j.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8855346067967905933'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/8855346067967905933'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/j.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWTJYa8PQI/AAAAAAAAACE/REyfemCbasY/s72-c/meninasobjetivo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6604849167117514803</id><published>2009-04-15T09:50:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.695+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='medicina'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWSZol4kiI/AAAAAAAAAB8/KstGcxrb7-E/s1600-h/doublestandards.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 75px; height: 113px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWSZol4kiI/AAAAAAAAAB8/KstGcxrb7-E/s320/doublestandards.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324823103526179362" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ruth Macklin, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Double Standards in Medical Research in Developing Countries&lt;/span&gt;, Cambridge, Cambridge University Press, 2004.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Randomised clinical trials (RCTs) constitute a world-wide acknowledged standard of proof to decide about the efficacy of a drug. Their implementation involves many different ethical dilemmas (e.g., in what conditions it is fair to allocate treatments are random?), but most of these are well known and several agreed guidelines exist to sort them out whenever they appear. At least, in countries where serious institutional review boards (IRBs) are in operation to monitor the trials. But RCTs are also an industrial procedure that the pharmaceuticals should use very often to make their business grow. And since there are many countries in which the absence of serious IRBs is positively correlated with a lower cost of RCTs, there is an strong incentive for the industry to conduct their trials there. There is a single methodological yardstick, RCTs,  that guarantees the cogency of the results of the test, making it acceptable for Western regulatory agencies. But there is often a double ethical standard to conduct the trials, since the subjects of the experiment will be treated very differently depending of its geographical location. This is the topic of Ruth Macklin’s path-breaking essay. Her goal is to debunk the various ethical arguments provided to justify the existence of such double-standards and argue for a unified system of ethical guidelines to conduct medical research in our world.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The subject under discussion is mapped in chapter 1. Macklin defines there what she takes to be a developing country in this context: namely, a country in which there are fewer opportunities for the majority of the population to access the successful products of research. This implies that clinical trials provide a unique occasion for them to gain access to new drugs, even in the testing stage. Which also puts these people in a position of inferiority regarding the pharmaceutical companies when it comes to negotiate the details of the trial. The case in point that brought international attention to the problem was a 1997 study of maternal-to-child HIV transmission conducted in a developing country: the contrasting drug was a placebo instead of the best available treatment, as it should have been according the developed world bioethical standards. Macklin introduces here the Declaration of Helsinki, issued in by the World Medical Organization in various amended versions, which she will critically use – together with other similar texts – as a framework for carrying out the discussion in the rest of the book. Her aim is to improve these ethical research guidelines in a way that is “usefully prescriptive without being hopelessly aspirational” (p. 30).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chapter 2 discusses the problem of the standard of care, which mainly appears in the following circumstances: on the one hand, what sort of drug (if any) should be provided to the control groups in countries where no alternative treatment is available for the study subjects; on the other hand, what level of medical attention should be provided to them beyond the actual goals of the study? Macklin surveys the debate on what should the standards be and presents an ample review of the guidelines provided by various organizations. She undermines here the various arguments for a double standard (e.g., “something is better than nothing”) on considerations both of principle and practical which are expanded in the following chapters.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In Chapter 3, Macklin addresses the issue of distributive justice by contextualising the idea to the area of scientific research. She argues in favour of a moral imperative to provide post-trial benefits to research subjects, drawing from various arguments ranging from equity as maximization to compensatory justice. In this light she reviews many guidelines again, criticizing those that leave room for the opposite conclusion. Yet even if her point is granted, there is the open question of what sort of benefits should be provided. A similar conclusion is reached in the following chapter through an analysis of exploitation. Macklin proposes a definition (p. 101) in which the key point is the lack of adequate compensation to research subjects due to their lack of, so to speak, bargaining power. This definition is extensively contrasted with the guidelines, but now Macklin obtains more concrete conclusions as to the practical implications of the analysis. The entitlement to post-trial benefits is now defended as the proper measure to prevent exploitation. And these benefits appear to be mostly an easier access to the resulting drugs. But Macklin also focuses on the circumstances in which consent may be exploitative – the list of particular circumstances in which exploitation in international research is likely to happen is particularly illuminating in this respect (pp. 118-122).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chapter 5 then analyses the possible safeguards to guarantee that consent is properly granted and the subjects’ rights are duly protected during the trial. After some illustrations showing the need for such safeguards, Macklin argues for a universalistic conception of consent grounded in individual autonomy against group- or gender- biased definitions, defended on a cultural relativistic basis. In a similar spirit, Macklin defends the convenience of extending the competences of IRBs beyond its actual boundaries, so that they can survey privately sponsored trials abroad when no reasonable alternative is provided.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chapter 6 focuses on how to make drugs affordable. Its moral implications are already clear at this stage: it would make less defensible the use of placebo in clinical trials conducted in underdeveloped countries and would substantiate the idea of post-trial benefits. Four complementary strategies are discussed: differential pricing in essential drugs; prior agreements to make the drug under trial available in the countries where it is conducted; joint initiatives of international agencies and private-public partnerships to produce affordable drugs; and the manufacture of generic copies of patented drugs for poor countries. Macklin presents different examples of each strategy, emphasizing their more positive prospects.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chapter 7 returns to matters of principle and restates the case already made using the human rights vocabulary, acknowledging its role as a global standard for international organizations. The eighth and final chapter discusses how to develop research guidelines in accordance with all these considerations, using a quite realistic approach.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Macklin’s effort deserves all praise since she takes into account most of the many possible approaches to her subject and builds a unified and coherent case. Though Macklin navigates at ease in the endless details of the various declarations and proposals discussed, it is not difficult to get lost: the analysis is necessarily brief to keep the essay’s extension within reasonable limits, so many arguments are just outlined and the reader is referred to an ample bibliography to complete them. In this respect, a general references section (instead of one at the end of each chapter) would have been helpful. Yet, the thorough index appended somehow compensates for this and makes the book really accesible. All in all, it is a great survey of a terribly complex issue and it will greatly improve its discussion from now on.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;As to the cogency of Macklin’s proposal of a unified standard for medical research, it is difficult not to be sympathetic and the arguments she provides may well ground a wide consensus. Yet, this is a book in which bioethical discussion very often yields policy recommendations, and in this respect I sometimes miss a more concrete discussion of how these would work under different circumstances. Since case studies are for Macklin a good enough ground to build her arguments for or against different policies, I would have liked a case-based analysis of the efficacy of her own proposals, i.e., one in which agents are not motivated by ethical considerations alone but also by their particular interests in the many scenarios in which these proposals should be implemented. Obviously, this is too much asking of a book which is mostly intended as an essay in applied ethics. Yet, when this field is expanded to encompass all the circumstances that she (wisely) takes into account, the argument necessarily becomes something more than ethics and a more interdisciplinary discussion would do much to strength her conclusions, making them more credible. Anyhow, this is a pioneer work and it is fair to say that it just makes this very discussion possible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{August 2006}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=3261&amp;amp;cn=135"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6604849167117514803?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6604849167117514803/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/ruth-macklin-double-standards-in.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6604849167117514803'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6604849167117514803'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/ruth-macklin-double-standards-in.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWSZol4kiI/AAAAAAAAAB8/KstGcxrb7-E/s72-c/doublestandards.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-7436572709000065438</id><published>2009-04-15T09:46:00.002+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.695+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWRctE9p5I/AAAAAAAAAB0/ZO523jZJwG4/s1600-h/enginenotcamera.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 78px; height: 111px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWRctE9p5I/AAAAAAAAAB0/ZO523jZJwG4/s320/enginenotcamera.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324822056758257554" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Donald MacKenzie, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;An Engine, Not a Camera. How Financial Models Shape the Markets&lt;/span&gt;, Cambridge (Mass.), MIT Press, 2006, 377 pp.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;When Milton Friedman presented economic theories as engines for the analysis of concrete markets, he probably had in mind more what he was denying (the epistemological relevance of descriptive realism) than the many implications that can be drawn from such a metaphor. It certainly captured the instrumentalist core of Friedman’s own methodological stance: theories are tools to obtain predictions and, like any other instrument, they can be assessed in terms of their successful performance –i.e., predictive accuracy. Yet, STS scholars have argued for long that the intellectual charm of tools lies in the many uses they can be put to. For instance, why should economists restrain themselves to predict the course of markets, if they could use their theories as engines to build them? It is thus for a good reason that Donald MacKenzie’s latest book appears in the Inside technology collection of the MIT Press, where three other essays by him already feature (on nuclear missile guidance, technical change and mechanized mathematical proof).  MacKenzie is indeed one of the finest sociologists of science of our time and shows it by making us rethink the methodological status of many economic models in the light of his analysis of the performativity of finance theory.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;To use again a Friedmanian distinction, methodologists have so far focused mostly on positive theories, as opposed to normative ones. Expected utility theory (EUT), for instance, can be used to positively predict how economic agents will decide among uncertain prospects. But we can also use it as a rule to make our own decisions, thinking it wise. In this latter case, EUT will certainly deliver successful predictions but of not much methodological interest. Economists care about general patterns of market decision-making, not about particular individuals who choose to behave in accordance to their theories. But what if everyone in a given market chooses to do so?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Between 1976 and 1987, the Black-Scholes-Merton (BSM) option-pricing model proved to be an excellent fit to market prices –in the words of Stephen Ross «the most successful theory not only in finance, but in all of economics» (cited in p. 177). Yet, there were many option markets in which the traders carried with them sheets displaying arrays of Black-Scholes prices for the stock under exchange to assess their opportunities for arbitrage. These sheets were sold, among others, by Fischer Black himself. It seems thus as if we needed something more than the usual instrumentalism vs. realism dichotomy to account for the success of the underlying theory. What MacKenzie puts forward here is a sociological concept of philosophical ascent: performativity. It is aimed at capturing the role played by economics when it becomes «an intrinsic part of economic processes» (p. 16); i.e., an engine, rather than a camera portraying them. According to MacKenzie, economics can be performative at three levels (pp. 16-19). There is, first, generic performativity, when some of its elements are used by the participants in the process. Effective performativity occurs when as a result of that use, something happens in the economic process. Finally, Barnesian performativity refers to those instances in which «practical use of an aspect of economics makes economic processes more like their depiction in economics» (p. 17). If the opposite happens, we will talk instead of counterperformativity. These set of concepts serves thus to analyse the various degrees in which financial markets are socially constructed through economic theories. But rather than taking this construction for granted, the purpose of MacKenzie’s book is to verify whether it actually took place in certain markets. Moreover, the reader is warned that observation alone will not reveal it (p. 18) and its very existence is disputable as such: the ultimate evidence is provided by the prices finance theory is about and these are elaborated in various degrees, not allowing for a direct comparison to the theory (pp. 23-24).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In this respect MacKenzie is very cautious: Barnesian performativity is only affirmed regarding the effects of the BSM model, namely as it was used in the Chicago Board Options Exchange (and analogue markets) in the period mentioned above. The statement is qualified as a plausible conjecture, since «the available evidence does not permit certainty» (p. 165). Yet, the amount of evidence gathered by the author is certainly impressive. The first four chapters after the introduction constitute, in a way, a preamble for the analysis of this case of stronger performativity. Chapter 2 provides a concise discussion of how finance theory was incorporated into mainstream economics in the 1950s and 1960s. Chapter 3 explores the sociology of this emerging profession, showing how their approaches diverged from the theoretical culture of traders. Despite their initial reluctance, the crisis of the stock markets in the 1970s favoured the adoption of the Capital Asset Pricing Model (CAPM), first as an external check of investment performance, and then to develop index funds. Once the CAPM became standard both in academia and the markets, several anomalies were observed. As chapter 4 shows, some of these were namely methodological (the empirical specification of the market portfolio); many other were empirical and more or less persistent (the small firm effect, etc.).  Yet, most of them constituted opportunities for arbitrage and their elimination, unlike other Kuhnian anomalies, could deliver gains or losses: at this stage, there were many academics simultaneously involved in the development of the model and in its practical exploitation. In this context, MacKenzie discusses the statistical analysis of price distributions advocated by Mandelbrot in the 1960s, when the Gaussian assumptions incorporated in the CAPM were questioned. Mandelbrot showed that the distribution of prices was difficult to handle with conventional statistical tools (namely those that depend on a finite variance). Though MacKenzie does not take sides between these two concurrent paradigms, it seems as if Mandelbrot’s approach made explicit the practical urgencies associated to the development of financial models: an alternative theory that could not deliver ready-to-use theoretical or investment tools was not welcome by the profession at that point.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In chapter 5, MacKenzie presents the origins and articulation of the BSM option pricing model, whose performative effects are studied in chapter 6. The former is mainly focused on the mathematical tinkering that yielded an equation featuring the prices of stocks and options as well as time in a way that allowed the user to hedge her portfolio against any arbitrage. In the latter, it is shown how under the guidance of Leo Melamed a market for derivatives was created in Chicago. Here we have political tinkering supported again by academics (Milton Friedman, no less) and a trading floor culture in favour of a project, whose ultimate intellectual legitimation came from the BSM. Their model allowed to differentiate it from gambling and make it legally viable. It worked and not only for the regulators, but for the traders themselves, who saw their market practices transformed in accordance to the model: they talked about options using its vocabulary and justified their decisions concordantly; software implementing it was used at various levels to calculate prices; new financial products were created, etc. For MacKenzie, this would be a case of Barnesian performativity: «The “practice” that the BSM model sustained helped to create a reality in which the model was indeed “substantially confirmed”.» (p. 166)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yet, it seems as if performativity had its own dialectics: after the performative rise of a BSM world in the stock markets, the two following chapters tell us its fall. The seventh one addresses the October 1987 crash as a possible instance of counterperfomativity, after which the BSM model fit with the actual prices became again poor, as it had between its creation and 1976. The eight one tries to explain the social mechanisms underlying the bankruptcy of the hedge fund Long Term Capital Management in 1998. In both chapters, MacKenzie illustrates how the use of BSM-related models by a particular set of traders sparked reactions in their fellows that prevented its proper functioning and led to their replacement.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The ninth and final chapter surveys the central topics of the book. One we have not mentioned so far is the application of the concept of epistemic culture to economics, in which economic methodology plays quite a prominent role. Hypotheses such as the irrelevance of capital structure or the efficiency of the markets were equally dismissed as irrealist by economists and practitioners alike. Against these, Friedman’s instrumentalist stance was often invoked to justify the acceptability of the CAPM or the BSM. Assuming the independence of academic research was no less crucial ingredient in this culture: even if «the majority of the finance theorists discussed in this book» became involved in business, their main goal in developing the model was intellectual. Their practical success (or that achieved by traders without theoretical foundations) never counted much for them. Yet, as the Mandelbrotian challenge showed, analytical tractability was a methodological commitment that turned out to be decisive when it came to practical implementation. I would have liked to read more about the various degrees in independence that apparently coexisted among finance theorists.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;It is interesting to note here how MacKenzie reconstructs their epistemic culture through an extensive series of interviews (with 67 theorists and practitioners). Though several archives were punctually visited, oral history allows the author to come very close to the intentions of the performers. The use of an engine is necessarily intentional and the quotes that appear in the book show very precisely the traders’ beliefs and desires about financial models. Indeed, in my opinion, much of the plausibility of MacKenzie’s conjecture about Barnesian performativity it is gained here. It also constitutes a nice example of the kind of conversation that MacKenzie, in a McCloskeyan spirit, intends to promote (p. 25): the interviews show financial models and markets in the making, in a way that makes them easier to understand and discuss in terms of the sort of world that we would want «to see performed». Yet, in this respect, the reader is equally indebted to MacKenzie’s own literary style that, together with the glossary and the collection of appendixes explaining the models under discussion make the book a very accessible reading. If the Social Studies of Finance are pursued along these lines, we certainly may expect the best from this conversation.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;To contribute to it, let me just add a few critical remarks. One is regarding the explanation of the success of the financial engines here discussed. MacKenzie is very clear as to the performative limitations of authority: he denies that «any arbitrary formula for option prices, if proposed by sufficiently authoritative people, could have “made itself true” by being adopted. » (p. 20). Yet, I cannot help wondering what the precise contribution of the BSM formula to the performative success of its adoption was. The usual methodological response is not very promising, since its predictive accuracy or purported realism were, in this framework, more a result of adopting it than intrinsic epistemic properties of the model. The author’s own answer as to «Why BSM?» (pp. 162-64) relies on a combination of academic authority, simplicity to grasp by the practitioner and public availability. But, since we are talking about an engine, shouldn’t it capture some sort of causal mechanism in the market? MacKenzie certainly assumes that technology is socially dependent in many different ways, but not to the point of making it causally inert. Some material efficacy should be thus granted to economic theories. However, for many, these are not still cold as facts, to use Latour’s terms, but still warm under discussion: as of yet, we cannot take the markets, in general, to be the cause of any accurate description of themselves. Given that the combination of explanatory factors considered by MacKenzie is also present in other markets, what is so particular about the financial marketplace that made the BSM engine performative? This remains an open question.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A second remark is about the perspective assumed in the analysis. In my view, MacKenzie’s account points out more to rules than to technology. It seems as if the adoption of the BSM as a benchmark to calculate prices in stock markets was due to a sort of imitative process propelled by normative concerns. As Friedman and Savage once put it in respect of expected utility theory, the success of any particular decision model depended not only on its empirical verification, but «on its acceptability to individuals who are particularly concerned with such decision, as a rule guiding “wise” behaviour in the face of uncertainty».  Apparently, the traders in Chicago were eager to build their decision rules upon BSM models, considering it wiser than their own pre-theoretical criteria –whose authority, as MacKenzie illustrates, had been empirically undermined by their practical failure in the 1970s. Since the normative force under these rules is purely consequentialist (i.e., depends only on the attainment of one’s purported goals), their performativity is necessary to adopt them: if their use did not make economic processes more like their depiction in economics, they would be ineffective and therefore ungrounded as rules. Yet, unlike engines, the effectivity of rules can be often transient. It seems possible to experiment in the coordination of agents who coincide in adopting similar decision criteria and see what their performative effect on prices is (until they opt for something different).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MacKenzie’s book shows that performativity is a formidable conceptual engine for the analysis of concrete markets. Let us take as much advantage of it as we can.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{August 2006}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Journal of Economic Methodology&lt;/span&gt; 15:4 (2008), pp. 429-433}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-7436572709000065438?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/7436572709000065438/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/donald-mackenzie-engine-not-camera.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7436572709000065438'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/7436572709000065438'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/donald-mackenzie-engine-not-camera.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWRctE9p5I/AAAAAAAAAB0/ZO523jZJwG4/s72-c/enginenotcamera.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-3604114213486380768</id><published>2009-04-15T09:40:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.762+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2006'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWQfeBifCI/AAAAAAAAABs/o4034weHPN4/s1600-h/jevons.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 88px; height: 130px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWQfeBifCI/AAAAAAAAABs/o4034weHPN4/s320/jevons.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324821004745341986" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Harro Maas, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;William Stanley Jevons and the Making of Modern Economics&lt;/span&gt;, Cambridge, Cambridge University Press, 2005, 330 pp.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;La economía es una disciplina cuya Historia es tradicionalmente sensible a las disputas metodológicas –baste con pensar en manuales clásicos como los de Schumpeter o Blaug como ejemplo. Algo tuvieron que ver en ello las disputas acerca del propio estatuto de la economía como ciencia, pues cabía obtener un buen argumento a favor de la escuela neoclásica a partir de la convergencia que se produjo sobre su formulación matemática en el último cuarto del siglo XIX. Que autores de muy diverso origen y formación coincidieran en enunciar un mismo cálculo de utilidad para analizar las decisiones subjetivas debía probar algo sobre su veracidad (o, al menos sobre su potencia como programa de investigación, para decirlo con Blaug). No obstante, hace ya más de una década que esta convergencia paradigmática se viene interpretando no como prueba de la autonomía disciplinar de la economía, sino como ilustración de su dependencia respecto de otros saberes. El acierto de los primeros neoclásicos consistiría en servirse de una misma analogía con la mecánica newtoniana, y en su proceder no serían distintos de los propios físicos del XIX. Pero de ello no se siguen necesariamente consecuencias a favor o en contra de sus resultados: simplemente, se ilumina su contexto de descubrimiento. Aparecen, como veremos, otros dilemas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ensayo de Harro Maas que aquí comentamos sirve precisamente como ilustración de esta nueva manera de escribir la Historia de la economía como Historia general de la ciencia. Es decir, a la luz de intereses comunes a muy distintas disciplinas. Formalmente, por ejemplo, el amplio uso de archivos, la atención a temas tales como las representaciones visuales, instrumentación científica, etc.  Y en cuanto a sus contenidos, se aprecia también aquí una voluntad de que el análisis se extienda allí donde vaya su objeto, sin atender a su demarcación disciplinar o al gusto de sus intérpretes canónicos. William Stanley Jevons es un personaje que se presta a este tratamiento, y el éxito de Maas en la empresa se vio avalado recientemente (2006) por el premio que le concedió la History of Economics Society.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jevons fue, en efecto, un personaje singular: tras cursar estudios de química, se interesó por materias tales como el estudio de las nubes, la lógica y la construcción de autómatas, la psicología fisiológica, la estadística y sus representaciones gráficas. Y esto por mencionar solamente los temas abordados en este ensayo –de la dimensión épica de Jevons, se ha ocupado, entre nosotros, Juan Urrutia. Y obsérvese que en este índice no aparece la economía, cuando el título del ensayo alude precisamente a the making of modern economics. En parte, el lector interesado en la contribución específicamente económica de Jevons dispone ya de otras monografías recientes (como las de Schabas o Peart). Lo que Maas reconstruye en su ensayo es su gestación extradisciplinar, en la que adquiere un sentido diríamos que sorprendente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suele objetarse contra la teoría de la utilidad marginal su carencia de contenido psicológico. Pues bien, este ensayo nos descubre en qué condiciones pudo adquirirlo cuando Jevons la enunció y lo que encontramos es un argumento filosófico sumamente complejo que Maas reconstruye desde sus fuentes. Por una parte, los experimentos del autor sobre la formación de nubes le introdujeron en el principio de que la imitación era un procedimiento de análisis perfectamente aceptable allí donde se carecía de acceso inmediato (cap.4). Por otro lado, pudo aplicar este principio al análisis de la mente a través sus estudios de lógica que le condujeron, de la mano de Babbage, a la construcción de autómatas (caps. 5 y 6). Esta inspiración mecanicista se proyectó sobre la psicología, al defender Jevons su reducción a la fisiología corporal (cap. 7). Desde esta perspectiva, la utilidad, como cálculo de placer y dolor, debía interpretarse como una aproximación funcional a los procesos cerebrales, como prolongación de las disputas de la época sobre el trabajo como inversión de energía física, al modo de las máquinas, por oposición a quienes defendía su carácter de realización espiritual (cap. 8). En otras palabras, el cálculo económico se apoyaba en lo que hoy calificaríamos como una posición eliminativista en filosofía de la mente, arraigada en la pasión de sus contemporáneos por las máquinas (de vapor, claro: el Jevons de Harro Maas es un perfecto ejemplo de steampunk).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una segunda objeción no menos recurrente contra el paradigma neoclásico es su falta de contenido empírico. Y otro acierto de este ensayo es el de presentarnos el programa de Jevons dentro de las disputas sobre el inductivismo de la Inglaterra del XIX (cap. 3), a las que nuestro autor contribuye con sus trabajos sobre la normalización de datos estadísticos a efectos de su representación gráfica (cap. 9). El tema de la medición como clave en el progreso de la ciencia, y en particular de la economía, es uno de los motivos dominantes en la obra de Jevons, tal como Maas nos las presenta. De hecho, la división entre ciencias sociales y naturales queda disuelta, pues los procedimientos de medida se justificarían de idéntica manera en ambas (la metáfora de la balanza es particularmente pregnante a este respecto: cap. 10).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenemos pues una reconstrucción de la obra de Jevons desde sus raíces culturales, cuyo mérito (dejando aparte el virtuosismo y erudición del análisis) radica en mostrarnos desde qué supuestos resultaba viable el programa marginalista en economía. Justamente aquellos cuya ausencia denunciaron después más encendidamente sus críticos. El dilema abierto entonces es qué ocurrió después de Jevons para que se eclipsaran los debates que justificaron este programa en su contexto de descubrimiento. Cabe sospechar que su resurgimiento hoy (a propósito de trabajos como los de Don Ross o Marcel Boumans) no es ajeno al ensayo del propio Maas. Sólo cabe reprocharle que no los abordase explícitamente, al menos en la conclusión. Muchos pensarán que quizá así estropease un magnífico ejercicio de Historia intelectual. Pero les responderemos que si el éxito de esta consiste aquí en cuestionar la demarcación convencional de otras disciplinas, ¿por qué habría de detenerse ante la suya propia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Septiembre 2006}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Asclepio&lt;/span&gt; 59.1 (2007), pp. 321-323.}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-3604114213486380768?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/3604114213486380768/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/harro-maas-william-stanley-jevons-and.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/3604114213486380768'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/3604114213486380768'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/harro-maas-william-stanley-jevons-and.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWQfeBifCI/AAAAAAAAABs/o4034weHPN4/s72-c/jevons.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-2480236126616507519</id><published>2009-04-15T09:36:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:59:48.763+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2005'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWPJepLHnI/AAAAAAAAABk/r7h7cJbfkok/s1600-h/inventingtemperature.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 69px; height: 103px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWPJepLHnI/AAAAAAAAABk/r7h7cJbfkok/s320/inventingtemperature.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324819527442833010" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Hasok Chang, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Inventing Temperature. Measurement and Scientific Progress&lt;/span&gt;, N. York, Oxford University Press, 2004.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;La invención de la temperatura es un libro que necesariamente interesará a quienes se preguntan hoy cómo articular de nuevo tres disciplinas: Historia de la ciencia, Filosofía de la ciencia y Epistemología. Desde luego, son muchos los que creen que es mejor cultivarlas por separado (por dar un ejemplo reciente, Jesús Zamora en su Cuestión de Protocolo [Tecnos, 2005]), sospechando acaso que suelen perder en la “mezcla”.  A estos, el ensayo de Hasok Chang se les ofrecerá como reto, pues lo que nos propone es, precisamente, revisar algunos conceptos fundamentales en Filosofía de la ciencia (e.g., observabilidad, progreso, operacionalismo) a partir, por un lado, del análisis de algunos casos señalados en la Historia de la termometría y, por otro, de una reconsideración de algunos de sus supuestos epistemológicos más característicos (la disyuntiva entre fundacionismo y coherentismo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chang parte, desde luego, de una posición filosófica donde la conjunción entre estas tres disciplinas no resulta extraña (y así se refleja en su propio itinerario académico, desde Stanford a Londres, según puede seguirse en los agradecimientos). Chang argumenta en las inmediaciones del neoexperimentalismo de Hacking y Cartwright, desde donde aborda la constitución de la temperatura como dato en leyes fenomenológicas o regularidades causales de bajo nivel. Esto explica, en buena parte, la estructura del libro: así, Chang nos presenta un buen número de tentativas experimentales para fijar un punto fijo en el termómetro a partir ebullición de diversas sustancias (cap. 1); para establecer la compatibilidad entre distintas escalas de medida (cap. 2); y para ampliarlas a temperaturas extremas, como pretendieron los primeros pirómetras (cap. 3).  El cap. 4 sigue el camino inverso y examina mediante qué tipo de experimentos se pretendió conferir significado empírico al concepto de temperatura absoluta, en particular a partir de su elaboración por Kelvin. En estos cuatro capítulos se procede según una división entre una primera parte narrativa y una segunda analítica. En la primera se presenta de un modo erudito cada caso tal como lo expusieron inicialmente sus autores, en un ejercicio de Historia interna iluminado por la discusión filosófica que se desarrolla en la segunda parte. Es decir, quien sólo se interese por la Historia de la termometría echará seguramente en falta buen número de consideraciones (en particular, contextos, deudas, etc.), pero esto no implica que el análisis que se nos propone no resulte original: Chang rescata los trabajos de experimentalistas como De Luc, Regnault o Wedgwood precisamente porque su juicio metodológico le permite vindicarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tesis filosófica que construye sobre ellos es básicamente la siguiente: el caso de la termometría nos muestra cómo es posible alcanzar un consenso científico sobre la base de un refinamiento gradual de nuestras convenciones métricas, aun si no se disponga de un punto de partida incuestionable (puntos fijos), ni de un concepto teórico bien elaborado, y con independencia de que coexistan durante amplios periodos escalas difícilmente convertibles de precisión muy diversa. Chang reivindica aquí una posición epistemológica coherentista para interpretar como progresivo este proceso: es el apoyo mutuo que se van prestando las distintas mediciones –juzgado no por la verdad, sino por otras virtudes epistémicas (tales como la exactitud, fecundidad etc.)– lo que justifica su aceptación. Su argumento también puede leerse a la inversa: sería imposible dar cuenta racionalmente del progreso de la termometría si se exigiera de sus protagonistas una justificación al modo fundacionista, basada en datos empíricos autoevidentes y, por ello, incontestables para todos los implicados. La observabilidad es, para Chang, un logro, antes que un dato. Así, nos propone un modelo para analizar este progreso sobre la base de una rectificación operacionalista del convencionalismo (pp. 92-96), donde se muestra cómo puede avanzar iterativamente el proceso de medición observando ciertos principios metodológicos que garanticen su coherencia (p. 152).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde este punto de vista, uno de los aspectos más interesantes del libro es que explicita muchas tesis clásicas en filosofía de la ciencia que en el neoexperimentalismo suelen encontrarse de modo más bien oblicuo. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los dos últimos capítulos. El quinto articula todo lo expuesto en las partes analíticas de los anteriores y el sexto plantea cuál sea la posición de la filosofía de la ciencia “en el conjunto del saber”. Chang defiende aquí es que se trata de la continuación de la ciencia “por otros medios”: puesto que cualquier ciencia normal es dogmática respecto a su propio paradigma, a la filosofía le corresponde mostrar hoy en qué medida fue crítica su aceptación inicial respecto a las alternativas existentes. Lo peculiar de esta posición es que, para Chang, el conocimiento que se nos proporciona así sería también científico (pp. 240-47): en la medida en que la filosofía opera sobre argumentos científicos previos, su recuperación produciría conocimiento igualmente científico, bien por coincidir críticamente con lo que hoy aceptamos como dogma, bien por sugerir una alternativa eventualmente desarrollable. De hecho, del lado epistemológico, es probable muchos lectores encuentren poco desarrollada conceptualmente la posición de Chang. Su respuesta más probable es que todo desarrollo deberá venir de la mano de análisis de argumentos científicos, si es que ha de ser relevante para su posición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es mérito indiscutible de este libro poner sobre la mesa cuestiones tan políticamente incorrectas (para la convivencia departamental, por ejemplo) como puedan ser todas las anteriores. En qué medida resulten aceptables sus conclusiones lo determinará el debate ulterior. Para contribuir a éste, vaya al menos una objeción: vista la posición de la filosofía de la ciencia como ciencia complementaria, ¿qué nos queda de la vieja distinción entre disciplinas positivas y normativas?&lt;br /&gt;La base del consenso público sobre la ciencia, en la vieja perspectiva empirista, radicaba en que el conocimiento que nos procuraba se justificaba, en última instancia, sobre nuestras sensaciones (instancia positiva), como nuestro conocimiento ordinario, y esta era una justificación que cabía compartir universalmente (instancia normativa). Chang no renuncia a esta base empírica (p. 86), pero entiende que la justificación descansa más bien sobre la coherencia entre argumentos científicos, que al filósofo le corresponde ahora rescatar por vía informal (y ya no axiomática). La cogencia de estos argumentos no puede ser superior a la que el propio científico podría obtener de ellos y, en ese sentido, nos proporcionarán una justificación equivalente para su aceptación pública. Es decir, lo que pierde la instancia positiva lo gana la normativa: la filosofía se convierte en ciencia complementaria, porque el tipo de argumentación específicamente científico se asimila al propio análisis filosófico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nudo de esta posición coherentista es que un sociólogo podría apropiarse perfectamente del análisis de Chang cambiando las coordenadas: la coherencia argumental, como muestra la tradición de Bloor, es perfectamente interpretable en términos de coincidencia de intereses particulares. El público acepta los resultados científicos porque los intereses subyacentes son una proyección de los suyos propios. Ahora bien, quienes no pertenezcan a la comunidad (social o científica) no tendrán por qué compartirlos. ¿Esta universalidad es deseable para el neoexperimentalista? Implícitamente se diría que el análisis de la práctica experimental que Chang nos propone pretende mostrarlo, pero el tipo de argumentos que nos proporciona (en particular, la teoría del significado que se asume) no parecen darnos demasiadas razones para esperarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Octubre 2005}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Theoría&lt;/span&gt; 57 (2006), pp. 344-345}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-2480236126616507519?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/2480236126616507519/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/hasok-chang-inventing-temperature.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/2480236126616507519'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/2480236126616507519'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/hasok-chang-inventing-temperature.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWPJepLHnI/AAAAAAAAABk/r7h7cJbfkok/s72-c/inventingtemperature.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-2269790883418655962</id><published>2009-04-15T09:30:00.002+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.695+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2007'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='filosofía de la ciencia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWN3iDoeyI/AAAAAAAAABc/q8TAU8RDi-Q/s1600-h/logicsocialresearch.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 72px; height: 108px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWN3iDoeyI/AAAAAAAAABc/q8TAU8RDi-Q/s320/logicsocialresearch.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324818119609842466" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;A. L. Stinchcombe, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Logic of Social Research&lt;/span&gt;. Chicago and London: The University of Chicago Press, 2005.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Arthur L. Stinchcombe is a very distinguished sociologist and is well-known, among other things, for his methodological work. He decided to publish a monograph entirely devoted to methodology only at seventy though. This is thus a mature work, in which Stinchcombe takes stock of a lifelong career as a practitioner sociologist and attentive reader of both philosophy and other social sciences. Yet its intended audience are beginning graduate students (in various disciplines, not only sociology) to whom the lectures in which this book originated were addressed. He offers them “an upside-down version of the ‘unified science’ movement” of his youth. Instead of putting physics first as a yardstick, Stinchcombe issues a plea for a more unified social science whose variety of research methods, well understood, would exhibit the “same intellectual strategy” than any other scientific discipline. Thus one can, perhaps, explain the classical resonance of the title (e.g., Logik der Forschung). Yet, the approach is truly updated.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Having introduced Jon Elster as “probably the leading philosopher of the social sciences” (p. 171), Stinchcombe adopts a very Elsterian piecemeal approach to a big issue, causality, which is explored by means of a series of case studies throughout the book. The cases illustrate at length four methods and seven problems that are covered in it. As to the former, Stinchcombe considers the quantitative, the historical, the ethnographic and the experimental. The problems are: the centrality of distances in study design for causal theories; economy in data collection; the use of data to refine concepts and their measurement; the relevance of context; the empirical research of mechanisms and processes; contrasting theories through hypothesis testing and, finally, the use of data to refine them. Each of these is considered in a separate chapter through the analysis of an array of case studies, where the contribution of the four methods is exhibited and analysed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The first question then is why causality plays such a central role in the logic of social research. Immediately on page 1, Stinchcombe states that almost all sociological theories are, one way or another, causal. Yet, we will find no philosophical discussion of the concept of causality throughout the book, since Stinchcombe explicitly eschews digression into epistemological topics (e.g., p. 196). Stinchcombe’s approach is methodological instead: there various methods of social research that claim to reach causal conclusions, and the questions are, first, under which conditions they yield these and, second, whether there is any complementarity among them. Stinchcombe’s approach seeks the one in the many: instead of arguing in favor of one particular method as the sole means to assess causality, it is claimed that all four methods can contribute. Obviously, it is necessary to understand causation broadly so that ethnographers and econometricians can cooperate in the pursuit of causal explanations. The author states that “the minimum piece of causal information is two distances”, i.e., some variation in the information we can gather about the units of analysis involved in the causal process. If “a year more of education” is regarded as putative cause of “a three-point increase in a measure of labor market advantage”, the minimum piece of causal information will then be the distance between two observations of education in different people. This approach suggests that indeed all the four methods considered rely on quantitative considerations, namely the measurement of numerical differences in the units of analysis, or lead us to obtain them. As a matter of fact, the chapters exploring the five first problems discussed above are somehow intended as an extended preamble “of a good statistics textbook” (p. 239). At this point, it is necessary to note that the author is implicitly assuming that those social theories that do not produce causal statements do not deserve the consideration of science. I will not question such assumption, but it should have been argued somehow, at least to warn the reader of the consequences of this one-sided causal approach to social research.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Having settled this, Stinchcombe proceeds to explore different research strategies. In chapter three he addresses the problem of costs in the design of a study, stating the general principle that we want “the cheapest right answer”. On this basis, he defends the convenience of oversampling extremes by focusing on those cases “that contain more information on why they are not average”. Thus, they are judged to be more relevant to explore causal distances. Given that these are often initially grasped through vague concepts, in chapters four and five Stinchcombe discusses various uses of data to improve their precision. He explores, first, whether one or more concepts are needed to describe causal distances; second, how to interpret them in terms of causal theories or mechanisms and their contexts. This latter topic is addressed at length in chapter five, where the relevance of boundary conditions for causal analysis is appraised. Information about the context is more or less needed depending on how precisely we can define our units of analysis. When this definition is difficult to attain, narratives providing background information seem to be the main device to improve our understanding of the causal setting through a better grasp of its boundaries. The core chapter of the book, in length at least, seems to be the sixth, about mechanisms, that is, our theoretical understanding of the repetitive processes occurring around the units of analysis which turn causes into effects. Stinchcombe lists and illustrates five types: structural holes (such as social networks), individualism, rational choice (carefully distinguished from the former: there is no token individuality in it), situations and patterns. Chapter seven is about statistical tests, among which Stinchcombe pays particular attention to the role of hierarchical models. The last chapter is, in many ways, “a sermon on the life of research”, the crafting of theories through data as a research program.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;This synopsis conveys just a vague impression of the topics covered in the book. The reason is that most of the concepts listed above are not introduced and discussed analytically, but rather exemplified at length through ample transcriptions or summaries of articles and book chapters, very often authored by Stinchcombe himself. He wants to show the four methods discussed at work, and it is shown indeed that there is a complementary role for each in many of the cases presented. The virtue of this casuistic approach seems to be in its utility in class: the examples are detailed enough to allow a discussion of the concepts and methods they illustrate. The interest of the cases selected is obviously guaranteed by the author’s expertise. Yet, it is a reflection of his own (necessarily partial) interests and, as such, several topics are underrepresented or simply omitted (e.g., experiments or simulations). The author’s warning regarding the rhetoric of the book should be taken into account: it is the oral style of a lecture (p. xi) and, given the number of cases discussed, it is easy to get lost in the details. It seems better to use it as a trigger for debate on each particular topic in class than as a conventional textbook.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A different issue is whether this selection of cases sustains the thesis that Stinchcombe is defending, namely the complementarity of the four methods in the search for causal accounts of social phenomena. In my view, the proclaimed methodological unity of the social sciences seems a bit vague, probably because the very concept of unity was not intended to capture the family resemblances that Stinchcombe’s discussions suggest. The stricter we are in our definition of causal explanation, the less unity there will probably be among the cases discussed in the book. However, it was not aimed at convincing philosophers of any matter of principle, but to make students more open to the variety of available methods and the convenience of using them. As such, it deserves all praise. In this respect, I only miss that the author has not summarized the debate presumably elicited by many of the studies compiled, just as a sign of the professional reception that was granted to the attempts to integrate various methods. This would have been useful for students and for philosophers alike as an index of the real unity that may exist if not in the social sciences, among the social scientists at least.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{November 2007}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Philosophy of the Social Sciences&lt;/span&gt; 38.2 (2008), 296-298}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-2269790883418655962?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/2269790883418655962/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/blog-post.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/2269790883418655962'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/2269790883418655962'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/blog-post.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeWN3iDoeyI/AAAAAAAAABc/q8TAU8RDi-Q/s72-c/logicsocialresearch.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-5580247424109883074</id><published>2009-04-14T23:32:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.696+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='política'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2007'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeUa08IrfxI/AAAAAAAAABU/difL9mETEUw/s1600-h/preferenceswellbeing.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 65px; height: 98px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeUa08IrfxI/AAAAAAAAABU/difL9mETEUw/s320/preferenceswellbeing.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324691631233531666" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Serena Olsaretti, ed., &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Preferences and Well-Being&lt;/span&gt; [Royal Institute of Philosophy Supplement: 59], Cambridge, Cambridge University Press, 2006.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;In 2004 a conference took place in Cambridge sponsored by the Royal Institute of Philosophy on preferences and well-being. Drawing on the papers presented therein, Serena Olsaretti has prepared with great care a volume that, according to her, is structured around three different sets of questions. Namely, the formulation of normative and descriptive accounts of preference-formation; whether preferences conform with requirements of rationality and what reasons can support them; and finally the normative significance of those preferences that do not meet such requirements, in particular for policy-making purposes. Five papers deal with the first topic, and there are three more for each of the remaining two. So far for the unity of the collection. Its most interesting aspect lies, as usual, in the divergencies. Let me try then another classification.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;First, there seems to be quite a divide regarding the theoretical approach to preferences. Whereas the first four papers (by Arneson, Rosati, Brännmark and Qizilbash) apply pure conceptual analysis almost without positive asides, the rest of them stay more or less close to Rational Choice Theory (RCT) in their discussion of preferences. The first set of papers provide a good sample of an ongoing disciplinary debate among moral philosophers about the human good and whether this should be defined in terms of preferences satisfaction or rather by a list of objectively valuable goods –or something hybrid. Central to this debate is the proper formation of preferences: under which conditions our desires will be able to match our conception of well-being. Depending of our conception of the latter different issues will gain or loose prominence. By way of example let us just mention a few ones discussed in this set of papers: information as to the alternatives, motivational force, parental guidance, authorship as to one’s own life, etc. Though informative and interesting, given the formation of my own preferences, I find quite problematic the assumption that these four papers more or less take for granted: that the empirical processes of desire formation are somehow congruent with their normative discussion.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A good measure of the difficulties with this assumption is the contrast between this array of papers and a second one in which the discussion turns around RCT, exploring its conceptual foundations as to the concept of preference. First of all, Hausman and Pettit take issue with one or another aspect of our common understanding of RCT. The former addresses a default principle implicit in game theory, that individuals prefer a comprehensive outcome (in Sen’s terms: the outcome as seen from the path through a game in extensive form that yields it) to the same extent that they prefer its actual result (dissociated from that path). When this principle collapses, consequentialism fails. Pettit argues for a more complex idea of preference based in deliberation. In this account, RCT appears as dealing with a rather restricted case (self-interested tastes, as exhibited by our species and many others).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In other words, if an intendedly positive theory (RCT) only empirically meaningful under such constraints, we may wonder why do we expect better of an abstract examination of the concept of preference, such as the one attempted in the first set of papers. Piller and Broome illustrate a more parsimonious approach to conceptual analysis in continuity with the idea of preference exhibited in RCT. Piller explores the desirability of having a desire and whether we have any reasons to justify it. Broome argues instead that we should reason over our preferences in terms or their content rather than on any second-order requirements on their desirability.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yet, RCT can be equally contested as an approach to preferences on a purely empirical basis. Here is a third divide, represented in this volume by the papers of Sugden, on the one hand, and Sunstein and Thaler, on the other. They all take issue with the experimental failures of RCT, though with a different aim. Sugden proposes a model of unconsidered (neither coherent nor stable) preferences trying to capture the normative value of satisfying them as they are. Sunstein and Thaler defend a libertarian paternalism, in which the empirical failures of individual rationality would justify the framing of public choices in a way that would paternalistically favour the interests of the agents, despite their incapability to grasp it at first (for instance, opting in or out of insurance schemes). Finally, Voorhoeve draws also on preference change to contest those conceptions of welfare based on preference satisfaction.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Therefore, given that this wonderful conference brought together all these approaches, I would have expected a more explicit discussion of these theoretical divides. Whether RCT provides a better (or worse) framework for the normative discussion of preferences than pure conceptual analysis. Whether we should try to improve the formation of our preferences through RCT, given its experimental failures. And whether we can attribute any normative significance at all to these failures. But these are just my preferences, not a list of objectively valuable questions. Yet, the list of papers compiled is valuable enough to be widely read and discussed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{April 2007}&lt;br /&gt;{&lt;a href="http://metapsychology.mentalhelp.net/poc/view_doc.php?type=book&amp;amp;id=3624&amp;amp;cn=394"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Metapsychology online reviews&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-5580247424109883074?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/5580247424109883074/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/serena-olsaretti-ed.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5580247424109883074'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/5580247424109883074'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/serena-olsaretti-ed.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeUa08IrfxI/AAAAAAAAABU/difL9mETEUw/s72-c/preferenceswellbeing.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-6994885556737630293</id><published>2009-04-14T23:28:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T21:04:22.785+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: En español'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='estadística'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2007'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeUAr4r2S4I/AAAAAAAAABE/A2sv8QPMBbM/s1600-h/artconjecturing.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 67px; height: 101px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeUAr4r2S4I/AAAAAAAAABE/A2sv8QPMBbM/s320/artconjecturing.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324662888386153346" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Edith Dudley Sylla, ed., &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Jacob Bernoulli, The Art of Conjecturing, together with Letter to a Friend on Sets in Court Tennis&lt;/span&gt;, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 2005.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;La Historia de la probabilidad no es una disciplina de creación reciente (en 1865, apenas dos siglos después de su “nacimiento”, Isaac Todhunter publicaba el primer tratado sobre su evolución), pero su explosión conceptual tiene apenas treinta años. En 1975, Ian Hacking publicaba La emergencia de la probabilidad, al que seguirían, por un lado, los trabajos de Stephen Stigler (1986) y Anders Hald (1986, 1998) y, por otro, los de Ted Porter (1986, 1995). Sus autores son todos especialistas de primer nivel y ante sus discrepancias no cabe acusación de ignorantia elenchi: sus desacuerdos se originan principalmente en sus respectivos enfoques. A Hacking le preocupa la genealogía de las distintas concepciones filosóficas de la probabilidad, mientras que Stigler y Hald se ocupan ante todo de la construcción de su aparato matemático; la de Porter es, ante todo, una Historia social  ¿Cómo escoger entonces entre estos enfoques? Buena parte de la respuesta se encuentra en la edición de los clásicos sobre los que se sustenta el análisis. Pues aunque todos los autores citados manejan ediciones originales y a menudo también material de archivo, queda aún mucho trabajo filológico por realizar y cabe esperar que nos proporcione evidencias más ajustadas para juzgar las distintas interpretaciones hoy disponibles sobre los clásicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un magnífico ejemplo de este trabajo nos lo proporciona aquí la edición que nos propone Edith Sylla de la obra fundacional de Jacob Bernoulli, su Ars conjectandi (1713), la primera versión completa a una lengua moderna –el original latino podía manejarse desde 1975 en sus Obras Completas. Sylla es muy explícita respecto a su propósito crítico: su trabajo supone enmiendas puntuales o generales de la interpretación de Bernoulli servidas por Hacking y sus continuadores. (e.g., p. x, nn. 7-8; p. xvii, n. 27). Es más, nos exige revisar la propia recepción de la obra a lo largo de los tres últimos siglos. Al conocerse sólo parcialmente (principalmente, la parte IV, donde se encuentra la demostración de su ley de los grandes números) muchos confundieron las tesis de Bernoulli con las de sus expositores (principalmente, De Moivre), oscureciendo, en particular, su concepción de la probabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sylla no efectúa enmiendas al texto latino, establecido ya en las Obras Completas, sino que se concentra en cómo trasladarlo a un inglés que recoja su sentido. Para ello, combina su propio análisis conceptual con el vocabulario de numerosos textos de la época. Sylla no contrasta su versión con las traducciones francesas, alemanas o italianas (todas parciales) que recoge en su bibliografía –en la que omite, por cierto, la castellana de Andrés Rivadulla: Llull  30 (1993)–, pero, dejando aparte el interés polémico de la comparación, sus opciones quedan sobradamente justificadas. Quizá el principal empeño de Sylla sea mostrar que el léxico de Bernoulli debe interpretarse desde una concepción normativa de la probabilidad articulada sobre el valor esperado de una apuesta como medida de su equidad (y no del grado de aleatoriedad del proceso). Esta lectura es bien conocida desde los trabajos de Daston (1988) y Franklin (2001), pero casa mal con la imagen de Bernoulli como simple precursor de las leyes de los grandes números. Pero, si no empleó un concepto de probabilidad asimilable al nuestro, ¿qué se probaba entonces el teorema fundamental de Bernoulli?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para averiguarlo, el lector puede acudir al amplísimo estudio preliminar y comentario (de unas 150 pp., sobre las 430 de la obra) con el que se acompaña su traducción. Entre las perspectivas anteriores, Sylla opta por minimizar el comentario matemático, contentándose con elucidar los distintos pasos del análisis bernoulliano, y evita digresiones filosóficas sobre el sentido de la probabilidad para concentrarse en la genealogía intelectual de la obra desde su contexto social. Sylla reconstruye así la gestación del Ars Conjectandi, usando con destreza un amplio repertorio de fuentes ya editadas y algún material de archivo. Un mérito no menor aquí es el de apoyarse en una buena colección de citas de textos latinos que acompaña de su traducción inglesa. Quedan así dilucidadas cuestiones tan diversas como las circunstancias de la impresión original del texto, debida a su hijo antes que a su sobrino Nicolas (autor del prefacio), o la superposición en él de resultados acumulados por Bernoulli durante más de dos décadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A diferencia de muchos de sus coetáneos, preocupados casi exclusivamente por los juegos de azar, Bernoulli, con Leibniz, supo apreciar el uso social que podía darse al cálculo de probabilidades para aplicarlo a cuestiones cívicas, morales y económicas (según reza en el título de la IV Parte). Bernoulli no llegó a realizar su empeño, pero queda por explicar su origen (que, apunta Sylla, podría estar en su pertenencia a una familia de comerciantes) y, sobre todo, su influencia en la posteridad, que aquí queda inexplorada. Una de las posibilidades que abre esta edición es, justamente, la de reconsiderar la contribución de Bernoulli a los orígenes de la matemática social que florecería en el XVIII. A mi juicio, la principal contribución exegética de Sylla es la de mostrarnos todo lo que le separa de esta tradición ilustrada: el autor del Ars conjectandi sería antes un teólogo que un científico social.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es sabido que Bernoulli cursó estudios de teología en Basilea con la Reforma ya consolidada, como suele recordarse cada vez que es necesario explicar algunas alusiones teológicas, principalmente el párrafo al comienzo de la parte IV (Bernoulli, 1713, 210-11) sobre la omnisciencia y omnipotencia divina. Como la propia Sylla explicó ya en dos magníficos artículos anteriores a su edición, la predeterminación de cualquier acontecimiento pasado, presente o futuro sirve como garante de que su número es fijo y puede ser por tanto aproximado empíricamente a través de la ley de los grandes números, tal como Bernoulli originalmente la concibió. La expansión binomial con la que construyó su demostración representaría los distintos modos en que se puede dar un acontecimiento en el mundo, como si todos ellos estuviesen ya dados intemporalmente. Nosotros seríamos incapaces de percibirlos así, pero Dios podría. No obstante, el teorema nos serviría para justificar que somos capaces de obtener buenas aproximaciones a esas razones intemporales entre acontecimientos sobre la base de frecuencias empíricas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La aparente paradoja de esta posición es que, por un lado, el cálculo de probabilidades se nos presenta como instrumento para mejorar nuestras decisiones pero, por otro, se afirma que estas ya están previstas en el plan divino de la creación. ¿Cuál es entonces el valor moral de esta matemática moral? En su introducción, Sylla nos presenta la reconstrucción más completa hoy disponible de las convicciones teológicas de Bernoulli, en particular en lo que respecta a la cuestión de nuestra libertad. Apoyándose en trascripciones de los archivos, información sobre el credo de la época, referencias indirectas en la correspondencia y otros escritos, Sylla nos presenta a Bernoulli como un partidario de la libre elección. La principal dificultad que, a mi juicio, plantea esta reconstrucción es que Bernoulli estaba lo suficientemente familiarizado con las disputas teológicas de su época como para saber que semejante libertad era difícil de encajar doctrinalmente con la afirmación de la omnisciencia y la omnipotencia divina, y mucho menos en un medio calvinista. La propia Sylla nos informa de que existe aún material de archivo relevante para dilucidarlo, de modo que sólo podemos agradecerle este primer paso exegético que sirve, además, como preámbulo a una magnífica edición.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;{Febrero 2007}&lt;br /&gt;{&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Dynamis&lt;/span&gt; 27 (2007): 387-389}&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3496227807489392839-6994885556737630293?l=mobilibus.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mobilibus.blogspot.com/feeds/6994885556737630293/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/edith-dudley-sylla-ed.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6994885556737630293'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3496227807489392839/posts/default/6994885556737630293'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mobilibus.blogspot.com/2009/04/edith-dudley-sylla-ed.html' title=''/><author><name>&lt;a href="http://www.uned.es/personal/dteira/"&gt;David Teira&lt;/a&gt;</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeUAr4r2S4I/AAAAAAAAABE/A2sv8QPMBbM/s72-c/artconjecturing.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3496227807489392839.post-3852727881479809410</id><published>2009-04-14T23:15:00.001+02:00</published><updated>2009-08-14T20:50:35.696+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='0: In English'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='economía'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El autor no era un desconocido...'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2008'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeT9dQb3NsI/AAAAAAAAAA8/8zbY4YuDH94/s1600-h/speakingofeconomics.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 68px; height: 103px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_3selcViiDkk/SeT9dQb3NsI/AAAAAAAAAA8/8zbY4YuDH94/s320/speakingofeconomics.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324659338528634562" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Arjo Klamer, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Speaking of Economics. How to get in the conversation&lt;/span&gt;, London, Routledge, 2007.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;“How to do” books are not often reviewed in academic journals, neither in philosophy nor in economics, perhaps because most of them are aimed at doing things that are of not much relevance for the audiences of these journals. Arjo Klamer’s new book is an exception though. A journal that promotes the mutual enrichment of economics and philosophy surely will attract a number of philosophers interested in engaging in fruitful conversation with economists. Philosophers, though, are just a subset of the vast readership targeted by Arjo Klamer in Speaking of Economics (the list covers three pages: xiv-xvi), so they should not expect a preferential treatment. Klamer takes nothing for granted and constructs the book in the best tradition of the “How to” genre. The sections are short, with punchy titles, very few notes and not many more references. Readability is secured by avoiding technical jargon, adding illustrational personal anecdotes and intercalating boxes to clarify or expand difficult points. And it is only 185 pages long: an easy read or, at least, significantly less demanding than most other titles in the “Economics as social theory” series, where it is published. The book is personal, warns the author, and it is written in a conversational style (xvii). This is something that cannot be captured in a review, but may explain the sketchy nature of the following summary.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In chapter one, Klamer reviews the strangeness of economics as a discipline, which can be appreciated through the suspicion and derision it often causes outside academia. Its subject is perceived as strange and its methodology is often considered peculiar. Against this popular view, the author claims that if addressed through the metaphor of the conversation, economics does not seem strange anymore: it is as much a conversation as any other. In the following chapter alternative metaphors drawn from the philosophy and sociology of science are pondered (e.gr., “research program”, “logic and mirror”, etc.). The different constraints which define a scientific conversation are then briefly reviewed (from the physical surroundings to its topoi and ethos) and, in view of these, the strangeness of economics is reinterpreted. For instance, against those who consider it a dubious science, Klamer proclaims: “the scientific tenor of a conversation may be disturbing, but instead of focusing on its unscientific character, it might be better to simply acknowledge a desire to change it, or to participate in another conversation altogether” (35).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In chapter three, Klamer introduces an expansive notion of culture, inspired by Clifford Geertz, that allows the author to address the oddities of academic conversation and its circumstances. “Not convinced that academic culture is different?” —concludes Klamer— “Read David Lodge’s novels”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;In chapter four, with a bit of help from bibliometry, Klamer studies why so few academics get read and cited, the effects that the skewed distribution of attention has on the social organization of scientific communities and how this impinges on their conversations. “The giving and receiving of attention is the mechanism by which th
